Gracias a Lola, descubrí mi target femenino.
La cosa es que la señorita descubrió un blog en el que una tal Lourdes Gállego Martín del Campo escribe un manifiesto intitulado: Lo que no queremos las mujeres, que comienza diciendo: “Todas las mujeres que suscriben o suscribirían este manifiesto comparten las mismas características: tienen más de treinta años, son profesionistas, independientes, cultas, deseosas de una relación en la que predominen la igualdad y el compromiso en el más amplio de los sentidos; rechazan, por eso, convertirse en paños de lágrimas, en amantes furtivas.”
Le siguen seis puntos, imperdibles, desopilantes. Pero quiero detenerme en el cuarto. Dice así: “No nos gustan, desde luego, los que andan de barflies, que creen que al amor se le entra de freelance y que así mismo se sale, sin pasar ni siquiera recibo de honorarios. (…) Y te recitan de memoria el capítulo siete de Rayuela y te prenden el cigarro rozándote los dedos, en un gesto que adivinas más que deliberado, y por supuesto que no lo vas a invitar a tu casa porque no te interesa oír sobre su elaborada teoría del encuentro amoroso, ni tampoco te interesa que te la compruebe in situ.”
Termina diciendo: “No buscamos un príncipe azul, sino a alguien que tenga una dosis razonable de neurosis, digamos una que se pueda manejar. Alguien que no pase solamente recibos de honorarios sino que quiera el tiempo completo, con derecho a Seguro Social y Afore; con virtudes y defectos, con cicatrices, con miedos pero también con ganas y con faros encendidos, que no sea de teflón. Alguien que sepa que la vida es un texto que siempre tiene erratas, pero siempre es mejor leerlo acompañado.”
O sea que gracias a Lola descubrí que soy el target de las mujeres de más de treinta años, profesionistas, independientes, cultas, deseosas de una relación en la que predominen la igualdad y el compromiso en el más amplio de los sentidos.
Lola, te odio.