Desde mi ventana veía la parra, pero en invierno no quedaba más que el armazón del emparrado. Por eso sabemos que la naturaleza es femenina; por esa connivencia entre la carne de mujer y la estación femenina. De manera que todas las primaveras presenciaba cómo la vieja sabia, renovándose, ocultaba el armazón del emparrado; cómo fabricaba de nuevo su verde señuelo, promesa de intranquilidad. Y no es que pueda hablarse de una gran floración tratándose de parras: no es más que un céreo y desordenado desangrarse, más de hoja que de flor, que va ocultando más y más el armazón, hasta que a finales de mayo, al atardecer, su voz, la de la pequeña Belle, era como el murmullo de la misma parra silvestre. Nunca decía, “Horace, éste es Louis o Paul o quienquiera que fuese”, sino “Sólo es Horace”. Sólo, ¿se dan cuenta? Ella con un vestidito blanco al atardecer, los dos muy recatados y muy cuidaditos y un poco impacientes. Y no me hubiera podido sentir más ajeno a su carne si la hubiera engendrado yo mismo.
Así que esta mañana (no; fue hace cuatro días; era jueves cuando volvió del instituto y estamos a martes) le dije:
-Querida, si lo has encontrado en el tren, es probable que pertenezca a la compañía del ferrocarril. No se lo puedes quitar a la compañía; es ilegal, como llevarse los aisladores de los postes.
-Vale tanto como tú. Va para Tulane.
-Sí, cariño, pero en un tren… -dije yo.
-Los he encontrado en sitios peores.
-Ya lo sé -dije-. Yo también. Pero no hay que traerlos a casa. Se pasa por encima y se sigue adelante. No hay por qué mancharse los zapatos.
Nos hallábamos en la sala de estar; era justo antes de la cena; y no estábamos más que nosotros dos en la casa. Belle había ido al centro.
-¿Qué más te da a ti quién viene a verme? No eres mi padre. Eres sólo… sólo…
-¿Qué? -dije-. ¿Sólo qué?
-¡Díselo a mamá, entonces! Díselo. Eso es lo que vas a hacer. ¡Decírselo!
-Lo malo es el tren, querida -dije-. Si entrara en tu habitación en un hotel, lo mataría. Pero en el tren… me resulta repugnante. Vamos a decirle que se vaya y a empezar de nuevo.
-¡Como si tú pudieras hablar de encontrar cosas en el tren! ¿Qué me dices de los langostinos?
Pero en seguida dijo, “¡No! ¡No!”, y yo la abracé y ella se agarró a mí. “¡No quería decir eso! ¡Horace! ¡Horace!” Y yo estaba oliendo las flores asesinadas, las delicadas flores muertas y las lágrimas, hasta que vi su rostro en el espejo. Había un espejo detrás de ella y otro detrás de mí: ella se veía en el que estaba detrás de mí, olvidada del otro, en el que yo podía verle la cara, verla contemplando mi nuca, y descubrir todo su fingimiento. Por eso la naturaleza es “ella” y el progreso es “él”; la naturaleza hizo la parra, pero el progreso inventó el espejo.
Santuario, William Faulkner, 1931