Cupido motorizado

Antes que nada: espíritus sensibles, abstenerse. Éste es un post de muy mal gusto, pero totalmente verídico, cosa que vendría a confirmar que la vida es de mal gusto.

Ésto por suerte no me pasó a mí, sino a un amigo que se llama Agustín.

Él laburaba haciendo service de PC a domicilio y un día la directora de una especie de escuela para ciegos adonde él arreglaba compus cada tanto, le avisó que lo llamaría una señora para requerir sus servicios. “Mirá que es especial”, aclaró.

Lo llama la señora, voz gangosa, Agustín pensó “bueno, es gangosa, no es taaaaan terrible como para referirse a ella como ‘especial’”. Concertan cita para el día siguiente a la tarde. La señora no le dice cuál es el problema con la computadora.

Al día siguiente llega a la casa, toca timbre, atiende una señora absolutamente normal (¡era normal!) que le dice: “Acompáñeme que lo llevo a dónde está la señora”.

Van por un pasillo y llegan al living en donde lo espera la señora: silla de ruedas y, digamos, chiquitita. Hemipléjica, bah. Por eso era gangosa.

Agustín se entra a poner nervioso, y la señora le explica el problema. Sucedía que lo que no funcionaba era el programa de reconocimiento de voz para discapacitados. O sea: vos le dictabas algo, y el programita lo reconocía y lo escribía. Pero funcionaba mal.

Agustín le dice: “A ver, diga algo”. La señora dice “probando, probando”, pero con mucha dificultad, muy mal dicho, gangosamente. En la pantalla aparece: “eiu$%$*FFF”. Agustín capta el problema: la señora habla muy mal, el programa jamás va a reconocerle la voz. Pero tampoco sabe cómo darle la noticia: “señora, usted está tan hecha mierda que ni un programa de reconocimiento de voz le va a servir. Suicídese.” No daba.

Entonces, como manotazo de ahogado, toca unos seteos del programa como para que sea menos preciso y se banque más la voz peculiar de la señora. Otra prueba, nada. Prueba Agustín, sale perfecto.

La señora entiende y dice: “qué raro, porque este programa me lo pasó un amigo… pobre, el es cuadripléjico.” Y Agustín, sin saber qué decir, dice: “Uy, qué bajón”.

Encima no le arregló el problema, le cobró treinta pesos y, cuando se iba, palmeó en el hombro a la enfermera y le dijo “suerte”, como diciendo “es impiloteable lo suyo”.

Después, en lugar de ser dominado por la culpa, contó la anécdota una y mil veces ante un auditorio que invariablemente se cagaba de la risa (me incluyo, claro).

Si Agustín no va al Infierno, el Infierno no existe, o el método de selección para acceder a él es muy poco claro.