El aborto según George Carlin y Jerry Seinfeld

George Carlin fue un hippie de los sesenta cocinado al calor de la lucha por los derechos civiles y los shows de Lenny Bruce. Su humor era de barricada. Se hizo famoso por el monólogo Seven Words You Can Never Say on Television, en donde repetía varias veces las palabras “shit piss fuck cunt cocksucker motherfucker tits”. Lo grabó en 1972, fue denunciado por obscenidad y el caso llegó a la Corte Suprema.

Cuando habla sobre el aborto, Carlin se burla de los antiabortistas. Ridiculiza la lógica conservadora (“they would do anything for the unborn, but once you’re born, you’re on your own”) y busca la complicidad de una audiencia progre, que piensa como él, que tiene un enemigo común que podríamos englobar dentro de la categoría de “facho”.

Acá está el clásico monólogo de George Carlin sobre el aborto, sacado del especial de HBO George Carlin: Back in Town, de 1996.

Jerry Seinfeld es un nihilista de los noventa en plena muerte de las ideologías, que camina despreocupado hacia el fin de la historia. Cuando se emitió el famoso episodio sobre el aborto (The Couch, el 27 de octubre de 1994) hacía ya más de veinte años que la Corte Suprema había dicho que una madre tenía el derecho de abortar.

En Seinfeld hay dos bandos definidos, pero su humor no se coloca bajo el paraguas de ninguno. Ya señalé hace años que la serie no se la juega por ninguna de las dos corrientes ideológicas, pero muestra con genialidad cómo son irreconciliables, prácticamente un River-Boca que podría remontarse al principio de los tiempos y parangonarse con cualquier otra dicotomía.

Si Carlin era un militante “pro choice” y usaba su humor para desnudar las debilidades del razonamiento conservador, burlándose ferozmente de los antiabortistas, Seinfeld no es un militante de nada y si de algo se burla precisamente es de la militancia.

Y en cuanto a si un facho puede ser cogible o no… me parece que Seinfeld está más cerca de la verdad que Carlin.

Los amables

El exceso de simpatía es tanto o más molesto que la falta de ella. Lo confirmé después de tratar durante dos años ya a dos personajes de mi barrio: la almacenera de la esquina y el kiosquero de la vuelta.

La almacenera de la esquina no sonríe: te regala una sonrisa. El acto de sonreír en ella no es meramente pasivo, te obliga a ser partícipe de él, a ser testigo de su esfuerzo por demostrar una alegría que ya no importa si es genuina. Apenas uno entra al almacén ya queda sujeto a su sonrisa y a sus comentarios, imposibilitado de ignorarla, forzado a jugar su juego, a devolver la pelota continuamente. Puede hablar del clima, de alguna noticia, del problema con el cambio, de lo que estás comprando, de si es más rica la Coca Light o la Zero, de si aumentó el jabón en polvo, de que le duele la rodilla izquierda. Siempre tiene algo para decir, siempre te sonríe agresivamente. Pero no es solamente una máquina parlante. Te exige reciprocidad. Transforma los comentarios afirmativos en preguntas, hace chistes y espera que te rías en el momento justo y con la intensidad adecuada, en fin, te impone el papel secundario en una obra en la que ella es protagonista, pero no te da el guión.

Una vez entré al almacén con un terrible malhumor. Había juntando odio durante media cuadra, imaginándome esa sonrisa que me esperaba detrás de la fiambrera. Casi no la dejé completar su primer comentario, que la paré en seco y le ladré un “doscientos de queso”, dirigiéndome sin esperar respuesta a buscar detergente al fondo, lejos de la influencia de su simpatía.

El desaire me costó varios días en capilla. Tardaba en atenderme, me daba chicles en lugar de monedas, no les ponía doble bolsa a las cervezas, pero continuaba con su ánimo inquisitorio preguntando si había tenido un buen día, bromeando sobre el título de un libro que llevaba en la mano, preguntando mi opinión sobre el nuevo sabor de un jugo, en fin, dejando en claro que ignorarla no era una opción.

Si la almacenera de la esquina parece monstruosa, esperen a leer sobre el kiosquero de la vuelta.

La simpatía del kiosquero no es constante y ubicua como la de la almacenera. No se trata de la sonrisa dibujada, ni de la charla prepotente, sino de una simpatía utilitaria, solícita, siempre dispuesta a acompañar la compra e influirla.

El kiosquero es armenio y su mujer prepara humus, tabule, fatay y todo tipo de comida árabe. Si comprás un lehmeyún, te pregunta si lo vas a comer en el momento. Si le decís que sí, tenés que someterte a sus sugerencias, que más que sugerencias son mandamientos, al mejor estilo del Soup Nazi. La diferencia es que todo lo dice con la amabilidad y la simpatía que esconden una personalidad perversa y dictatorial. La primera pregunta es: “¿Te lo caliento?”. A mí realmente no me gusta la comida calentada en microondas, y no me jode comerlo frío, entonces le digo que no. “Pero, ¿qué? ¿Lo vas a comer frío?”. Le digo que sí, y me retruca: “Te lo caliento un poquito aunque sea, queda más rico”.

Lo mismo pasa con el limón: “¿le pongo limón?”. A esa altura mi deseo no pasa por el limón o la ausencia de él, sino por rebelarme ante sus órdenes. “No, gracias”, le digo, pero él me dice: “Es más rico con limón, un poquito aunque sea.” Lo que hago ahora es decirle que me lo envuelva para llevar, que lo voy a calentar en casa y que le voy a poner limón, se lo prometo. Pero su avasallamiento a mis libertades individuales no termina ahí.

Si compro Tang, me sugiere un nuevo jugito que salió hace poco y que “es más rico y más barato”. Si compro un DVD virgen me dice “¿uno solo? ¿no querés más?”. Si pido siempre lehmeyún, me dice “¿nunca probaste el fatay? Probá el fatay alguna vez”.

Más: si estoy cargando varios objetos y estiro con torpeza la mano para agarrar la bolsa, el tipo para las rotativas y con expresión de “mirá qué atolondrado que sos” me pide las cosas y me las acomoda prolijamente dentro de la bolsa, para después extendérmela poniendo cara de “aprendé de mi prolijidad”. Si la bolsa está muy llena, desconfía de mi fortaleza para sostenerla por sobre el mostrador, y entonces se ocupa de alcanzármela por el costado, haciendo gestos ampulosos, generando un acontecimiento que captura la atención de todos los presentes, y poniéndome en un lugar de debilidad sin dejarme otra opción que darle las gracias.

Maldita gente amable. Déjenme en paz, por favor.

Adaptation.

No sé por qué me agarró la obsesión y quise leer La pregunta de sus ojos antes de ver la película. Fue realmente una buena idea porque resulta evidente cómo la película mejora el libro o, mejor dicho, cómo la película arregla las truchadas del libro, derribando el mito ese de que “el libro siempre es mejor que la película” y también confirmando el talento de Campanella para los guiones (aunque con esa famosa y tan comentada escena en la cancha de Huracán, parece querer demostrar explícitamente también su talento con la cámara).

Del libro de Eduardo Sacheri se puede criticar la forma en que está escrito, pero prefiero detenerme en lo trasladable a la pantalla: la historia, los personajes, las situaciones. Pero algo se puede decir antes sobre la escritura.

En el capítulo 33 (página 239) dice: “Entre los dos metimos a Sandoval en la casa y en el lecho”. La palabra “lecho” suena disonante, sobre todo teniendo en cuenta que Sacheri es un porteño profesional y se ocupa de lanzar expresiones porteñas cada tanto. Sólo en esa página escribe las palabras “yunta”, “mina” y “zaguán”. Pero después pone “lecho” en lugar de “cama”. Es como un villero que le pone a su hijo Kevin o Jonathan.

Leyendo todo el párrafo se entiende por qué “lecho” en lugar de “cama”. Escribe Sacheri: “Pobre mina. Estaba esperando en el zaguán, protegida con una mantilla sobre el camisón y el salto de cama. Entre los dos metimos a Sandoval en la casa y en el lecho.” O sea, para no repetir la palabra “cama”, usó un sinónimo. Un vicio periodístico en alguien que no es periodista. Barrunto que Sacheri lee más diarios que libros.

Pero vayamos a los personajes y las situaciones. Ojo que se vienen spoilers tanto de la novela como de la película.

El personaje de Irene no existe en el libro. Es solamente el objeto de amor platónico de Benjamín, pero no cumple ninguna función en el relato policial y en realidad tampoco en la historia de amor, porque es totalmente pasiva: no sabemos qué es lo que siente por Benjamín y ni siquiera sabemos por qué Benjamín está enamorado de ella, cuáles son sus encantos.

En la película, en cambio, Irene es la protagonista de la historia policial junto con Benjamín y Sandoval. Es ella la que le arranca la confesión a Gómez (en la novela es Sandoval) y es ella la que ayuda a Benjamín a huir a Jujuy (en la novela es Báez, el personaje que hace José Luis Gioia). Pero lo más importante es que en la película está claro que Irene y Benjamín se aman desde el principio.

Hay dos escenas excelentes que van en esa dirección y que en la novela no están. Cuando Benjamín le dice a Irene que quiere hablar de algo personal y ella se piensa que le va a confesar su amor pero en realidad le pide que reabra la causa (y todo ese juego de la puerta del despacho abierta o cerrada, según lo que se hable sea laboral o personal), y cuando quedan en ir a tomar un café “lejos de Tribunales” con la clara intención de consumar ese amor platónico, cosa que nunca ocurre porque lo matan a Sandoval y Benjamín tiene que rajar a Jujuy. La historia de amor, entonces, tiene un recorrido. Se gustan, pero ella tiene novio, hasta que él junta coraje y, cuando están a punto de charlarlo, se precipitan los acontecimientos y terminan separándose. En la novela no hay historia de amor, hay un tipo enamorado de una mina que ni siquiera alcanza el status de personaje: es un nombre, unas letritas escritas en la página. Y el enamoramiento es totalmente platónico y asexuado. En la película al menos está la escena en que le rompe el botón de la blusa accidentalmente, pero en la novela el único sexo que hay tiene connotación negativa: la violación de Liliana Colotto. Conjeturo que tiene que ver con que Sacheri se casó con su novia de la secundaria. Borges al menos no escribía sobre amor, menos sobre sexo (cuando lo hizo, también fue violación: Emma Zunz).

Otro error conceptual de la novela es la patota que envía Romano para secuestrar a Benjamín. Como no lo encuentran en la casa (él se salva porque está ayudando a Sandoval en una de sus curdas), dejan todo patas para arriba y escriben con jabón en el espejo del baño “La próxima sos boleta”, concediéndole así el favor de la advertencia y la posibilidad del exilio, muy preferible a la tortura y la muerte. ¿Por qué? Si Romano lo quería boletear, ¿por qué no esperaron, ocultos, su llegada?

En la película solucionan esto así. Después de la curda de Sandoval, Benjamín se lo lleva a su casa (no a la de Sandoval, como en la novela, sino a la de Benjamín). Lo deja solo, vienen los milicos y lo cagan a tiros a Sandoval porque lo confunden con Benjamín. Incluso el narrador se da el gusto de imaginar que Sandoval dio vuelta las fotos de Benjamín a propósito, para salvarle la vida. (Aprovechando, de paso, las posibilidades de un relato sobre un tipo que está, a su vez, relatando.)

En la novela no pasa nada de esto. Los milicos le lanzan una advertencia inexplicable y así se salva Benjamín. Sandoval no muere acribillado, sino de cáncer (aunque Sacheri no usa esa palabra, casi que dice “una larga y penosa enfermedad”, lo repito: muchos diarios, pocos libros).

Otra cosa que en el libro llega al punto del ridículo es el motivo por el que Romano lo quiere boletear a Benjamín. Según razona Báez (en largas parrafadas que felizmente están totalmente ausentes de la película), Romano cree que Benjamín asesinó a Gómez. Totalmente inverosímil, incluso para alguien que uno imagina de pensamiento violento como Romano. ¿De dónde saca que Benjamín puede ser el asesino de Gómez?

En la película se corrigió sintetizando: apenas liberan a Gómez, Benjamín va a buscarlo a Romano para cagarlo a puteadas. Va acompañado por Irene (volver a las diferencias con la novela respecto de ese personaje), y la pelea con Romano sella su destino. Incluso da pie a uno de los mejores momentos de la película, en el que Romano dice muy claramente que la jueza es intocable, pero él no. Y ahí está poniendo en escena un conflicto que la novela explicita torpemente al principio, pero no lo hace jugar en la trama: la mediocridad de Benjamín que por no haberse recibido de abogado, está condenado a ser prosecretario del juzgado, sin ascender nunca a juez. En ese caso, estuvo a punto de significar la diferencia entre la vida y la muerte.

Ya sé que Sacheri firmó el guión junto con Campanella, y es muy probable que sea responsable de algunas de las mejoras. De lo que estoy seguro es que Campanella fue el que sugirió estos cambios centrales, logrando así una película bastante buena sobre un libro bastante malo.

La mujer zombie

Es un clásico de las películas de terror que cuando el asesino parece que está muerto y todo termina, en realidad le quedaba un resto de vida suficiente como para blandir su motosierra y perseguir al protagonista una última vez. A veces el asesino vuelve a resucitar, y esa sí que no te la esperabas.

En esta película de terror que es mi vida el asesino resucitó varias veces. Tantas, que ya parece más una parodia que una de terror. Pero más que a Jason o a Freddy Krueger, se parece a Afrodita A, la robot lanza tetas de Mazinger Z.

Ahora creo que ya está muerta y enterrada. Están pasando los títulos. Espero que no sea de esas películas pedorras que tienen una escenita después de los títulos, porque prendo fuego el cine al mejor estilo Bastardos sin gloria.