Aquel sol del atardecer


I

Los lunes ya no son diferentes de otros días en Jefferson. Ahora las calles están pavimentadas y las compañías de teléfonos y de electricidad están talando los árboles que dan sombra -los robles, los arces, las acacias y los olmos- para dejar lugar a los postes metálicos que ostentan hinchados y fantasmales racimos de uvas secas, y tenemos un lavadero en la ciudad que hace la ronda los lunes a la mañana, que pasa a buscar los fardos de ropa en autos de colores claros, hechos especialmente: la ropa sucia de toda una semana ahora vuela como una aparición detrás de bocinas eléctricas alertas e irritantes, con un largo sonido de goma y asfalto que se apaga como la seda desgarrada, y hasta las negras que todavía se ocupan de la lavandería de los blancos según la vieja costumbre, la buscan y la entregan en auto.

Pero hace quince años, los lunes por la mañana las calles tranquilas, polvorientas y sombrías estaban llenas de negras con fardos de ropa atados con sábanas, balanceados sobre sus cabezas firmes con turbante, casi tan grandes como fardos de algodón, transportadas así sin ser manoseadas desde la puerta de la cocina de la casa de los blancos hasta los oscurecidos cacharros de lavandería junto a la puerta de alguna cabaña en el barrio de los negros.

Nancy se ponía el fardo en la cabeza y sobre el fardo a su vez se ponía el sombrero negro de paja que usaba en invierno y en verano. Era alta, con una cara larga y triste, un poco hundida ahí donde faltaban sus dientes. A veces íbamos con ella parte del camino, a través del campo, para mirar el fardo que se balanceaba, y el sombrero que nunca se movía ni se tambaleaba, ni siquiera cuando ella pasaba por la acequia o se agachaba para atravesar el cerco. Se ponía en cuatro patas y se arrastraba por la abertura con la cabeza rígida, erguida, el fardo firme como una roca o un globo, y se levantaba y seguía camino.

A veces los maridos de las lavanderas pasaban a buscar y a entregar la ropa, pero Jesus nunca hizo eso por Nancy, ni siquiera antes de que padre le dijera que no se acercara a nuestra casa, ni siquiera cuando Dilsey se enfermó y Nancy tuvo que venir a cocinar para nosotros.

Y entonces casi la mitad del tiempo teníamos que ir a la cabaña de Nancy a decirle que viniera y nos cocinara el desayuno. Nos deteníamos en la acequia, porque padre nos había dicho que no nos acercáramos a Jesus -era un negro bajito, con una cicatriz de navajazo en la cara- y le tirábamos piedras a la casa de Nancy hasta que ella venía a la puerta y asomaba la cabeza, desnuda.

-¿Qué pretenden, destrozándome la casa? -decía Nancy-. ¿Qué pretenden, pequeños demonios?

-Padre dice que vengas y nos hagas el desayuno -decía Caddy-. Padre dice que ya pasó más de media hora, y tienes que venir ya mismo.

-No estoy pensando en ningún desayuno -decía Nancy-. Voy a terminar de dormir.

-Seguro estás borracha -decía Jason-. Padre dice que estás borracha. ¿Estás borracha, Nancy?

-¿Quién dice eso? -decía Nancy-. Tengo que terminar de dormir. No estoy pensando en ningún desayuno.

Así que después de un rato dejábamos de despedazar la cabaña y volvíamos a casa. Cuando ella por fin venía era muy tarde para que yo fuera a la escuela. Creíamos que era el whisky, hasta el día en que la arrestaron otra vez y la llevaron a la cárcel y pasaron al lado del señor Stovall. Era cajero en el banco y diácono en la iglesia bautista, y Nancy empezó a decir:

-¿Cuándo va a pagarme, hombre blanco? ¿Cuándo va a pagarme, hombre blanco? Pasaron tres veces desde la última vez que me pagó un peso… -el señor Stovall la tiró al suelo, pero ella siguió diciendo:- ¿Cuándo va a pagarme, hombre blanco? Pasaron tres veces desde… -hasta que el señor Stovall la pateó en la boca con el taco y el jefe de policía agarró al señor Stovall y a Nancy tirada en la calle, riéndose. Ella giró la cabeza, escupió sangre y algunos dientes, y dijo: -Pasaron tres veces desde la última vez que me pagó un peso.

Así fue como perdió los dientes y todo ese día se comentó sobre Nancy y el señor Stovall, y toda esa noche los que pasaron por la cárcel pudieron oir a Nancy cantando y gritando. Podían ver sus manos agarrando lo barrotes, y muchos se detenían al otro lado del cerco, escuchándola a ella y al carcelero tratando de hacerla callar. No se calló hasta casi el amanecer, cuando el carcelero empezó a oír golpes y rasguños arriba y subió y la encontró a Nancy colgando de un barrote de la ventana. Dijo que era cocaína y no whisky, porque ningún negro intentaría suicidarse salvo que estuviera lleno de cocaína, porque un negro lleno de cocaína ya no era más un negro.

El carcelero la soltó y la revivió; entonces la golpeó y la azotó con el látigo. Se había colgado con su vestido. Lo había arreglado bien, pero cuando la arrestaron no tenía puesta otra cosa que su vestido así que no tenía nada con qué atarse las manos y no las podía soltar del borde de la ventana. Entonces el carcelero escuchó el ruido, corrió hasta ahí y encontró a Nancy colgando de la ventana, completamente desnuda, con la panza ya un poco hinchada como un pequeño globo.

Cuando Dilsey estaba enferma en su cabaña y Nancy cocinaba para nosotros, podíamos ver la hinchazón en su delantal; eso fue antes de que padre le dijera a Jesus que no se acercara a la casa. Jesus estaba en la cocina, sentado detrás de la hornalla, con el navajazo en su negro rostro como si fuera una soga sucia. Dijo que era una sandía lo que Nancy tenía debajo del vestido.

-Igual no salió de tu viña -dijo Nancy.

-¿De qué viña? -dijo Caddy.

-Puedo cortar la viña de la que salió -dijo Jesus.

-¿Por qué hablas así delante de estos chicos? -dijo Nancy-. ¿Por qué no vas a trabajar? Ya terminaste de comer. ¿Quieres que Jason te pesque holgazaneando en su cocina, hablando así frente a estos chicos?

-¿Hablando cómo? -dijo Caddy-. ¿Qué viña?

-No puedo holgazanear en la cocina de un hombre blanco -dijo Jesus-. Pero un hombre blanco puede holgazanear en la mía. El hombre blanco puede entrar en mi casa, pero yo no puedo detenerlo. Cuando el hombre blanco quiere entrar en mi casa, yo ya no tengo casa. No puedo detenerlo, pero él no puede echarme de mi casa. No puede hacer eso.

Dilsey seguía enferma en su cabaña. Padre le dijo a Jesus que no se acercara a nosotros. Dilsey seguía enferma. Fue un largo tiempo. Estábamos en la biblioteca, después de la cena.

-¿Todavía no terminó Nancy en la cocina? -dijo madre-. Me parece que tuvo bastante tiempo para lavar los platos.

-Que vaya Quentin a ver -dijo padre-. Ve a ver si Nancy terminó, Quentin. Dile que ya puede irse.

Fui a la cocina. Nancy había terminado. Los platos estaban guardados y el fuego, apagado. Nancy estaba sentada en una silla cerca de la hornalla fría. Me miró.

-Madre quiere saber si terminaste -dije.

-Si -dijo Nancy. Me miró: -Ya terminé.

Me miró.

-¿Qué pasa? -dije-. ¿Qué pasa?

-No soy nada más que una negra -dijo Nancy-. No es mi culpa.

Me miró, sentada en la silla delante de la hornalla fría, el sombrero en la cabeza. Volví a la biblioteca. Era eso, la hornalla fría y todo, cuando piensas en una cocina que es cálida, animada y alegre. Y con una hornalla fría y los platos guardados, y nadie listo para comer a esa hora.

-¿Terminó? -dijo madre.

-Si -dije.

-¿Qué está haciendo? -dijo madre.

-No está haciendo nada. Ya terminó.

-Voy a ver -dijo padre.

-Por ahí está esperando a que Jesus venga y la lleve a casa -dijo Caddy.

-Jesus se fue -dije.

Nancy nos contó cómo una mañana se despertó y Jesus se había ido.

-Me dejó -dijo Nancy-. Se fue a Memphis, supongo. Esquivando a la policía de la ciudad, supongo.

-Y que tenga buen viaje -dijo padre-. Espero que se quede allá.

-Nancy le tiene miedo a la oscuridad -dijo Jason.

-Tu también -dijo Caddy.

-Mentira -dijo Jason.

-Miedoso -dijo Caddy.

-Mentira -dijo Jason.

-¡Candace! -dijo madre. Padre volvió.

-Voy a acompañar a Nancy -dijo-. Dice que Jesus volvió.

-¿Lo vio? -dijo madre.

-No. Un negro le avisó que estaba de vuelta en la ciudad. No voy a tardar.

-¿Me vas a dejar sola para acompañar a Nancy? -dijo madre-. ¿Su seguridad es más importante que la mía para tí?

-No voy a tardar -dijo padre.

-¿Vas a dejar a estos chicos desprotegidos con ese negro dando vueltas?

-Yo también voy -dijo Caddy-. Dejame ir, Padre.

-¿Qué haría con ellos? ¿Aún si tuviera la desgracia de hacerles algo? -dijo padre.

-Yo también quiero ir -dijo Jason.

-¡Jason! -dijo madre. Estaba hablándole a padre. Podías darte cuenta por la forma en que decía el nombre. Como si creyera que padre estaba todo el día pensando en hacer aquello que a ella menos le gustaría, como si siempre supiera que luego de un tiempo él descubriría qué hacer. Yo me quedé callado porque padre y yo sabíamos que madre querría que él me obligara quedarme con ella si sólo se le hubiera ocurrido a tiempo. Así que padre no me miró. Yo era el mayor. Tenía nueve, Caddy tenía siete y Jason, cinco.

-Estupideces -dijo padre-. No vamos a tardar.

Nancy tenía puesto su sombrero. Bajamos al camino.

-Jesus siempre fue bueno conmigo -dijo Nancy-. Siempre que tenía dos dólares, uno era mío.

Avanzamos por el camino.

-Si puedo atravesar el camino -dijo Nancy-, voy a estar bien.

El camino siempre estaba oscuro.

-Aquí es donde Jason se asustó en Halloween -dijo Caddy.

-Mentira -dijo Jason.

-¿No puede hacer algo con él la tía Rachel? -dijo padre. La tía Rachel era vieja. Vivía en una cabaña pasando la de Nancy, ella sola. Tenía pelo blanco y fumaba una pipa en la puerta, todo el día; ya no trabajaba. Decían que era la madre de Jesus. A veces decía que sí y otras veces decía que no era pariente de Jesus.

-Sí que te asustaste -dijo Caddy-. Estabas más asustado que Frony. Hasta estabas más asustado que T.P. Más asustado que los negros.

-Nadie puede hacer nada con él -dijo Nancy-. Dice que desperté el demonio en él y hay sólo una cosa que puede volver a dormirlo.

-Bueno, ya se ha ido ahora -dijo padre-. No tienes nada que temer ahora. Si nomás dejaran tranquilos a los blancos.

-¿Dejar a qué blancos tranquilos? -dijo Caddy- ¿Cómo van a dejarlos tranquilos?

-No se fue a ningún lado -dijo Nancy-. Puedo sentirlo. Puedo sentirlo ahora, en este camino. Nos escucha hablar, cada palabra, oculto en algún lado, esperando. No lo ví, no voy a verlo más que una sola vez, con esa navaja en la boca. Esa navaja colgando de su cuello, dentro de su remera. Y entonces ni siquiera voy a sorprenderme.

-No me asusté -dijo Jason.

-Si te hubieras comportado estarías libre de esto -dijo padre-. Pero está bien ahora. Probablemente está en St. Louis ahora. Probablemente consiguió otra mujer ahora y se olvidó de tí.

-Si pasó eso, mejor que no me entere -dijo Nancy-. Me pondría al lado de ellos y cada vez que él la abrazara, le cortaría el bracito. Le cortaría la cabeza y a ella le tajearía la panza y empujaría.

-Callate -dijo padre.

-¿Tajear la panza de quién, Nancy? -dijo Caddy.

-No me asusté -dijo Jason-. Podría ir por este camino yo solo.

-Claro -dijo Caddy-. No te animarías a poner un pie en él si nosotros no estuviéramos acá también.

II

Dilsey seguía enferma, así que acompañamos a Nancy a su casa cada noche hasta que madre dijo:

-¿Cuánto tiempo más va a durar esto? ¿Que me dejen sola en esta casa grande mientras acompañan a su cabaña a una negra asustada?

Pusimos un colchón para Nancy en la cocina. Una noche nos despertamos al oir el ruido. No era un canto y no era un llanto lo que subía por la oscura escalera. Había una luz en la habitación de madre y escuchamos a padre bajando a la sala por la escalera de atrás, y Caddy y yo fuimos al living. El piso estaba frío. Nuestros dedos de los pies se encogían mientras escuchábamos el sonido. Era como un canto y no era como un canto, como los sonidos que hacen los negros.

Entonces se detuvo y escuchamos a padre bajar por la escalera de atrás, y fuimos al borde de la escalera. Entonces volvió a comenzar el sonido, no muy alto, y pudimos ver los ojos de Nancy en el rellano, contra la pared. Parecían como los ojos de un gato, como un gato grande contra la pared, mirándonos. Cuando bajamos los escalones hasta donde estaba ella, otra vez dejó de hacer ese sonido, y nos quedamos ahí parados hasta que padre volvió de la cocina, con su revólver en la mano. Bajó otra vez con Nancy y los dos volvieron con el colchón.

Extendimos el colchón en nuestra habitación. Después de que se apagó la luz en la habitación de madre, pudimos ver los ojos de Nancy otra vez.

-Nancy -susurró Caddy-, ¿estás dormida, Nancy?

Nancy susurró algo. Era “oh” o “no”, no se cuál. Como si nadie lo hubiera dicho, como si viniera de ninguna parte y fuera a ninguna parte, hasta que parecía que Nancy no estaba ahí; que yo había mirado tan fijo sus ojos en la escalera que se habían grabado en los míos, como hace el sol cuando cierras los ojos y ya no hay sol.

-Jesus -susurró Nancy-. Jesus.

-¿Fue Jesus? -dijo Caddy-. ¿Trató de entrar en la cocina?

-Jesus -dijo Nancy. Así: Jeeeeeeeeeeeeeeeesus, hasta que el sonido se apagó, como se apaga un fósforo o una vela.

-Se refiere al otro Jesús -dije.

-¿Puedes vernos, Nancy? -susurró Caddy-. ¿Puedes ver también nuestros ojos?

-No soy más que una negra -dijo Nancy-. Dios sabe. Dios sabe.

-¿Qué viste ahí en la cocina? -susurró Caddy-. ¿Qué fue lo que trató de entrar?

-Dios sabe -dijo Nancy. Podíamos ver sus ojos-. Dios sabe.

Dilsey se curó. Cocinó la cena.

-Mejor te quedas en cama uno o dos días más -dijo padre.

-¿Para qué? -dijo Dilsey-. Si hubiera llegado un día más tarde este lugar se venía abajo. Salga de aquí y déjeme arreglar mi cocina otra vez.

Dilsey cocinó el almuerzo también. Y esa noche, antes de que oscureciera, Nancy entró en la cocina.

-¿Cómo sabes que volvió? -dijo Dilsey-. No lo viste.

-Jesus es un negro -dijo Jason.

-Puedo sentirlo -dijo Nancy-. Puedo sentirlo escondido ahí en la acequia.

-¿Esta noche? -dijo Dilsey-. ¿Está aquí esta noche?

-Dilsey también es una negra -dijo Jason.

-Trata de comer algo -dijo Dilsey.

-No quiero nada -dijo Nancy.

-Yo no soy negro -dijo Jason.

-Toma algo de café -dijo Dilsey. Le sirvió una taza de café a Nancy-. ¿Sabes si anda por acá esta noche? ¿Cómo sabes que está esta noche?

-Lo sé -dijo Nancy-. Está ahí, esperando. Lo sé. He vivido con él demasiado tiempo. Sé lo que se propone antes de que lo sepa él mismo.

-Toma algo de café -dijo Dilsey. Nancy se llevó la taza a la boca y sopló. Su boca se frunció como una víbora desplegada, como una boca de goma, como si se hubiera soplado todo el color de sus labios al soplar el café.

-Yo no soy negro -dijo Jason-. ¿Tu eres negra, Nancy?

-Yo vengo del infierno, chico -dijo Nancy-. Pronto no seré nada. Voy a volver al lugar de donde vine.

III

Empezó a tomar el café. Mientras tomaba, sosteniendo la taza con las dos manos, empezó a hacer ese sonido otra vez. Hacía ese sonido dentro de la taza y el café salpicaba sus manos y su vestido. Sus ojos nos miraban y ella estaba ahí sentada, sus codos sobre las rodillas, sosteniendo la taza con las dos manos, mirándonos a través de la taza húmeda, haciendo ese sonido.

-Miren a Nancy -dijo Jason-. Nancy no puede cocinarnos ahora. Dilsey ya se curó.

-Callate -dijo Dilsey.

Nancy sostenía la taza con las dos manos, mirándonos, haciendo ese sonido, como si fuera dos personas: una que nos miraba y la otra que hacía ese sonido.

-¿Por qué no dejaste que el Sr. Jason llamara a la policía? -dijo Dilsey.

Entonces Nancy se detuvo, sosteniendo la taza con sus manos grandes y marrones. Trató de volver a tomar algo de café, pero se volcó sobre sus manos y su vestido, y dejó la taza en la mesa. Jason la miraba.

-No puedo tragarlo -dijo Nancy-. Yo trago, pero no me entra.

-Ve a la cabaña -dijo Dilsey-. Frony te va a poner un colchón y yo voy a ir enseguida.

-Ningún negro lo va a detener -dijo Nancy.

-Yo no soy negro -dijo Jason-. ¿Lo soy, Dilsey?

-Supongo que no -dijo Dilsey. Miró a Nancy-. No lo creo. ¿Qué vas a hacer, entonces?

Nancy nos miró. Sus ojos se movían rápido, como si temiera que le faltara tiempo para mirar, casi sin moverse. Nos miró, a los tres al mismo tiempo. “¿Se acuerdan de la vez que me quedé en su cuarto?”, dijo. Nos contó cómo nos despertamos temprano esa mañana y jugamos. Teníamos que jugar en silencio, en su colchón, hasta que padre se despertó y llegó la hora de hacer el desayuno.

-Vayan y pídanle a su mamá que me deje quedarme esta noche -dijo Nancy-. No voy a necesitar ningún colchón. Podemos jugar un rato más.

Caddy le pidió a madre. Jason también fue. “No puedo tener a negros durmiendo en las habitaciones”, dijo madre. Jason lloró. Lloró hasta que madre dijo que no podríamos comer postre por tres días si no dejaba de llorar. Entonces Jason dijo que dejaría de llorar si Dilsey hacía una torta de chocolate. Padre estaba ahí.

-¿Por qué no haces algo al respecto? -dijo madre-. ¿Para qué tenemos policías?

-¿Por qué Nancy le tiene miedo a Jesus? -dijo Caddy-. ¿Tú le tienes miedo a padre, madre?

-¿Qué puede hacer la policía? -dijo padre-. Si Nancy no lo ha visto, ¿cómo podría encontrarlo la policía?

-¿Entonces por qué tiene miedo? -dijo madre.

-Dice que está ahí. Dice que sabe que está ahí esta noche.

-Y aún así pagamos los impuestos -dijo madre-. Tengo que esperar sola en esta casa mientra acompañas a una negra a su cabaña.

-Sabes que no ando afuera con una navaja -dijo padre.

-Voy a dejar de llorar si Dilsey hace una torta de chocolate -dijo Jason. Madre nos dijo que saliéramos de la habitación y padre dijo que no sabía si Jason iba a conseguir su torta de chocolate o no, pero sí sabía lo que Jason iba a conseguir en un minuto. Volvimos a la cocina y le dijimos a Nancy.

-Padre dijo que vayas a tu casa y trabes la puerta, y vas a estar bien -dijo Caddy-. ¿Bien por qué, Nancy? ¿Jesus está enojado contigo?

Nancy sostenía la taza de café otra vez con sus manos, sus codos en las rodillas y sus manos sosteniendo la taza entre sus rodillas. Miraba dentro de la taza. “¿Qué hiciste que hizo enojar a Jesus?”, dijo Caddy. Nancy soltó la taza. No se rompió en el suelo, pero el café se volcó y Nancy se quedó ahí sentada con sus manos todavía con la forma de la taza. Empezó a hacer ese sonido otra vez, no muy alto. No cantando y no sin cantar. Nosotros la mirábamos.

-Toma -dijo Dilsey-. Deja eso, ahora. Tranquilizate. Espera acá. Voy a traer a Versh para que te acompañe a tu casa.

Dilsey salió.

Miramos a Nancy. Sus hombros seguían temblando, pero había dejado de hacer ese sonido. La miramos.

-¿Qué va a hacerte Jesus? -dijo Caddy- Él se fue.

Nancy nos miraba.

-Nos divertimos esa noche que me quedé en su habitación, ¿no?

-Yo no -dijo Jason-. Yo no me divertí nada.

-Tú dormías en el cuarto de madre -dijo Caddy-. No estabas ahí.

-Vayamos a mi casa y divirtámonos -dijo Nancy.

-Madre no nos va a dejar -dije-. Ya es muy tarde.

-No la molestes -dijo Nancy-. Podemos decirle en la mañana. No le va a importar.

-No nos dejaría -dije.

-No le preguntes ahora -dijo Nancy-. No la molestes ahora.

-No dijo que no podíamos ir -dijo Caddy.

-No preguntamos -dije.

-Si vas, lo voy a decir -dijo Jason.

-Nos vamos a divertir -dijo Nancy-. No les va a importar, sólo a mi casa. Trabajé para ustedes mucho tiempo. No les va a importar.

-Yo no tengo miedo de ir -dijo Caddy-. Jason es el que tiene miedo. Va a decirlo.

-Mentira -dijo Jason.

-Sí, tienes miedo -dijo Caddy-. Vas a decirlo.

-No voy a decirlo -dijo Jason-. No tengo miedo.

-Jason no tiene miedo de venir conmigo -dijo Nancy-. ¿No es cierto, Jason?

-Jason va a decirlo -dijo Caddy. El camino estaba oscuro. Atravesamos la verja del pastizal-. Seguro que si algo saltara por atrás de la verja, Jason gritaría.

-Mentira -dijo Jason. Íbamos por el camino. Nancy hablaba alto.

-¿Por qué hablas tan alto, Nancy? -dijo Caddy.

-¿Quién? ¿Yo? -dijo Nancy-. Mira a Quentin y a Caddy y a Jason diciendo que hablo alto.

-Hablas como si hubiera cinco personas acá -dijo Caddy-. Hablas como si padre estuviera acá también.

-¿Quién? ¿Yo hablo fuerte, Sr. Jason? -dijo Nancy.

-Nancy llamó “señor” a Jason -dijo Caddy.

-Escucha cómo hablan Caddy y Quentin y Jason -dijo Nancy.

-No estamos hablando alto -dijo Caddy-. Tú eres la que hablas como padre.

-Cállese -dijo Nancy-, cállese Sr. Jason.

-Nancy llamó “señor” a Jason otr…

-Cállese -dijo Nancy. Hablaba alto cuando cruzamos la acequia y nos agachamos para atravesar el cerco dónde ella solía agacharse con la ropa sobre su cabeza. Entonces llegamos a su casa. Í�bamos rápido, entonces. Abrió la puerta. El olor de la casa era como la lámpara y el olor de Nancy era como la mecha, como si estuvieran esperándose el uno al otro para empezar a echar olor. Encendió la lámpara y cerró la puerta y la trabó. Entonces dejó de hablar alto y nos miró.

-¿Qué vamos a hacer? -dijo Caddy.

-¿Qué quieren hacer? -dijo Nancy.

-Dijiste que nos íbamos a divertir -dijo Caddy.

Había algo en la casa de Nancy; algo que podías oler además de Nancy y de la casa. Hasta Jason lo notó.

-No quiero quedarme acá -dijo él-. Quiero irme a casa.

-Ve a casa, entonces -dijo Caddy.

-No quiero ir solo -dijo Jason.

-Vamos a divertirnos un poco -dijo Nancy.

-¿Cómo? -dijo Caddy.

Nancy estaba cerca de la puerta. Nos miraba, sólo que parecía como si sus ojos se hubieran vaciado, como si hubiera dejado de usarlos.

-¿Qué quieren hacer? -dijo.

-Cuentanos una historia -dijo Caddy-. ¿Puedes contarnos una historia?

-Sí -dijo Nancy.

-Cuentala -dijo Caddy. Miramos a Nancy-. No sabes ninguna historia.

-Sí -dijo Nancy-. Sí que sé.

Vino y se sentó en una silla delante del hogar. Había un poco de fuego. Nancy lo avivó, aunque ya hacía calor adentro. Armó una buena fogata. Contó una historia. Hablaba como si sus ojos vieran, como si sus ojos que nos miraban y su voz que nos hablaba no le pertenecieran. Como si estuviera viviendo en otra parte, esperando en otra parte. Ella estaba fuera de la cabaña. Su voz estaba adentro y también su forma, la Nancy que podía agacharse bajo el cerco de alambres de púa con un fajo de ropa sobre su cabeza como si no pesara nada, como si fuera un globo, estaba ahí. Pero eso era todo.

-Y entonces esta reina caminó hasta la acequia, donde ese hombre malo estaba esperando. Ella caminaba a la acequia y decía ‘Si sólo pudiera atravesar esta acequia’, era lo que decía…

-¿Qué acequia? -dijo Caddy-. ¿Una acequia como la que está ahí afuera? ¿Por qué una reina querría ir a esa acequia?

-Para llegar a su casa -dijo Nancy. Nos miraba-. Tenía que cruzar la acequia para llegar rápido a su casa y trabar la puerta.

-¿Por qué quería ir a su casa y trabar la puerta? -dijo Caddy.

IV

Nancy nos miró. Dejó de hablar. Nos miró. Las piernas de Jason sobresalían de sus pantalones, sentado en el regazo de Nancy.

-No me gusta esa historia -dijo-. Quiero ir a casa.

-Quizás sería mejor -dijo Caddy. Se levantó del piso-. Seguro nos están buscando ahora.

Fue a la puerta.

-No -dijo Nancy-. No la abras.

Se levantó rápido y se adelantó a Caddy. No tocó la puerta, la tranca de madera.

-¿Por qué no? -dijo Caddy.

-Vuelve a la lámpara -dijo Nancy-. Nos vamos a divertir. No tienes que irte.

-Tenemos que irnos -dijo Caddy-. Salvo que nos divirtamos mucho.

Ella y Nancy volvieron al fuego, a la lámpara.

-Quiero ir a casa -dijo Jason-. Voy a decirlo.

-Conozco otra historia -dijo Nancy. Se puso cerca de la lámpara. Miró a Caddy, como cuando tus ojos miran un palito que se balancea en tu nariz. Tenía que mirar hacia abajo para ver a Caddy, pero sus ojos miraban así, como cuando estás balanceando un palito.

-No voy a escucharla -dijo Jason-. Voy a dar patadas en el suelo.

-Es buena -dijo Nancy-. Es mejor que la otra.

-¿Sobre qué es? -dijo Caddy. Nancy estaba parada cerca de la lámpara. Su mano estaba en la lámpara, a contraluz, grande y marrón.

-Tu mano está en ese globo caliente -dijo Caddy-. ¿No te quemas la mano?

Nancy miró su mano en la lámpara de la chimenea. Alejó su mano, lentamente. Se quedó ahí parada, mirando a Caddy, sacudiendo su mano grande como si estuviera atada a la muñeca con un piolín.

-Hagamos otra cosa -dijo Caddy.

-Quiero ir a casa -dijo Jason.

-Tengo pochoclo -dijo Nancy. Miró a Caddy y después a Jason y después a mí y después otra vez a Caddy-. Tengo pochoclo.

-No me gusta el pochoclo -dijo Jason-. Prefiero caramelos.

Nancy miró a Jason.

-Puedes sostener el cacharro.

Seguía sacudiendo la mano; era grande y floja y marrón.

-Está bien -dijo Jason-. Me quedo un rato si puedo hacer eso. Caddy no puede sostenerlo. Voy a querer volver a casa otra vez si Caddy sostiene el cacharro.

Nancy avivó el fuego.

-Miren a Nancy poniendo sus manos en el fuego -dijo Caddy-. ¿Qué te pasa, Nancy?

-Tengo pochoclo -dijo Nancy-. Tengo un poco.

Sacó el cacharro de abajo de la cama. Estaba roto. Jason empezó a llorar.

-Ahora no podemos hacer pochoclo -dijo.

-Igual tenemos que ir a casa -dijo Caddy-. Vamos, Quentin.

-Espera -dijo Nancy-; espera. Puedo arreglarlo. ¿Quieren ayudarme a arreglarlo?

-Creo que no quiero nada -dijo Caddy-. Es muy tarde ya.

-Ayúdame tú, Jason -dijo Nancy-. ¿No quieres ayudarme?

-No -dijo Jason-. Quiero ir a casa.

-Cállate -dijo Nancy-; cállate. Mira. Mírame. Puedo arreglarlo así Jason lo puede sostener y hacer el pochoclo.

Encontró un pedazo de alambre y arregló el cacharro.

-No se va a sostener bien -dijo Caddy.

-Sí, se va sostener -dijo Nancy-. Vas a ver. Me vas a ayudar a pelar el maíz.

El maíz estaba también bajo la cama. Lo pelamos en el cacharro y Nancy ayudó a Jason a sostener el cacharro sobre el fuego.

-No está explotando -dijo Jason-. Quiero ir a casa.

-Espera -dijo Nancy-. Ya va a empezar a explotar. Entonces nos vamos a divertir.

Estaba sentada cerca del fuego. La lámpara estaba tan fuerte que empezaba a echar humo.

-¿Por qué no la bajas un poco? -dije.

-Está bien -dijo Nancy-. La voy a limpiar. Espera. El pochoclo se va a empezar a hacer en un minuto.

-No creo que vaya a empezar -dijo Caddy-. Igual tenemos que ir a casa. Deben estar preocupados.

-No -dijo Nancy-. Ya va a explotar. Dilsey les va a decir que están conmigo. Trabajé para ustedes mucho tiempo. No les va a molestar que estén en mi casa. Ahora espera. Va a empezar a explotar en cualquier momento.

Entonces a Jason le entró humo en los ojos y empezó a llorar. Dejó caer el cacharro sobre el fuego. Nancy agarró un trapo húmedo y lo pasó por la cara de Jason, pero él no dejó de llorar.

-Cálmate -dijo-. Cálmate.

Pero él no se calmó. Caddy sacó el cacharro del fuego.

-Está quemado -dijo-. Vas a tener que traer más maíz, Nancy.

-¿Pusiste todo en el cacharro? -dijo Nancy.

-Sí -dijo Caddy. Nancy miró a Caddy. Entonces tomó el cacharro, le sacó la tapa y volcó la ceniza en su delantal y empezó a clasificar los granos, sus manos grandes y marrones, y nosotros la mirábamos.

-¿No tienes más? -dijo Caddy.

-Sí -dijo Nancy-; sí. Mira. Este de acá no está quemado. Todo lo que tenemos que hacer es…

-Quiero ir a casa -dijo Jason-. Voy a decirlo.

-Cállate -dijo Caddy. Todos escuchamos. La cabeza de Nancy ya estaba vuelta hacia la puerta trabada, sus ojos llenos por la luz roja de la lámpara.

-Alguien viene -dijo Caddy.

Entonces Nancy empezó a hacer ese sonido otra vez, no muy alto, sentada ahí sobre el fuego, sus manos grandes colgando entre sus rodillas; de repente empezó a salirle agua de la cara en grandes gotas, bajaban por su cara llevando cada una una pequeña bola de luz de la lámpara como un destello hasta que caían por su mentón.

-No está llorando -dije.

-No estoy llorando -dijo Nancy. Sus ojos estaban cerrados-. No estoy llorando. ¿Quién es?

-No lo sé -dijo Caddy. Fue a la puerta y miró hacia afuera.

-Tenemos que irnos -dijo-. Está viniendo padre.

-Voy a decirlo -dijo Jason-. Tú me hiciste venir.

El agua seguía corriendo por la cara de Nancy. Se dio vuelta en su silla.

-Escuchen. Díganle. Díganle que vamos a divertirnos. Díganle que los voy a cuidar bien hasta la mañana. Díganle que me deje ir a casa con ustedes y dormir en el suelo. Díganle que no necesito colchón. Nos vamos a divertir. ¿Recuerdan la última vez cómo nos divertimos?

-Yo no me divertí -dijo Jason-. Me lastimaste. Me llenaste los ojos de humo. Voy a decirlo.

V

Padre entró. Nos miró. Nancy no se levantó.

-Díganle -dijo.

-Caddy nos obligó a venir -dijo Jason-. Yo no quería.

Padre se acercó al fuego. Nancy lo miró.

-¿No puedes ir a lo de la tía Rachel y quedarte allí? -dijo.

Nancy miró a padre, con las manos entre las rodillas.

-No está acá -dijo padre-. Lo habría visto. No hay un alma a la vista.

-Está en la acequia -dijo Nancy-. Está esperando allá en la acequia.

-Estupideces -dijo padre. Miró a Nancy-. ¿Sabes que está ahí?

-Recibí la señal -dijo Nancy-

-¿Qué señal?

-La recibí. Estaba en la mesa cuando entré. Un hueso de cerdo, con algo de carne sangrienta todavía, cerca de la lámpara. Está ahí afuera. Cuando usted salga por esa puerta, yo me habré ido.

-¿Adónde te vas a ir, Nancy? -dijo Caddy.

-No soy un chismoso -dijo Jason.

-Estupideces -dijo padre.

-Está ahí afuera -dijo Nancy-. Está mirando por esa ventana ahora mismo, esperando que usted se vaya. Entonces me habré ido yo.

-Estupideces -dijo padre-. Cierra la casa y te vamos a llevar a lo de tía Rachel.

-Eso no será bueno -dijo Nancy. No miraba a padre ahora, pero él la miraba, miraba sus manos que se movían grandes y flojas-. Posponerlo no será bueno.

-¿Entonces qué quieres hacer? -dijo padre.

-No lo sé -dijo Nancy-. No puedo hacer nada. Sólo posponerlo. Y eso no será bueno. Supongo que me pertenece. Supongo que lo que voy a recibir no es más que mío.

-¿Recibir qué? -dijo Caddy-. ¿Qué es tuyo?

-Nada -dijo padre-. Tienen que ir a la cama.

-Caddy me obligó a venir -dijo Jason.

-Ve a lo de la tía Rachel -dijo padre.

-No será bueno -dijo Nancy. Se sentó delante del fuego, sus codos en las rodillas, sus grandes manos entre las rodillas-. Cuando ni siquiera la cocina de ustedes servirá de nada. Cuando ni aunque durmiera en el suelo en la habitación con sus chicos, y en la mañana siguiente allí estoy, y sangre…

-Cállate -dijo padre-. Traba la puerta, apaga la lámpara y ve a la cama.

-Le tengo miedo a la oscuridad -dijo Nancy-. Tengo miedo que ocurra en la oscuridad.

-¿Quieres decir que te vas a quedar ahí sentada con la lámpara encendida? -dijo padre. Entonces Nancy empezó a hacer ese sonido otra vez, sentada delante del fuego, sus manos grandes entre las rodillas.

-Ah, maldición -dijo padre-. Vengan, chicos. Ya pasó la hora de acostarse.

-Cuando se vaya a casa, yo me habré ido -dijo Nancy. Hablaba más despacio ahora, y su rostro parecía tranquilo, como sus manos-. Igual ya tengo ahorrada la plata para mi ataúd con el Sr. Lovelady

El Sr. Lovelady era un hombrecito bajo, sucio, que recolectaba el seguro de los negros, yendo por las cabañas o las cocinas todos los sábados a la mañana, pidiendo quince centavos. Él y su mujer vivían en el hotel. Una mañana su mujer se suicidó. Tenían una hija, una nena. Él y la nena se fueron. Después de una semana o dos volvió solo. Lo veíamos recorriendo los caminos y las calles traseras los sábados a la mañana.

-Estupideces -dijo padre-. Tú vas a ser lo primero que vea en la cocina mañana a la mañana.

-Verá lo que verá, supongo -dijo Nancy-. Pero sólo el Señor dirá qué será eso.

VI

La dejamos sentada frente al fuego.

-Ven a levantar la tranca -dijo padre. Pero ella no se movió. No volvió a mirarnos, sentada ahí en silencio entre la lámpara y el fuego. Desde cierta distancia, por el camino, podíamos voltearnos y verla a través de la puerta abierta.

-¿Qué, Padre? -dijo Caddy-. ¿Qué va a pasar?

-Nada -dijo padre. Jason estaba subido en la espalda de padre, así que era el más alto de todos. Pasamos por la acequia. La miré, en silencio. No podía ver mucho ahí donde se enredaban la luz de la luna con las sombras.

-Si Jesus se ocultara acá podría vernos, ¿no? -dijo Caddy.

-No está acá -dijo padre-. Se fue hace mucho.

-Tú me obligaste a venir -dijo Jason, alto; contra el cielo parecía como si padre tuviera dos cabezas, una pequeña y otra grande-. Yo no quería.

Atravesamos la acequia. Todavía podíamos ver la casa de Nancy y la puerta abierta, pero ya no podíamos ver a Nancy, sentada delante del fuego con la puerta abierta, porque estaba cansada.

-Me cansé de estar cansada -dijo-. Sólo soy una negra. No es mi culpa.

Pero podíamos oirla, porque empezó justo después que atravesamos la acequia, ese sonido que no era un canto y tampoco dejaba de serlo.

-¿Quién nos va a lavar la ropa ahora, Padre? -dije.

-No soy un negro -dijo Jason, alto y cerca de la cabeza de padre.

-Eres peor -dijo Caddy-, eres un chismoso. Si algo apareciera, te asustarías más que un negro.

-Mentira -dijo Jason.

-Llorarías -dijo Caddy.

-Caddy -dijo padre.

-¡Mentira! -dijo Jason.

-Cobarde -dijo Caddy.

-¡Candace! -dijo padre.

(c) 1931, por William Faulkner
Traducido por Diego Papic