12 Bafici – Día 0

Secuestro y muerte, de Rafael Filipelli [Apertura]

Pocas veces se da que la Historia, así con H mayúscula, trancurra entre cuatro paredes y el destino de una Nación se juegue dentro de un grupito de cinco personas: cuatro chicos de clase media ilustrada y un General fusilador secuestrado e indefenso. Así ocurrió con el secuestro, juicio y muerte de Pedro Eugenio Aramburu por parte de Montoneros.

La película de Rafael Filipelli aprovecha esta situación de tensión cotidiana pero lo que podría haber sido un thriller psicológico resulta más bien un típico exponente de la abulia juvenil a la “nuevo cine argentino”, y los secuestradores son como personajes de Ezequiel Acuña discutiendo sobre naderías con cierto sentido del humor, aunque tengan a un General secuestrado en la habitación de al lado.

Y esos son los mejores momentos de la película, aquellos en que los chicos -simpáticos, inteligentes, desapasionados- comen tostadas y debaten acerca de la llegada del hombre a la luna. Cuando entra en escena el General, los diálogos se vuelven medio imposibles y Enrique Piñeyro hace de Piñeyro, además de que uno sale del cine comprendiendo las razones de Aramburu, cosa que vuelve a la película tan ideológicamente dudosa como interesante a la hora de discutirla.

Al margen: no hay nombres propios. No se menciona a Aramburu, ni a Montoneros. Ni siquiera a Perón. Todo esto tan adrede como puede adivinarse por una escena -de un humor quizás demasiado “avivado”, como es avivada la pluma de Beatriz Sarlo y Mariano Llinás- en la que los chicos juegan a “adivine el personaje” y las pistas son: ex presidente argentino vivo, tuvo dos mujeres famosas (la primera más que la segunda), es muy alto y tiene cinco letras: inverosimilmente contestan Rosas y Mitre. Nunca Perón.

Repite: Domingo 11, 16.30, Hoyts 6

“… sin el más mínimo temor al ridículo ni escrúpulo estético alguno.”

Una de las noches especiales de este BAFICI está dedicada a Los santos sucios, tercera película de Luis Ortega, que se estrenó en el Festival de Toronto.

La presencia de la película de Ortega estuvo en duda hasta último momento. Parece que el director quedó muy disconforme con la sinopsis de su película que salió publicada en el catálogo.

Por suerte, después de las disculpas del caso y la modificación de la sinopsis en la web, la película volvió a la grilla: se va a proyectar el miércoles 14 a las 22.30 en el Hoyts 4.

La sinopsis del catálogo impreso dice:

¿Qué pasaría si las películas de Leonardo Favio y de Eliseo Subiela, por mencionar sólo a dos disímiles arquitectos del cine nacional, fueran edificios abandonados cuyas ruinas, con el tiempo, proporcionaran la materia prima para que alguien construyera su propia obra? Tendríamos algo parecido a esta película nueva -pero hecha entre ruinas y con ruinas- de Luis Ortega, quien filma sin el más mínimo temor al ridículo ni escrúpulo estético alguno. Aquí hay un mundo vacío y devastado por el que circulan una pareja homosexual, un viejo que toca una campana para conservar algún tipo de orden, un grandote mudo, un personaje que no sabemos si es un enano rengo o es un nene, y una chica a la que le dicen Monito. El objetivo de casi todos es cruzar al otro lado de un ancho río, cuyas caudalosas aguas parecieran ser menos una realidad que una promesa. La geografía de la película va del paisaje fabril y post-apocalíptico urbano al rural de los almacenes de ramos generales, de las rutas a los bosques, del preciosista encuadre natural a la invención digital lírica y absorbente, de la desesperanza calculada al humor imprevisto.

… pero la que ahora figura en la web, dice:

Un paisaje ruinoso, con la población diezmada, resguarda a un grupo mínimo de sobrevivientes que construyen una historia de la resistencia, donde misterio y belleza se unen en un mismo sentimiento desgarrado. En busca de encuadres que atrapen la deriva, la vitalidad y el desconcierto de los personajes, Luis Ortega sigue un camino donde la libertad continúa siendo la potencia de su mirada, ahora poniéndole el cuerpo a su poética como uno de los protagonistas, junto a Alejandro Urdapilleta y Emir Seguel, con quienes también elaboró el guión. En Los santos sucios hay algo de creación colectiva como forma de resistencia poética frente a un mundo cada vez menos habitable por los desposeídos y marginales. En este mundo devastado circulan una pareja homosexual, un viejo que toca una campana para conservar algún orden, un grandote mudo, y una chica a la que le dicen Monito. El objetivo de casi todos es cruzar al otro lado de un ancho río, cuyas caudalosas aguas parecieran ser menos una realidad que una promesa. La geografía de la película va del paisaje fabril y post-apocalíptico urbano al rural de los almacenes de ramos generales, de las rutas a los bosques, del preciosista encuadre natural a la invención digital lírica y absorbente, de la desesperanza al humor imprevisto.