Néstor

La muerte de Néstor Kirchner me sorprendió en Madrid. Ya en la recta final de mi viaje, cuando Buenos Aires deja de ser en mi recuerdo esa ciudad caótica e inhóspita, demasiado grande y demasiado conocida; cuando la empiezo a recordar hermosa, animada, repleta de amigos. Pocas cosas más agradables que extrañar lo que sabés que vas a volver a ver. Extrañar durante quince días y, mientras dura esa añoranza placentera, disfrutar de los últimos cartuchos que tenga Madrid para ofrecerme. Después, huir del otoño europeo hacia mi casa, en plena primavera.

Pero de pronto se muere Néstor Kirchner y la basílica de San Francisco se me borronea en el paisaje y los bares de La Latina quedan en silencio. Lo único real es mi notebook, una ventana hacia el otro continente. Yo estoy preso en Madrid y se me permite ver el afuera, que es Buenos Aires, a través de un rectángulo de plasma. Estar acompañado por twitter -una fiesta de fantasmas-, por las radios, por los blogs, por los canales de televisión, pero fundamentalmente solo, rodeado de hinchas del Real Madrid y de votantes del PP que no entienden nada, me obliga a pensar, me obliga a interrogarme acerca de qué es lo que siento, qué es lo que me pasa. Si hubiera estado en Buenos Aires, la marejada me habría arrastrado a la Casa Rosada y me habría contagiado del sentir de todos. Quién te dice, hasta me habría hecho kirchnerista al menos por unos días. Pero estoy acá, encerrado y solo, mirando a Cristina acariciando un cajón, triste y pixelada.

Entonces me pregunto por qué no soy kirchnerista. Y me lo tengo que preguntar porque hoy resulta absurdo no serlo. Es decir: para cualquier persona de izquierda hoy 28 de octubre resulta absurdo no ser kirchnerista. Casi un capricho, un acto de soberbia, un ejercicio de cinismo. ¿Quién soy yo para discutirle a esa multitud? ¿Cuán ridículo resulto si me pongo un bigote imperial y con voz afrancesada invoco a Lázaro Báez y a la burocracia sindical? Y eso que hace una semana esa burocracia se cargó a un pibe, pero igual: ¿qué sentido tiene plantear que Néstor Kirchner, el que está en ese cajón cubierto con pañuelos de las Madres, se vio beneficiado económicamente durante la dictadura?

Hoy no tiene ningún sentido. Hoy todo lo negativo que tiene el kirchnerismo son salvedades, notas al pie, ripios, detalles. Hoy el bosque tapa el árbol. En unos días, cuando se termine el duelo y Cristina retome las riendas del Gobierno, voy a volver a mi sana costumbre de hinchar las pelotas y de molestar a mis amigos kirchneristas diciéndoles las cosas que no quieren escuchar -pero sin el bigote imperial ni la voz afrancesada-. Hoy no me sale, lo digo y suena ridículo, desubicado y caprichoso.

Estoy lejos. Hace casi tres meses que no piso un empedrado porteño. Estuve toda la noche sin dormir, leyendo diarios, blogs, viendo el velatorio en streaming con mis fantasmas amigos de twitter. No soy kirchnerista porque no me sale hacerme el boludo. Pero precisamente porque no me sale hacerme el boludo no puedo negar que Néstor Kirchner, antes de morirse, enderezó la nave -con torpeza y a lo bruto- en la dirección correcta.

We’ll always have Paris

Annabelle Mathis: -I wanna know everything that happened in the last 20 years.

Roger Sterling: -Longer.

Annabelle Mathis: -It wasn’t until years later that I realized that you were the only person I could remember that time with.

Roger Sterling: -What do you wanna remember?

Annabelle Mathis: -What I was like at that age, Paris before the war, eating in cemeteries. People were jumping out of windows and we were on vacation.

Roger Sterling: -I don’t remember much.

Annabelle Mathis: -Are you trying to tell me when you saw Casablanca you didn’t think about me?

Roger Sterling: -You mean Peter Lorre?

Annabelle Mathis: -You seemed so happy to see me and now you’re just being… drunk.

Roger Sterling: -Look, Annabelle. We were not in Casablanca. The only similarity is that you left me for another man.

Annabelle Mathis: -When she gets on the plane at the end?

Roger Sterling: -That woman got on the plane with a man who was going to end World War II, not run her father’s dog food company.

Los vivos

Viernes, 28 de febrero. Borges: “Un rasgo típico de los argentinos es el de admirar a un político porque es vivo, porque dice cosas para engañar a la gente. Están convencidos de que así engaña a los otros, no a ellos. Creen que están en el secreto de ese cuento del tío para los otros. Al admirar al político, al votarlo, demuestran que el cuento del tío estaba dirigido contra ellos y que los engañó”.

We’re wrong

You fight your superficiality, your shallowness, so as to try to come at people without unreal expectations, without an overload of bias or hope or arrogance, as untanklike as you can be, sans cannon and machine guns and steel plating half a foot thick; you come at them unmenacingly on your own ten toes instead of tearing up the turf with your caterpillar treads, take them on with an open mind, as equals, man to man, as we used to say, and yet you never fail to get them wrong. You might as well have the brain of a tank. You get them wrong before you meet them, while you’re anticipating meeting them; you get them wrong while you’re with them; and then you go home to tell somebody else about the meeting and you get them all wrong again. Since the same generally goes for them with you, the whole thing is really a dazzling illusion empty of all perception, an astonishing farce of misperception. And yet what are we to do about this terribly significant business of other people, which gets bled of the significance we think it has and takes on instead a significance that is ludicrous, so ill-equipped are we all to envision one another’s interior workings and invisible aims? Is everyone to go off and lock the door and sit secluded like the lonely writers do, in a soundproof cell, summoning people out of words and then proposing that these word people are closer to the real thing than the real people that we mangle with our ignorance every day? The fact remains that getting people right is not what living is all about anyway. It’s getting them wrong that is living, getting them wrong and wrong and wrong and then, on careful reconsideration, getting them wrong again. That’s how we know we’re alive: we’re wrong. Maybe the best thing would be to forget being right or wrong about people and just go along for the ride. But if you can do that—well, lucky you.

American Pastoral, Philip Roth, 1997

Babilonia gaucha II

Hace dos años entrevisté a Vincent Gallo cuando el tipo estaba acá filmando Tetro, de Francis Ford Coppola.

Los entretelones de la entrevista los conté en su momento.

Debo confesar que quedé un poco culposo. Vincent Gallo me había tratado muy bien, habíamos charlado como una hora sobre cine, sobre arte, nos habíamos reído bastante y todo se había desarrollado dentro de un clima de cordialidad. Y después yo voy y escribo una nota medio mala leche, volcando solamente las polémicas con los actores, con el sindicato, haciendo comentarios sarcásticos sobre el esnobismo del Faena -donde estaba alojado-, en fin, haciendo lo que hacemos los periodistas: metiendo púa.

Por supuesto, la consigna era hablar de Tetro y de los conflictos en el rodaje, no de su ciclo de cine -la excusa por la que había dado la nota, en exclusiva-, pero yo estuve como media hora hablando de su cine para ablandarlo y que después, con confianza, se despache contra los actores argentinos -yo sabía que estaba todo mal-. Pero por otra parte, y más allá de su buena onda y amabilidad, me había parecido un pelotudo. Por supuesto, esa impresión era totalmente personal, pero qué va’cer. La nota la escribí yo y no él.

Eso no quita que, ante las protestas de la gente de Gallo por la nota, me haya dado cierta culpa. Soy judío, después de todo.

El otro día, en Basta de todo, Matías Martin entrevistó a Rodrigo de la Serna, que interpretó un papel en Tetro. Ahí hablaron de ese rodaje, y De la Serna no sólo dijo que fue la peor producción en la que laburó, sino que también contó cómo casi lo emboca a Vincent Gallo después de que el tipo le dijo, entre otras cosas, que si quería podía “encerrarlos en una jaula a él y a su familia y llevárselos a trabajar a Estados Unidos”.

Este es el audio:

Tuve que esperar dos años, pero ya se me fue la culpa.