Outside the street’s on fire in a real death waltz / between what’s flesh and what’s fantasy

Cuando tenía trece años leí Apocalípsis durante unas vacaciones en Florianópolis, y de ese febrero del ’91 recuerdo dos cosas con mucho agrado: el placer incomparable por la lectura de ese ladrillo que eran las mil quinientas páginas de la novela de Stephen King y las ínfimas tanguitas que usaban las chicas en la playa (incluso las de mi edad).

Publicada originalmente en 1978 y reeditada en 1990 con agregados y modificaciones (esta es la versión que yo leí), Apocalípsis cuenta cómo una mutación del virus de la gripe se extiende por el mundo y acaba con más del 99% de la población.

Aprovechen a leerla antes de que la gripe porcina llegue a nuestro país y después me dicen con quién están soñando: si con Mamá Abagail o con Randall Flagg.

Traducciones (descansando del Bafici)

A mí de chico me gustaban mucho las películas y los libros de terror. Podríamos decir que entré a la literatura por la tenebrosa puerta custodiada por Stephen King. Después leí a Cortázar y todo cambió. Renegué durante un tiempo de mis gustos primigenios, hasta que un día de 2001 se me ocurrió que King no podía ser tan malo porque yo no podía haber sido tan pelotudo, y me compré una novela que en ese momento era de las últimas editadas en castellano: Un saco de huesos. Comprobé que, efectivamente, no era tan malo, que incluso era bastante bueno, aunque un poco “larguero”.

Ahora estoy en lo de mis viejos, revolviendo mi vieja biblioteca, y veo una cantidad de libros que en su momento no quise llevarme. Entre ellos, todos los de Stephen King. Agarro uno de los que más me gustó, Misery. Edición de diciembre de 1989 -yo tenía doce años- y veo con sorpresa que el traductor es César Aira.

No sabía que la época en que no teníamos que soportar las gallegadas estaba tan cerca en el tiempo.