Una noche de septiembre, cuando regresó a su cabaña, se detuvo en el umbral, con un pie en el aire, totalmente estupefacto. Sentada en el catre, la mujer lo miraba. Tenía la cabeza descubierta. Era la primera vez que él la veía con la cabeza descubierta, aunque había sentido, en la oscuridad de la almohada, el blando abandono de su cabellera todavía en orden. Pero nunca había visto sus cabellos y ahora los miraba fijamente. Y, de pronto, cuando ella se iba a mover, se dijo a sí mismo: “Ella trata Yo creía que lo tenía algo gris Ella trata de ser mujer, pero no sabe cómo hacerlo.” Pensando, comprendiendo Ha venido a hablarme. Dos horas después, la mujer hablaba todavía, sentada junto a él en el catre, en la cabaña, oscura ahora. Le dijo que tenía cuarenta y un años, que había nacido allí, en la casa, y que siempre había vivido en ella. Que nunca había estado más de seis meses fuera de Jefferson, y que, cuando había estado fuera, en intervalos muy alejados entre sí, sus ausencias siempre habían estado llenas de nostalgia de las tablas y de los clavos, de la tierra, de los árboles, de los matorrales que constituían aquel lugar que, para ella y para su familia, era una tierra extraña. Cuando hablaba, como lo hacía ahora, al cabo de cuarenta años, por debajo de las consonantes arrastradas y de las vocales llanas del país a donde el destino la había llevado, el acento de New England se percibía tan claramente como en los miembros de la familia que nunca habían salido de New Hampshire y a los que quizá no había visto más de tres veces en cuarenta años. Sentado junto a la mujer, sobre la cama en sombras, mientras la luz se extinguía, mientras la voz de la mujer, con su acento sin origen, fluía regular, interminable, timbrada casi como una voz de hombre, Christmas pensaba “Es como las demás. Es igual que tengan diecisiete o cuarenta y siete, el día que se deciden a entregarse por completo, siempre lo hacen con palabras.”
Luz de agosto, William Faulkner, 1932
