Sófocles en Baltimore

Sigo leyendo el libro sobre The Wire.

David Simon -que es tan talentoso como falto de humildad, y lo bien que hace- reflexiona junto a Nick Hornby lo siguiente:

“Otra razón por la que esta serie puede parecer distinta a otras muchas es porque nuestro modelo no es tan shakesperiano como otros productos de primera línea de la HBO. Los Soprano y Deadwood, dos series que por cierto admiro bastante, me recuerdan mucho a Macbeth, Ricardo III o Hamlet en el sentido de que hacen un particular hincapié en la angustia y maquinaciones de los personajes principales, Tony Soprano y Al Swearengen. Buena parte de nuestro teatro moderno parece basarse en el descubrimiento de la mente moderna que llevó a cabo Shakespeare. Pero nosotros nos inspiramos en otro modelo anterior y menos elaborado: los griegos; es decir, que nuestra línea temática se abreva masivamente en Esquilo, Sófocles y Eurípides en cuanto que nuestros protagonistas están marcados por el destino y se enfrentan a un juego previamente amañado y a su radical condición de mortales. La mente moderna, en particular la occidental, encuentra anticuado y algo desconcertante dicho fatalismo, me parece a mí. Somos una tropa de posmodernos que se auto-realiza y se auto-adora, por lo que la idea de que, a pesar de tantos medios, dinero y ocio como tenemos a nuestra disposición, seguimos siendo el juguete de unos dioses indiferentes, se nos antoja anticuada y supersticiosa. Nosotros ya no aceptamos a nuestros dioses según esas condiciones y, a excepción de los fundamentalistas que hay entre nosotros, ya no reconocemos ni siquiera a Yahvé esa especie de autoridad irrestricta e intervencionista que había venido detentando.

The Wire es una tragedia griega en la que el papel de las fuerzas olímpicas lo desempeñan las instituciones posmodernas y no los dioses antiguos. El Departamento de Policía, la economía de la droga, las estructuras políticas, el sistema educativo o las fuerzas macroeconómicas son los que arrojan ahora rayos jupiterinos y dan patadas en el culo sin ninguna razón de peso. En la mayor parte de las series de televisión, y en buena parte de las obras de teatro, los individuos aparecen a menudo elevándose por encima de las instituciones para experimentar una catarsis. En este drama, las instituciones siempre demuestran ser más grandes y los personajes que tienen suficiente hybris para desafiar al posmoderno imperio americano resultan invariablemente burlados, marginados o aplastados. Es la tragedia griega del nuevo milenio.”

Marginados y excluídos

Ya recomendé en este blog The Wire, quizás la mejor serie de televisión de todos los tiempos. Comparable sólo a Los Sopranos y a Six Feet Under, pero creo que está un escalón arriba.

El otro día, curioseando una librería en Madrid cerca de Puerta del Sol, dí con el libro The Wire – 10 dosis de la mejor serie de la televisión. Es una edición que incluye varios textos sobre la serie. Entre ellos, uno del creador David Simon, una entrevista a Simon realizada por Nick Hornby, un cuento inédito de uno de los guionistas, George Pelecanos, y varios ensayos más (Rodrigo Fresán también está).

Si mis insistentes menciones a la serie no los convencieron, acá transcribo un fragmento del texto de David Simon que espero los decida a encarar la hercúlea tarea de ver las cinco temporadas. Lo leo y se me pone la piel de gallina: me vienen a la mente infinidad de escenas, de personajes, de diálogos. Realmente hay que ver The Wire, no sólo porque es un placer -complejo, como los mejores placeres- sino porque puede ayudar a entender el inhóspito mundo en el que vivimos.

The Wire empezó como un relato a caballo entre dos mitos norteamericanos. El primero nos cuenta que, en este país, si eres más listo que el vecino -si eres astuto, frugal o visionario, si construyes una ratonera mejor, si llegas antes con la mejor idea-, tendrás éxito más allá de las imaginaciones más desaforadas. Y, en virtud de los procesos del libre mercado, es del todo justo afirmar que este mito se ha cumplido más que nunca. Y no sólo vale esto para Estados Unidos, sino también para el resto de Occidente y para muchas naciones emergentes. Cada día que pasa, recibe el bautismo de un nuevo millonario. O dos, o tres, o diez, o veinte.

Pero ha habido también otro mito de apoyo, que sirve de balasto contra el capitalismo salvaje que ha salido triunfante, que proclama el logro individual excluyendo toda responsabilidad social y que, por tanto, valida la riqueza amasada por los más sabios y afortunados de entre nosotros. En otra época, en los Estados Unidos nos gustaba contarnos el cuento de que quienes no eran tan listos o visionarios, quienes no se construían mejores ratoneras, tenían también un lugar reservado para ellos. Según ese mito, quienes no son ni marrulleros ni astutos pero se levantan todos los días temprano para ir a ganarse el pan con el sudor de la frente, y vuelven luego a casa para dedicarse a sus respectivas familias, comunidades y cualquier otra institución a la que se les pida servir…, esas personas tenían también un trozo de tarta para ellas. Probablemente no conduzcan un Lexus ni coman fuera todos los fines de semana; sus hijos no tengan posibilidades de matricularse en Harvard o Brown; y, llegado el domingo, no vean el partido de su equipo en una pantalla de plasma. Pero tendrán un hueco reservado para ellos, y no serán traicionados.

En Baltimore, al igual que en tantas otras ciudades, ya no es posible hablar de esto como un mito; ni siquiera es posible quedar como personas educadas si hablamos de ello. Es, en una palabra, una mentira.

En mi ciudad, los campos marrones, los muelles podridos y las fábricas oxidadas son sendos testimonios de una economía que no ha dejado de cambiar, tornando prescindibles a generaciones enteras de trabajadores asalariados y a sus familias. El coste que esto supone a una sociedad supera todo cálculo, y no es que nadie se haya parado nunca a calcular nada. Nuestros dirigentes económicos y políticos muestran un gran desdén hacia este horror, e incluso cierta ridiculez frívola. La sugerencia de Margaret Thatcher de que no existe sociedad más allá del individuo y su familia, habla muy a las claras de su desprecio -a finales del siglo XX- del ideal de un Estado-nación que ofrezca a los ciudadanos algo que se aproxime a cierto sentido de la vida en común.

Mirando desde Sparrows Point, en los accesos sudorientales a mi ciudad, lo que queda de la otrora gran corporación Bethlehem Steel está informando a miles de jubilados que ya no queda dinero disponible para pagarles las pensiones. A estos hombres que trabajaron en los altos hornos y en los astilleros -a los descendientes de esos mismos hombres que constuyeron barcos cargados de suministros para derrocar a Hitler y a Mussolini- se les está diciendo que, por mucha asbestosis que puedan padecer, ya no disponen de seguridad social ni de seguro de vida.

En los muelles de la zona que en otro tiempo fue Maryland Ship & Drydock, varias urbanizaciones de lujo se están construyendo donde antes había grandes grúas industriales, mientras que un enjambre de yates y lanchas motoras propiedad de washingtonianos motea una islita donde en otro tiempo maniobraban las grandes líneas navieras de todo el mundo. Y, como se podía prever, la gran torre y el muelle, donde antes había puestos de trabajo, y que Frank Sobotka trató de salvar en la segunda temporada de The Wire, han sido pasto de la piqueta de los constructores, que han convertido el lugar en el llamado Silo Point, salpicado ahora de viviendas de lujo.

De la Universidad Johns Hopkins -por defecto, la mayor suministradora de empleo a la ciudad actualmente- llegó la noticia de que muchas familias que vivían en el deprimido gueto al norte del Hospital Este de Baltimore, y que habían sobrevivido a muchas fases de pobreza, abandono y adicción, iban a ser trasladadas a otra parte para que la universidad pudiera derribar sus bloques y convertirlos en un parque biotecnológico. Durante la mayor parte del siglo pasado, Hopkins y las autoridades municipales no consiguieron encontrar una manera apropiada de conectar a la gran institución investigadora con las comunidades circundantes. Al final, destruyeron lo que quedaba del barrio, con el fin de salvarlo…

En cuanto al sistema educativo de la ciudad, año tras año aumenta el fracaso escolar y la degradación, con unos índices de graduación que no superan el treinta por ciento, toda vez que estamos preparando a los niños de Baltimore a unirse a una economía que no los necesita realmente. Pero, cada vez que hay elecciones, los resultados de los exámenes suben como por arte de magia para los grados tercero y quinto, para caer en picado dos años después, cuando los mismos alumnos -tras enseñárseles a la vez la prueba y la excelencia orwelliana del eslogan: ‘Que ningún niño se quede atrás’-, optan finalmente por abandonar las aulas, eligiendo en su lugar la vida en la calle. Si miramos al Departamento de Policía, siguen subiendo los índices de detención toda vez que estadísticas sin procesar suplantan al verdadero trabajo de la policía y que la manipulación de los resultados permite a los mandos más incompetentes pasar por delante de quienes son realmente capaces de investigar los delitos. La tasa de resolución de casos de homicidio -el 80% hace veinte años- está actualmente por debajo del 35%.

Y, en cuanto al último diario que queda en la ciudad, toda una batería de opciones de compra y de desgaste profesional ha dejado a la institución de Baltimore encargada de vigilar a, e informar sobre, la ciudad con tan sólo ciento cuarenta periodistas cuando en otro tiempo se contó con hasta quinientos. Pero no sólo se está hundiendo el Baltimore Sun; desde Martin-Marietta hasta General Motors pasando por Koppers y Black & Decker, se asiste asimismo a una incesante serie de despidos, reducciones de plantilla, ‘medios turnos’ y cadenas de montaje paradas. Así, la ciudad se va vaciando poco a poco; si vamos en coche por el este o el oeste de Baltimore, contemplaremos un panorama de casas adosadas cerradas y de solares disponibles.

¿Y el nuevo Baltimore? ¿El Baltimore renacido?

Ciertamente, también se puede detectar en muchos ámbitos: nuevas tecnologías, turismo y una economía de servicios en constante expansión. Y, sin embargo, este Baltimore está demasiado alejado de numerosas personas: en los guetos del Este y el Oeste, en Pimlico y Brooklyn, en Curtis Bay y Cherry Hill, sólo se percibe como un lejano rumor. Para mucha gente de estos barrios, el nuevo Baltimore existe en forma de rumores sobre un trabajo delante de la pantalla del ordenador, mucho más allá del límite del condado, donde los ratones se deslizan por alfombrillas y los cursores hacen clic en medio de torrentes de datos. Si percibimos el cambio de marea -si fuimos suficientemente avispados para romper nuestro carné del sindicato y alejarnos de la asociación local de trabajadores a la que pertenecían nuestros padres para empezar de nuevo en algún centro de educación para adultos-, entonces tal vez estemos en ese mundo y no en éste, y tal vez todo sea para mejor.

Pero son muchos los que se quedaron en el bajío tras la marea: hombres y mujeres de Baltimore a los que cada día se les recuerda que la ola ya alcanzó su punto más alto, y que ahora, con la economía en pleno reflujo, valen mucho menos de lo que valían en otro tiempo, si es que valen algo ahora en la conomía posindustrial. Los desempleados que frecuentan los comedores municipales de West Baltimore o que han encontrado un pequeño trabajo como cajeros o cajeras en tiendas con aparcamiento comunal…, son los americanos que sobran. La economía irá dando tumbos sin ellos, y sin cualquiera que considere sinceramente su desesperación. Antiguos trabajadores del acero y de los astilleros, camellos y drogadictos, más un ejército de jóvenes contratados para perseguir y encerrar a estos últimos, putas y puteros más una legión de hombres contratados para recoger a las putas y coaccionar a los puteros…, todos ellos son considerados prescindibles e incompatibles con el modelo económico del Nuevo Milenio, que desde hace tiempo los declaró irrelevantes.

Tal es el mundo de The Wire, la América que han dejado relegada.

(…)

Yo estuve trabajando en un gran periódico gris de Baltimore hasta que Wall Street descubrió la industria periodística y la evisceró en busca de beneficios a corto plazo, y las grandes cadenas foráneas vieron que podían hacer más dinero produciendo un periódico mediocre que uno bueno. El culto a la cuenta de resultados, unido ala venalidad de editores transplantados y husmeadores de premios, chupó la sangre de lo que de sano había allí. El co-creador de The Wire, Ed Burns, estuvo trabajando en una institución policial de Baltimore hasta que la política organizativa y ‘el principio de Peter’, unos mandos con el instinto de conservación muy desarrollado, acabaron socavando el trabajo de los mejores policías. Otro guionista de la serie desde la primera temporada, George Pelecanos, estuvo vendiendo zapatos y trabajando de camarero, y posteriormente pasó varios años investigando y escribiendo novelas sobre esa porción del capital de la nación que sigue pasando prácticamente inadvertida para los dirigentes de la nación, los Shaw y los Anacostia, donde la vida negra vive marginada a la sombra de los grandes edificios de la democracia norteamericana. El cuarto guionista, Rafael Álvarez, vio terminar la carrera de su padre en medio de los piquetes de huelga de los remolcadores del puerto de Baltimore, junto a McAllister Towing, y él mismo estaba trabajando como mozo marinero en un buque cablero cuando HBO fue a llamarlo para un par de episodios. El quinto, Richard Price, pasó horas y horas, por no decir días y días, en los arrabales de Jersey City para encontrar allí sus voces perdidas y trágicas, mientras que el sexto, Dennis Lehane, de Boston, plasmaba en sus páginas las penalidades y el hambre de los barrios proletarios y broncos de Charlestown y Dorchester. Sin olvidarnos que Bill Zorzi, que pasó varios años informando sobre las covachuelas oscuras y cargadas de humo de la política de Baltimore antes de unirse al equipo para ayudar a crear y a dirigir la parte política de la serie.

Todos ellos son, por supuesto, escritores profesionales. Sería engañoso, además de presuntuoso, decir que los que confeccionamos el guión de The Wire somos unos perfectos proletarios. Una cosa es servir de eco a las voces de estibadores, drogadictos, detectives y camellos, y otra muy distinta pretender que estas voces sean las nuestras. Los D’Angelo Barksdale y los Frank Sobotka viven en su mundo, mientras que nosotros sólo los visitamos de vez en cuando con el boli en ristre apoyado en un cuaderno abierto.

Pero tampoco sería justo categorizar The Wire como una serie televisiva escrita y producida por unas personas centradas en escribir para televisión y producir televisión. Ninguno de nosotros somos de Hollywood. Las sofisticadas salas de producción de sonido y las ‘ciudades’ cinematográficas con sus enormes zonas de rodaje al aire libre no son nuestro hábitat natural. Pero qué digo Los Ángeles: a excepción de Price -sus grandes libros sobre Dempsey hablan de las erosionadas ciudades de Jersey, allende el río-, nosotros no somos ni siquiera del mundillo literario de Nueva York.

The Wire y sus historias están enraizadas en el ethos de una ciudad de segunda fila de la antigua zona industrial de la Norteamérica olvidada. No, no es como si las almas más airadas y alienadas de West Baltimore, Anacostia o Dorchester hubieran secuestrado una serie de la HBO para ponerse a contar historias; pero, llegados a este punto, es lo más cerca que ha estado nunca la televisión de tal improbabilidad.”

David Simon, 2009