Ya es una verdad de perogrullo que la patria es el lenguaje y lo puedo comprobar constantemente acá. Ya ha sospechado Borges, ante las vanas simetrías del español, que diferimos insalvablemente de España -aunque un par de líneas del Quijote bastaron para convencerlo del error-. Puede parecer que hablamos el mismo idioma, pero no: son infinitas las palabras diferentes.
Agustín y Santiago viven hace ocho años acá y son felices. Aunque mantienen cierto lazo con su país (Santiago lee Clarín todos los días), también empiezan a adoptar con entrega a su nueva patria. Santiago me confesó que ya no es de Boca, que se hizo del Real Madrid (y me partió el corazón, aunque soy de River). Claro: ya no sabe quién juega, ya no sigue la fecha ni lee el Olé ni lo ve a Fantino ni a Fútbol de primera (ni siquiera existe ya Fútbol de primera).
Pero si algo mantienen ambos, testarudamente, es el lenguaje y el acento. El otro día en una cena osé decir la palabra “autobús”. Por supuesto: la dije porque había españoles presentes, quise hacerme entender. Pero fui sometido al escarnio de ambos y con razón: la lengua es su refugio. Podrán cambiar de ciudad, de nacionalidad y hasta de club de fútbol. Pero el autobús siempre será el bondi.