Sobre esnobismo, cinefilia y festivales

Ya Osvaldo Bazán comentó la insólita nota sobre el BAFICI que salió en la Revista Noticias, pero me gustaría detenerme en uno de sus párrafos:

“Dentro del BAFICI, directores como Jean Eustache pueden agotar funciones nocturnas para películas como ‘Le Père Noël a les yeux bleus’ (1966) tan rápido como Clint Eastwood agota afuera entradas para ‘Gran Torino’. (Dentro del BAFICI haría falta una aclaración: Clint Eastwood es ese director norteamericano que filmaba insensibles westerns hollywoodenses).”

En esa ironía entre paréntesis está la cuestión. Porque esa afirmación es errónea (todos los espectadores de películas del BAFICI saben perfectamente quién es Clint Eastwood, y la mayoría seguramente piensa que es un genio) y en ese error suelen caer todos los que acusan al BAFICI de elitista y de snobs a los que nos gusta el cine de Lucrecia Martel.

Simplifiquemos. Pongamos que hay dos bandos: los cinéfilos y los pelotudos (la denominación es un poco tendenciosa, lo asumo). Los pelotudos, entre los que se encuentra el autor de la nota de Noticias, creen que a los cinéfilos nos gustan sólo esas películas en las que “no pasa nada”, en blanco y negro, con planos largos, europeas, aburridas, y que odiamos todo lo que tiene que ver con Hollywood y los efectos especiales, que toda película “de género” nos parece comercial… en fin, que somos cerrados y elitistas.

Pero no se dan cuenta de que lo que ocurre es exactamente lo contrario. Los elitistas y cerrados son ellos. Son ellos los que sólo aceptan un tipo de cine y descartan el otro mediante descalificaciones baratas.

Yo disfruté por igual de Gran Torino y de, pongamos como ejemplo, La isla, de Kim Ki-Duk. No de la misma forma, sí con la misma intensidad. Siguiendo con los ejemplos, El caballero de la noche, récord de taquilla, fue tapa de El Amante, revista que los pelotudos consideran el house organ de la cinefilia elitista.

A mí no me jode que a los pelotudos no les guste el cine de Lucrecia Martel, ¿por qué a ellos les jode que a mí sí me guste? A mí no me jode que exista el festival Buenos Aires Rojo Sangre (todo lo contrario: me encanta), ¿por qué a ellos les jode el BAFICI?

Las últimas semanas fui testigo vía Facebook de diversas expresiones tipo “qué aburrido, empieza el BAFICI”, o “se larga el esnobismo en el Abasto”, sobre todo por parte de gente perteneciente al “mundillo cinematográfico”. La única explicación para tamaña obsesión es que el BAFICI les rebotó su película, o que no se pudieron acreditar, en fin, que se sienten afuera de un círculo que ellos consideran selecto, entonces optan por huir hacia adelante y adoptar el discurso de “al cabo que ni quería”.

Y lo peor es que después andan chapeando con que su peliculita entró al MARFICI.

Dieguez’ pick

Estoy laburando mucho así que estoy viendo pocas películas. Se corta acá la cobertura del BAFICI. Salvo que vea alguna película genial, que me sienta en la obligación moral de recomendar, no voy a volver sobre el tema. Sobre todo porque entré al blog de Quintín y leí esto: “F y Q llegan exhaustos al hogar. No pueden más. El Bafici va a terminar con ellos. Tienen tantas actividades sociales que no pueden ver ninguna película”, entonces me agarró fobia y me dio vergüenza. Yo no tengo “actividades sociales”, pero temí que cualquier comentario parecido a ese pudiera sonar igual de pelotudo, así que prefiero el silencio.

Pero la única película que ví hoy bien vale todo el festival. La última guerra en la Franja de Gaza, las protestas contra Israel en Buenos Aires, y las acusaciones de antisemitismo contra los manifestantes, hacen que Defamation, de Yoav Shamir, sea una película de visión obligatoria.

Cuando la limosna es grande…

Aviso: voy a escribir esto sin saber demasiado sobre el mini recital que Charly dio frente a la Basílica de Luján. Solamente escuché algún comentario en los pasillos del BAFICI. Es como estar en una cueva repleta de zombies que echan a rodar rumores diversos sobre lo que pasa “afuera”.

Hecha la aclaración, esto es lo que yo pienso: todos elogian a Palito Ortega, pero con toda esta cuestión, él es el que más gana. Hasta ayer era un hijo de puta, que había hecho películas bancadas por los milicos, totalmente fascistas, que era un cantautor mediocre, que la levantó con pala gracias a una canción que dice “la felicidá lá lá lá lá / de sentir amor-or-or-or-or”, que se hizo político y terminó su carrera llorando en el living de Susana.

Ahora tiene el privilegio de vivir con un genio de la música (algo que él no es), con un tipo que mientras él cantaba “me gusta el mar / tengo alma de navegante”, estaba cantando “cuando la lluvia de gas y alquitrán / cubra tu cuerpo podrido”, ahora puede charlar con él todos los días, seguramente aprender de él, quizás hasta ganar plata y hacer negocios. Y para colmo, queda como su salvador, su mecenas, su Mesías.

Veo este raíd mediático, las fotos rodeado del Clan Ortega (aunque hoy a eso de las ocho, Luis Ortega estaba en el BAFICI), y siento como si lo tuvieran secuestrado, como si le estuvieran lavando la cabeza. Me da mucho miedo.

Es una inquietud. Quizás mi miedo sea infundado y en cinco años Charly grabe su mejor disco. Ojalá. De todas formas no cambiaría esta verdad absoluta: con todo esto, el que sale ganando es Palito.

Gente horrible

Hay varios especímenes de la fauna del BAFICI que son desagradables. Podríamos hacer una lista.

Hay uno que puede encontrarse durante las charlas con los directores: es aquel que toma el micrófono y hace la pregunta en el idioma original, ignorando la presencia del traductor.

Les rompería la cabeza a martillazos como Lars Von Trier en Chacun son cinéma.

Bafici – Día 3

No vale la pena que escriba mucho sobre este día. Recuerdo como en sueños un corto muy pelotudo llamado This Smell of Sex, una excelente y sombría película de Catherine Breillat sobre el cuento Barbazul, de Charles Perrault, y una extraña y aburrida sobre una chica medio loca que hace cosas raras (Sois Sage).

Pero lo que realmente marcó el día y dejó al BAFICI en un segundísimo plano, fue el 4 a 0 del equipo de Diego Armando Maradona. Se lo extrañó a Riquelme, por supuesto. Con él, después del 1 a 0, el equipo habría tenido mayor dominio de pelota para aguantar la ventaja con lo justo y sufrir los últimos minutos, haciendo del partido algo más entretenido de ver, sobre todo por la incógnita del resultado final. En cambio, fue un aburrido monólogo, una película de la que ya se sabía el final desde el minuto uno. Para colmo, Messi casi mete el quinto gol, lo que habría sido una falta de respeto para nuestras muy buenas relaciones con el país bolivariano.

Disfruten, giles.

Bafici – Día 1

Mamachas del ring, de Betty M. Park (Bolivia / Estados Unidos) [Cine del Futuro]

Mi intención original era ver Tekton, una suerte de continuación de Opus, gran documental de Mariano Donoso producido por Llinás que se vio en un BAFICI (creo que el 2005). Pero me tentó infinitamente más Mamachas del ring, también documental (voy a ver muchos docus, me gustan), sobre un grupo de cholas bolivianas que hacen lucha libre, onda Titanes en el Ring.

Suponemos que si a un productor drogado de 100% lucha se le hubiera ocurrido poner a una chola boliviana para que le hiciera la doble nelson a La Masa, ya habría salido María José Lubertino con los tacos de punta. Y sin embargo eso pasó en La Paz, Bolivia, cuando a Juan Mamani, una especie de Don King del sub-subdesarrollo, se le ocurrió convocar a varias cholas y entrenarlas en los secretos del catch. El éxito fue tal, que las cuatro heroínas viajaron (¡en avión!) a Perú, para presentarse en la televisión. Para Mamani el éxito tenía que ver con que la gente moría por verlas revolcarse en el ring, con las polleras subidas y los bombachones al aire. Algo así como el tenis femenino, sin el glamour (o con un glamour diferente, digamos, igual que decimos “capacidades diferentes” en lugar de “discapacitados”).

El repentino éxito de las cuatro cholas, lideradas por Rosa la Campeona, generó ciertos resquemores, y decidieron cortarse solas, con la baja de una de ellas: Marta la Paceña, que se quedó con Mamani. El documental cuenta, entonces, el derrotero de las tres luchadoras en su objetivo de independizarse de los manejos casi mafiosos de Mamani. Con algo de humor y animación con plastilina, Mamachas del ring es una película divertidísima que al final deja un regusto amargo. Es imposible no sentir pena por Rosa, es imposible no pensar que su pasión por el catch (hay mucha sangre en las peleas, son bastante desagradables) tiene relación con la chatura de su vida diaria.

Rachel, de Simone Bitton (Francia / Bélgica) [Panorama / La Tierra Tiembla]

Después, otro documental. Rachel, de Simone Bitton, cuenta la historia de Rachel Corrie, una militante pacifista que fue aplastada por un bulldozer israelí mientras hacía un cordón humano frente a la casa de una familia palestina. No la pude terminar de ver porque recibí un llamado con la orden de apersonarme en el diario para hacer un par de cosas, pero lo que vi me interesó, aunque tampoco es como para tirar cuetes. Quizás lo más interesante haya sido el testimonio de un soldado israelí (que aparece de espaldas, o de kipá, si prefieren), que contaba las atrocidades que perpetró, sin inmutarse, agregando que recién ahora, que es civil, se da cuenta de que eran atrocidades. La clave es esa: los milicos son todos hijos de puta, acá, en la china y en Israel.

Volví de Constitución puteando por haberme perdido Archangel, de la retrospectiva de Guy Maddin, un director que me hizo flashear con The Saddest Music in the World (BAFICI 05, creo) y con el que nunca puedo reencontrarme. El año pasado me perdí My Winnipeg por ver un partido de River, este año no pude con Archangel porque tuve que laburar. Maddin, lo nuestro no funciona.

Waltz with Bashir, de Ari Folman (Israel) [Panorama]

Sí llegué, justito, a Waltz with Bashir, peli israelí de animación nominada al Oscar, que cuenta la Guerra del Líbano, o mejor dicho, los conflictos morales que les genera a los veteranos israelíes las atrocidades que cometieron en esa guerra. Realmente verla en doble programa con Rachel me provocó cierta indignación. Los dibujos son hermosos, las imágenes bellísimas, y ese es el problema: hay escenas terribles, cruentas, niños asesinados, podridos entre los escombros, pero todo es tan bello que no te toca un pelo. A diferencia de Persépolis, que a pesar de su humor (Waltz with Bashir carece de humor) es la película más triste que vi en mucho tiempo, esta película de Ari Folman no conmueve, no nada. Y Folman lo sabe, por eso incluyó en la escena final una imagen real. Pero el daño ya estaba hecho. No me sorprende que la hayan nominado al Oscar.

Katia’s Sister, de Mijke De Jong (Holanda) [Panorama]

Después le llegó el turno a Katia’s Sister, una simpática peliculita holandesa sobre una adorable gordita con cierto parecido a Heather Matarazzo en Welcome to the Dollhouse, pero todo lo contrario en cuanto a caracter. La nena vive con su hermana, una stripper a quien idolatra (como toda nena a su hermana mayor), y con su madre, una prostituta que no está en sus mejores días. A esa familia de mujeres se le agrega la abuela, una señora senil, y también una tía muerta que revolotea en los recuerdos. ¿Hombres? Pocos. Apenas un italiano que se garcha a Katia (la guarangada es pertinente), un gordo con plata que mantiene a la madre, y un barbudo que conoce a la nena en la calle y le quiere mostrar los caminos de Jesús (aunque ella, influida por ese ambiente de apertura sexual, busque otra cosa).

Quizás así contada la película suene más cruenta de lo que es, porque nada que ver: es, como dije al principio, una peli de lo más simpática, con una cámara movediza que no se despega de esa nena que sólo es la hermana de Katia (no sabemos su nombre hasta el final). Poca música, mucho corte y las bonitas calles de Amsterdam. No me voló la cabeza, pero no cabeceé en ningún momento. Y eso, como saben ustedes, se agradece.

Hansel and Gretel, de Yim Phil-Sung (Corea del Sur) [Panorama / Nocturna]

Al final del día le llegó el turno al ponja nuestro de cada Festival: Yim Phil-Sung, que no es japonés sino coreano, pero da igual. Hansel and Gretel utiliza los elementos del cuento de hadas en su variante terrorífica, para contarnos una historia original, con vueltas de tuerca inesperadas y un clima de belleza opresiva inigualable. Un tipo discute por teléfono con su mujer embarazada, mientras maneja por la ruta, se pega un palo y cae medio roto en el medio de un bosque (el bosque de los cuentos de hadas). Lo encuentra una nena con una capa roja, y lo lleva a su casa escondida entre los árboles. Ahí vive con sus dos padres y dos hermanos, en un clima de felicidad tan exagerada y falsa que las sonrisas de todos son rictus espantosos. Obviamente el teléfono está roto, y al tipo le resulta imposible irse.

Ese es el punto de partida para una película que en su primera mitad no da respiro a los sustos y sobresaltos, pero que en la segunda vira más hacia las vueltas de tuerca de la trama, y a la profundidad de la historia que está contando. Los tres nenes son maravillosos, y desde las gemelas de El resplandor que no me asustaba tanto un niño.

Altamente recomendable, aunque todavía no vi nada que me vuele la cabeza. Paciencia, fue sólo el primer día.

Bafici – Día 0

El año pasado hice una cobertura del BAFICI muy sui generis (sin pretensiones, arbitraria y algo desganada), de la que me arrepentí a mitad de camino. Como me caracterizo por no aprender de mis errores, este año la voy a repetir.

Llegué al Teatro 25 de Mayo a eso de las ocho de la noche. Además de los comodines de todo festival (Mercedes Morán, Graciela Borges, Virginia Innocenti), estaba ¡el hijo de Tusam! También pude ver de cerca a Gabriela Michetti, cuya silla de ruedas era empujada por la hija de Mauricio Macri. En la ceremonia no habló Michetti. ¿Sería porque el escenario no tiene rampas para discapacitados? Suponemos que no.

La película de apertura era Gigante, del argentino radicado en Montevideo Adrián Biniez, que venía con todo el ruido de ganar nada menos que tres premios importantes en el Festival de Berlín. De la misma productora que 25 watts y Whisky (Control-Z, muy buen nombre y muy nerd), Gigante comparte con ellas el humor parsimonioso, el pajueranismo tan adorable y uruguayo que a mí me encanta.

El protagonista excluyente es Jara, un grandote bonachón y metalero que trabaja como guardia en un supermercado y como patovica en un boliche (un patovica que no pega trompadas, sino que las recibe). Tiene una hermana y un sobrino con el que juega al fútbol en la Playstation. Y también tiene un amor idílico: Julia, una joven empleada de limpieza del supermercado, a quien descubre mediante las cámaras de seguridad, y a quien empieza a seguir por la ciudad.

Gigante es una comedia romántica, no tan cómica y no tan romántica, pero comedia romántica al fin. Chico conoce chica. Pero el chico no le habla a la chica en toda la película, y a la chica ni le escuchamos la voz.

Quizás sea injusto medirla con la vara de la genial Whisky, con la que, en los hechos, sólo comparte nacionalidad y productora (ni guión, ni director, ni actores). Pero es imposible no hacerlo. Entonces va a perder, pero porque Whisky es una obra maestra.

Terminó la película y se largó la comilona. Apenas dos barras de Iguana para una legión de sedientos, y una terraza fantástica donde algunos aprovecharon para fumar porro (eso me pareció, yo de esas cosas no entiendo).

Del resto mucho no me acuerdo, solamente que volví en un auto con varios periodistas y una productora que nos contó un chisme que voy a transformar en enigmático: joven directora muy moderna y muy lesbiana fue inseminada por amigo gay para tener un hijo con su pareja. Le pusieron Furio.

Pobre pibe. Estoy a favor de que los gays puedan tener hijos, pero si ven las películas de esta chica (alguna muy buena), van a entender lo que digo.

Para una primera entrada, muy poco interesante. A no preocuparse: si todo sale bien, mañana veo siete películas. No creo que ocurra pero tampoco sería tan raro para un primer día. Eso sí, ahora voy a ver Lost.