Frankie (17 años)

Horace se levantó con diligencia.

-Vamos, Frankie -dijo-. Tú y yo contra ellos.

La chica lo miró.

-No soy gran cosa -dijo ella tranquilamente-. Espero que no se enoje.

-¿Por qué? ¿Porque quizá nos ganen? -se acercaron juntos hacia la pista, donde los dos jugadores estaban cambiando de lado-. ¿Sabes cuál es la más grata sensación de todas?

Su cabello liso de color de miel quedaba a la altura del hombro de Horace. Es el vestido lo que hace que sus brazos y sus manos parezcan tan morenas, pensó él. Pequeña. No recordaba en absoluto cómo era dieciséis meses antes, cuando él se fue. ¡Crecen tan rápido a partir de cierta edad! Si me vuelvo a marchar lo más probable es que cuando vuelva la encuentre ya con un hijo.

-¿La buena música? -sugirió ella, sin convicción, al cabo de un rato.

-No. La de acabar un día y poder decirse a uno mismo: He aquí una jornada durante la cual no he conseguido nada, no he hecho daño a nadie y lo he pasado estupendamente. ¿Cómo son esos versos? “Considera perdido el día en el que al ocultarse el sol…” De todas formas, es exactamente al revés.

-No me acuerdo. Creo que me lo enseñaron en el colegio -contestó ella, indiferente-. Pero se me ha olvidado. ¿Le parece que me dejarán jugar? No lo hago demasiado bien -repitió.

-Claro que te dejarán -le aseguró Horace. Y en seguida estuvieron listos: los dos jugadores, el cajero del gran almacén local y un joven que había sido expulsado recientemente de la universidad del estado por gastar una broma (se llevó la linterna roja de la barrera junto a unas obras en la calle y la colgó sobre la puerta de la residencia de las chicas), contra Horace y Frankie. Horace era un tenista excepcional, velocísimo y brillante. Alguien que conociera bien el juego y tuviera paciencia y sangre fría podría haberlo derrotado sin dificultad capitalizando sobre sus errores. Pero no aquellos dos. La pelota iba y venía varias veces en cada punto pero normalmente Horace lograba imponerse mediante golpes o una estrategia tan audaz como para ocultar los defectos de sus presupuestos tácticos.

Mientras tanto, podía contemplar a su compañera; su tenso afán, su absoluta determinación de no serle fastidiosa, su torpe gracia virginal. Jugando desde atrás Horace desconcertaba a sus oponentes con una técnica distante e impersonal, manteniendo cada punto en suspenso y jugando con la pelota hasta poner en movimiento el tenso cuerpo juvenil de su compañera como podría haber tirado de los hilos de una marioneta. Frankie corría con torpeza y esto les costó puntos, pero desde la zona de atrás Horace rectificaba sus errores cuando podía, disfrutando con las mínimas redondeces que aparecían bajo su vestido debido a los movimientos de brazos y piernas, contemplando la tensa revelación de su cuerpo acelerado con una especie de éxtasis. Muchacha en blanco y tus pequeños… Oh. Rosados, no. Por un momento pensé que había dicho no. Vergonzoso, lo llamaría su mamá. Y cualquier otra mujer de más edad. Los de Belle son rosados. “Tallo de avena sobre la lira”, canturreó Horace, cazando la pelota que venía ya muy baja, devolviéndola con un golpe muy largo de la raqueta y contemplando después cómo daba un rebote suave más allá de la red. Tallo de avena sobre la lira. Y Belle como un gesto en forma de arpa, sin sonido. Piano, quizá. Acordes mezclados de todas formas. ¿Sin castidad? Experta, más bien. Expertamente hastiada. Hastiadamente experta. Piano, sí. Fuga. Fuga por descontento. Oh, luna, pudriéndote demasiado tiempo en cuarto menguante.

Último punto. Juego y set. Frankie lo ganó con torpe furia; se dio la vuelta junto a la red y se quedó parada con la raqueta baja mientras él se acercaba. Por debajo de sus lisos cabellos color miel estaba empezando a sudar.

-He estado descolocada todo el tiempo -explicó-, pero usted no me ha gritado nunca. ¿Qué tendría que hacer para evitarlo?

-Tendrías que correr por las colinas con una camisa harapienta cuando brille la luna nueva -le dijo Horace-. Con una cadena en los tobillos, por supuesto. Pero una cadena floja. No, bajo la luna no; al amanecer cuando se toca la flauta. Verde y oro y quizá un poco de rosado. ¿Te atreverías con un poco de color rosa? -ella lo contemplaba, seria y curiosa, mientras él permanecía delante con sus pantalones de franela, su rostro inteligente y pálido y su pelo revuelto-. No -Horace se corrigió de nuevo-. Sobre la arena. Arena descolorida, con ondulaciones muertas. Fantasmas de movimientos muertos dejados por las olas sobre la arena. ¿Sabes lo frío que puede estar el mar antes del amanecer cuando baja la marea? Como tumbarse en un mundo muerto, sobre las respiraciones muertas de la tierra. Es demasiado grande para morir de una vez. Como los elefantes… ¿Cuántos años tienes?

De repente sus ojos se volvieron reservados y miró en otra dirección.

Banderas sobre el polvo, William Faulkner, 1929