Addie Bundren está muerta hace varios días, pudriéndose en el cajón construído por su hijo Cash, sobre una destartalada carreta acechada por una bandada de cuervos, llevada por su marido Anse y por sus cuatro hijos a través del húmedo y caluroso Mississippi para ser enterrada en Jefferson, su ciudad natal.
Y dice:
“Tomé, pues, a Anse. Y cuando me di cuenta de que llevaba a Cash, comprendí que la vida era terrible y que en eso consistía la respuesta. Entonces aprendí que las palabras no significaban nada, que las palabras no corresponden jamás a lo que se esfuerzan por expresar. Cuando nació, comprendí que la palabra maternidad fue inventada por cualquiera que tenía necesidad de una palabra para eso, porque los que tienen hijos no se inquietan por que haya o no una palabra para eso. Comprendí que la palabra miedo había sido inventada por alguien que jamás había tenido miedo, la palabra orgullo por alguien que no sabe qué es el orgullo. Comprendí que no era en realidad por sus narices sucias, sino porque nos servimos entre nosotros de palabras; como las arañas que colgadas de la boca a una viga se balancean en el vacío sin jamás tocar nada; y que sólo los golpes de látigo pueden hacer correr, como un solo arroyo, mi sangre con la sangre de ellos. Comprendí que en realidad mi soledad habría de ser violada cada día, pero que jamás lo había sido antes del nacimiento de Cash. Ni siquiera por Anse, durante la noche.”
(…)
“Y así es porque cuando Cora Tull venía a decirme que yo no era una madre verdadera, pensaba cuántas veces las palabras se elevan erectas, en una línea tenue, rápidas y anodinas, mientras los hechos se arrastran, terribles, sobre la tierra; agarrándose tan bien que después de cierto tiempo las dos líneas están demasiado alejadas la una de la otra para que una misma persona pueda cabalgarlas. Yo pensaba que pecado, amor, miedo, todo eso no eran más que sonidos que la gente que jamás ha pecado, amado, conocido el miedo emplea para lo que nunca ha tenido ni podrá tener jamás a menos que se olvide de las palabras.”
Mientras agonizo, William Faulkner, 1930
