Bafici – Día 2

Día largo, pero con pocas películas. Arranqué bien temprano con la intención de finiquitar dos minientrevistas telefónicas con directores argentinos, que no tendrían que haberme llevado más de cuarenta minutos en total, y ya me topé con la primera dificultad: Gonzalo Castro, director de Cocina, se declaró “fóbico” a las entrevistas, y se negó a contestar tres preguntitas simples y concretas. En vano traté de explicarle que no teníamos que hablar demasiado en profundidad de nada, que simplemente la idea era que contara un poco de qué iba su película para que la gente que lee el diario tenga una visión más allá de lo que dice el catálogo, y pueda optar entre el maremagnum de ofertas con más conocimiento de causa. No hubo caso. Todo esto, ojo, con intermediarios, o por mail. Nunca pude hablar personalmente con él. Entonces, con una sola entrevista hecha (a Gustavo Fontán, director de La madre, que estuvo de lo más amable), me tomé un taxi al Abasto para ver Food, Inc., con la preocupación de no haber terminado todavía mis tareas laborales.

Food, Inc., de Robert Kenner (Estados Unidos) [Panorama / La Tierra Tiembla]
El excesivo entusiasmo de la reseña del catálogo quizás hizo que me decepcionara un poco lo que ví después. Sí es impresionante ver esos mataderos de animales, inhumanos y bestiales, que me hicieron respetar un poco la fuerza de voluntad de los veganos. Es reveladora la conexión de los capos de las multinacionales dedicadas a la alimentación con el poder político (no sólo de la administración Bush, también de la de Clinton, y seguramente de la de Obama, no jodamos). Pero, en el fondo, nada que no sepamos o supongamos. Yo esperaba que me dijeran cosas tipo “las Pringles están hechas en realidad con caca de oveja”, o “el ketchup Heinz no es ketchup sino vísceras licuadas de niños iraquíes”, pero no: los pollos son pollos, totalmente transgénicos, engordados artificialmente, tratados inhumanamente, pero pollos al fin.

Seguro escucharon el mito urbano de que la carne picada que usa McDonald’s no viene de la vaca, sino de un animal creado genéticamente que no es ni vaca, ni cerdo, ni nada, especialmente inventado para ser picado y hamburguesado. Bueno, Food, Inc., en realidad, lo desmitifica. Y sí, algunos chicos mueren por Escherichia Colli, pero eso ya lo sabíamos. Sí recordé al hijo de mil putas de Daniel Hadad comiéndose un Big Mac en cámara.

Ojo, no está mal, la estoy matando por demás. Pero hoy me clavé un Whopper sin ninguna clase de remordimientos. ¿Que eso habla peor de mí que de la película? Indudablemente.

Después tenía para ver Stalags – Holocaust and Pornography in Israel, un documental sobre el éxito que tuvo en Israel una película porno protagonizada por pulposas chicas de las SS que torturaban sexualmente a un grupo de judíos rubios y de buen lomo, poquitos años después del Holocausto. Un tema de lo más interesante, como verán. Pero por culpa del Salinger del cine argentino, tuve que quedarme en la sala de prensa y resolver el temita. Transpiré bastante hasta que pude ubicar a Matías Piñeiro, director de Todos mienten, una de las tres argentinas en la Competencia Internacional. El pibe tuvo la mejor onda, me cayó fenómeno, y mañana voy a ver la película, que espero que me guste.

Love Exposure, de Sono Sion (Japón) [Panorama / Nocturna]
Realmente no pretendía ver las cuatro horas de la última película del genial director de Suicide Club (BAFICI 03, que después proyecté con éxito en un legendario ciclo de cine que organizaba en San Telmo), pero me dije: “Voy a entrar a ver qué onda, no puedo no ver qué onda con Sono Sion”.

Imposible irse en la mitad de Love Exposure, aunque cuatro horas son cuatro horas, y siempre exigen paciencia. Pero esta historia acerca del amor de Yu por Yoko es irresistible y tiene de todo. Como es común en ciertos realizadores japoneses (Takashi Miike, por ejemplo) la película alterna entre diversos géneros, va y viene, se pierde en anécdotas secundarias, y no le tiene miedo al ridículo. Es de todo menos aburrida.

La historia de fondo es un melodrama clásico sobre un chico que se enamora de una chica que al principio no le da bola porque odia a los hombres (su padre abusaba de ella). Pero la chica (divina, hermosa) aparece recién a la hora de película, porque Sono Sion se toma su tiempo para contar la relación de ese chico con su padre, viudo primero, sacerdote después, pecador más adelante, y cómo esa relación lo lleva a juntarse con una banda de chicos que les sacan fotos por asalto a las mujeres debajo de sus polleritas (upskirts, para los jeropas que conocen del tema). Podría decirse que toda la película es un canto a la bombacha, y es imposible no pensar que Sono Sion es fanático de los jumpers.

También hay sangre, mucho sentido del humor, música (¡hasta el Bolero de Ravel!), sectas satánicas, simbolismo religioso, travestismo, lesbianismo, y aunque suene caótico, no lo es: todo está en función de la historia principal, que es la del amor (o desamor) entre Yu y Yoko, y todo va en dirección a ese final casi perfecto. Suena extraño: muchas películas que duran una hora y media parecen interminables, porque podrían haber terminado diez minutos antes del final, y se regodean en epílogos insulsos y molestos. Esta termina cuando tiene que terminar, no tiene un solo plano de más.

Había poca gente en el Teatro 25 de Mayo, donde se pasó la película, lo cual es lógico: pocos se le animan a una película tan larga. Pero hay que decir que la poca gente que empezó a verla, se quedó hasta el final, y aplaudió cuando llegaron los títulos.

El primer imperdible del festival.

Después tenía entradas para ver Graphic Sexual Horror en el MALBA, pero me pareció que viajar desde Urquiza hasta ese lejano extremo de Palermo ya era demasiado, y opté por ir a la fiesta en Voodoo, aprovechando la canilla libre de cerveza. Llegué a casa a las cuatro de la mañana, y terminé un día largo, en el que ví solamente dos películas. Vengo muy mal con el promedio.