Santa Rosa

Se acerca la tormenta de Santa Rosa y me acuerdo del principio de La vida breve:

“La mujer resopló y se echó a reír; alterada por el rumor de la ducha, me llegó una frase:

-¡Si supiera cómo estoy de los hombres! -se alejó hacia el dormitorio y golpeó las puertas del balcón-. Pero, ¿me quiere decir cuándo va a llegar la tormenta de Santa Rosa?

-Tiene que ser hoy -dijo el hombre, sin seguirla, alzando la voz-. No se apure, que antes de la madrugada revienta.

Entonces descubrí que yo había estado pensando lo mismo desde una semana atrás, recordé mi esperanza de un milagro impreciso que haría para mí la primavera. Hacía horas que un insecto zumbaba, desconcertado y furioso entre el agua de la ducha y la última claridad del ventanuco. Me sacudí el agua como un perro, y miré hacia la penumbra de la habitación, donde el calor encerrado estaría latiendo. No me sería posible escribir el argumento para cine de que me había hablado Stein mientras no lograra olvidar aquel pecho cortado, sin forma ahora, aplastándose sobre la mesa de operaciones como una medusa, ofreciéndose como una copa. No era posible olvidarlo, aunque me empeñara en repetirme que había jugado a mamar de él, de aquello. Estaba obligado a esperar, y la pobreza conmigo. Y todos, en el día de Santa Rosa, la desconocida mujerzuela que acababa de mudarse al departamento vecino, el insecto que giraba en el aire perfumado por el jabón de afeitar, todos los que vivían en Buenos Aires estaban condenados a esperar conmigo, sabiéndolo o no, boqueando como idiotas en el calor amenazante y agorero, atisbando la breve tormenta grandilocuente y la inmediata primavera que se abriría paso desde la costa para transformar la ciudad en un territorio feraz donde la dicha podría surgir, repentina y completa, como un acto de la memoria.”

La vida breve, Juan Carlos Onetti, 1950

Olimpíadas II

La sucesiva eliminación de casi todos los atletas argentinos en Beijing trajo como consecuencia el consabido reclamo, tanto por parte de los periodistas como de los mismos atletas, para que el Estado apoye el deporte: o sea, para que el Estado ponga dinero así esos atletas pueden entrenar mejor, superarse, y estar más cerca del podio.

Si uno no lo piensa demasiado, es imposible estar en contra de esos reclamos. Pero pensándolo un poco, ¿tiene sentido pagarle el sueldo a un pelotudo para que pueda pegar un salto de más de 5.30 metros? ¿Es realmente necesario darle dinero a una gorda para que sea capaz de tirar el martillo más lejos que una china?

¿Por qué eso no nos parece una ridiculez absoluta y, en cambio, nos morimos de risa con el humor absurdo de este sketch de los Monty Python?