Réquiem por Faulkner

Una semana después de la muerte de William Faulkner salió publicado en Marcha un obituario escrito nada menos que por Juan Carlos Onetti, su émulo, su admirador, su mejor discípulo.

El uruguayo escribió:

“Hace algunos años Malcolm Cowley, uno de los críticos literarios más inteligentes y amenos de U.S.A., reporteó a otro difunto que merecía –y lograba– mayor difusión e interés que el muerto del 6 de julio. Se llamaba Hemingway, había cazado elefantes, osos y leones, se había casado varias veces, inventó el Martini Montgomery –15 contra uno– y también una extraordinaria novela: Adiós a las armas.

Cowley preparó el terreno y dijo finalmente –’¿Cuál es el novelista norteamericano más importante de nuestra época?’

Hemingway rió unos segundos y mezcló el contenido de las cantimploras que cargaba en el cinturón.

–No puede discutirse, no puede preguntarse. Lejos, muy adelante de todos nosotros, está Faulkner. Yo dejaría gustoso de escribir si me dieran, en cambio, la tarea de administrarlo, de decirle basta y ser obedecido. Porque Faulkner no es perfecto, precisamente por eso. Por continuar trabajando cuando está cansado y borracho, cuando el mundo ha desaparecido y ya no puede saberse si la noche se mantiene protectora –para él– o la mañana llegó para todos los hombres, para el trabajo inquerido, para las preocupaciones no buscadas. Pero si yo pudiera dirigirlo…

Hemingway no tenía aún el premio Nobel. Estamos escribiendo de memoria, sin originales para copiar o traducir. Tal vez por eso, y sin querer, estamos mejorando su estilo.”

Roth sobre Kirchner

“Mientras lo escuchaba, me preguntaba si Jerry habría opinado lo mismo del Sueco cuando éste vivía, si no habría corregido un poco su punto de vista tras la muerte, sintiendo remordimientos por la severidad, más propia de él, con que podría haber considerado antes a su guapo hermano mayor, digno de confianza, bien adaptado, tranquilo, normal, alguien a quien todo el mundo miraba, el héroe del barrio con quien el Levov menor había sido comparado sin cesar mientras evolucionaba y se convertía más bien en un sucedáneo Este juicio de Jerry sobre el Sueco, amablemente acrítico, era con toda probabilidad muy reciente, una compasión nacida pocas horas antes. Es algo que sucede cuando muere la gente: la discusión desaparece con ellos, y personas tan llenas de defectos mientras respiraban que a veces eran casi insoportables ahora se muestran de la manera más encantadora, y lo que menos te gustaba anteayer se convierte, en la limusina detrás del coche fúnebre, en una causa no sólo de regocijo solidario sino incluso de admiración. En cuál de estas estimaciones radica la realidad más amplia (la que no es caritativa y se nos permite antes del funeral, forjada, sin paparruchadas, en la escaramuza de la vida cotidiana, o la que nos llena de tristeza en la reunión familiar posterior) ni siquiera puede determinarlo una persona independiente Ver un ataúd que desciende a la fosa puede obrar un gran cambio en los sentimientos (de repente descubres que no estás tan decepcionado con esa persona que ha muerto), pero ignoro lo que la visión de un ataúd obra en la mente que busca la verdad.”

Pastoral Americana, Philip Roth, 1997