Salí del shopping Abasto, bajé las escaleras que dan a la calle Agüero, y un judío ortodoxo me preguntó:
-¿Sos judío?
-Si -atiné a contestarle. Ahí vi que estaba con otros dos tipos de barba y sombrero.
-¿Querés rezar una brajá?
Lo miré de pies a cabeza. En una mano sostenía una especie de ramita, y en la otra una especie de limón.
-Mirá, no soy religioso.
-No importa, con más razón -me dijo y me dio la rama-. Repetí conmigo.
-¡La kipá! -se acercó presuroso otro, y me puso de prepo el gorrito.
-Baruj…
“¡Qué garrón!”, pensé yo. “Ya no tengo escapatoria. No se puede abortar una oración, es como abrir la puerta con el ascensor en movimiento, como apagar la computadora sin apagar el Windows.”
-Baruj… -repetí.
-Atá…
-Si, si. Baruj atá adonai… -dije yo, indicándole con la ramita que se apure.
Terminamos el rezo, me dijo que agarre la especie de limón con la otra mano, me ponga ambas manos cerca del corazón, y piense un deseo. Ahí se me iluminaron los ojos. Si me decía que la cosa venía con deseo, yo agarraba viaje de entrada.
Pedí mi deseo (no fue “la paz mundial”) y le dije a mi nuevo amigo:
-¿Si no se cumple a quién le reclamo?
El tipo me contestó con una carcajada, me dio unos folletos y se alejó.