Arden las necrológicas

El otro día estaba escuchando Basta de Todo, en la Metro, y me reí mucho con un separador de El Parquímetro en el que Milagritos López relataba un gol (tardé en escribir este post porque lo estuve buscando, pero no lo encontré; cuando lo encuentre, si esto ocurre, lo subo). Entonces pensé: “Qué boludo Peña. Qué groso que es con sus personajes, pero qué pena que haya caído en la tentación de transformarse en un tipo mediático, y que se haya sentido obligado a hacer cosas para las que no es tan groso, como escribir obras de teatro malísimas, u opinar sobre política como podría hacerlo Marcos Aguinis, o sea de forma contraria a la ‘transgresión’ que uno esperaría de él.”

Me acuerdo de cuando escuchaba a Milagros y a Porelorti con Lalo Mir y no podría creer que fueran la misma persona. Y me acuerdo de un programa de La Biblia y el Calefón del año ’97 o ’98 en el que estuvieron invitados Peperino Pómoro y otros tres personajes caracterizados, al que Fernando Peña no quiso ir porque prefería que la gente no conociera a la persona detrás de Milagros López (lo contó Guinzburg en El Ventilador, otro inolvidable programa de radio, y creo que ahí fue la primera vez que escuché hablar de un tal Peña).

Qué lejos está ese Peña de este que se murió ayer, en pleno rodaje de un reality sobre su quimio, que deambulaba por programas pedorros con su caniche toy en la cartera, haciendo el ridículo ante Luis D’Elía.

Cuando se murió Alfonsín alguien en Facebook (el nuevo santuario necrológico) escribió “Murió Alfonso. Prefiero recordarlo por lo bueno y no por lo malo.” Me pareció un lindo comentario aunque no sé si lo comparto cuando el sujeto es un político. Para el resto de la humanidad, y especialmente para los artistas, esa afirmación es sana e indiscutible.

Prefiero recordar a Peña por lo que mejor hacía, quizás por lo único que hacía bien (que no es poco, porque en eso era verdaderamente genial). Lástima que no se murió dos meses antes.