Hace tres años me compré el librito El concepto del cine, de Ángel Faretta. El tipo es un oscuro crítico más famoso por la propaganda que le hacen sus discípulos fanáticos, que por su producción crítica concreta. Pero con la publicación de ese Concepto…, parecía que Faretta por fin plasmaría sus famosas ideas en palabras, grabadas en hojas de papel, encuadernadas en un libro. Todas cosas tal vez demasiado prosaicas y alejadas del pensamiento elevado, pero imprescindibles para lanzar su tan mentada teoría a la arena del debate.
El problema era que Faretta resultó incapaz de traducir esa teoría en palabras, y terminó redactando un texto feo, incomprensible, en fin, impublicable. En este post descargué mi bronca y di algunos ejemplos.
(Después me escribieron por mail el editor del libro y un discípulo de Faretta, cegado por la fidelidad a su Yoda de la crítica cinematográfica; ambos cumpliendo el papel de esbirros de un patrón invisible, que yo imaginaba -según comentarios que me llegaron, entremezclados con mi generosa imaginación- meciéndose en una silla vieja, en un departamento oscuro y con olor a encierro, repleto de Cristos y retratos de Evita.)
Ahora Faretta sacó otro libro, Espíritu de simetría, en donde reúne los textos que publicó en la revista Fierro. No se me pasó por la cabeza comprarlo, pero dí con un comentario de Quintín bastante interesante. En esa nota, Quintín cita una frase imperdible de Faretta: “El cine, en su hacer, logró religar la función operativa simbólica a su repetición intencional anagógica, es decir, ritual, por supuesto.”
¿Qué clase de bestia insensible es capaz de terminar semejante oración con un “por supuesto”?