The biggest fool that ever hit the big time

Fuga y misterio quedó arruinada para siempre porque nos hace acordar a Bernardo Neustadt. Pasa lo mismo con Twist and Shout y Marcelo Tinelli.

Todo para decir que hay una película que me gustó tanto y es tan brillante que el otro día estaba escuchando Help! (el disco) y cuando empezó Act Naturally no me pareció una canción de Los Beatles (ya sé que es un cover), porque para mí va a estar siempre ligada a esa película, que es la genial y apasionante Capturing the Friedmans.

La escuchamos durante los títulos, mientras vemos escenas de la vida privada de la familia Friedman grabadas en Super 8:

They’re gonna put me in the movies
They’re gonna make a big star out of me
We’ll make a film about a man that’s sad and lonely
And all I got to do is act naturally

Well, I bet you I’m gonna be a big star
Might win an Oscar, you can never tell
The movies gonna make me a big star
‘Cos I do play the part so well

Well I hope you come and see me in the movies
Then I’ll know that you will plainly see
The biggest fool that ever hit the big time
And all I gotta do is act naturally

We’ll make the scene about a man that’s sad and lonely
And beggin’ down upon his bended knee
I’ll play the part but I won’t need rehearsin’
All I have to do is act naturally

Well, I’ll bet you I’m gonna be a big star
Might win an Oscar you can never tell
The movies gonna make me a big star
‘Cause I can play the part so well

Well I hope you come and see me in the movies
Then I’ll know that you will plainly see
The biggest fool that ever hit the big time
And all I gotta do is act naturally

No sé en qué momento a Andrew Jarecki se le habrá ocurrido ponerla pero, obviamente, esos lyrics van a la perfección.

Este es el trailer:

Bafici – Día 9

Milky Way, de Benedek Fliegauf (Hungría) [Panorama]
De este tipo había visto una muy buena película, Dealer, que ganó varios premios en Mar del Plata 04. Y en la sinopsis del catálogo mencionan a Hukkle, de György Pálfi, que vi en Mar del Plata 03 y también me encantó. Entonces no podía fallar.

Y no falló. Encontré exactamente lo que esperaba (¿esto es un elogio?). Pero esta vez el enamoramiento con lo visual llega al saludable extremo de no precisar un argumento. Dealer y Hukkle eran imaginativas proezas visuales, cada una de sus escenas tenía una invención plástica. Pero distraían con argumentos confusos, cuyo seguimiento impedía el disfrute total, y eran películas realmente para disfrutar. Milky Way, en cambio, es una sucesión de escenas, sin una cohesión. Escenas que son planos largos, porque la cámara no se mueve y no hay corte. Tampoco hay música.

Pero el silencio y la inmovilidad lo que hacen es resaltar los pocos sonidos y los pocos movimientos, al punto tal que el hecho de que un bote empiece a moverse puede resultar un acontecimiento tan cargado de dramatismo como cuando acribillan a Sonny Corleone en un puesto de peaje, o el suspiro de placer de una señora, luego de nadar un largo en una pileta, nos altera tanto como el grito de Janet Leigh en Psicosis.

Sin exagerar, es una película perfecta en el más estricto sentido de la palabra.

Viernes 18, 20.00, MALBA
Sábado 19, 00.45 (madrugada del domingo), Hoyts 11

Una semana solos, de Celina Murga (Argentina) [Selección Oficial Internacional]
La tercera película argentina de la competencia era la que venía con más chapa. No soy un gran fan de Ana y los otros (debería reverla) así que fui sin demasiado entusiasmo. No puedo decir que me haya encontrado con una sorpresa, el estilo es similar, pero lo sorprendente es que esta sí me gustó. Tal vez mucho.

La anécdota es simple: varios chicos se quedan solos en una casa de un country, y llega a convivir con ellos el hermano de la mucama. Las tensiones sociales y sexuales se presentan con mucha sutileza (a algunos les parecerá demasiada), pero lo cierto es que con mucho menos, cuenta mucho más que, por ejemplo, Cara de queso, otra película argentina que transcurre en un country (ya sé que son dos géneros distintos, pero igual).

Una semana solos tiene grandes momentos y excelentes actuaciones de los chicos, lamentablemente un poco opacadas por un par de empleados de seguridad del country que realmente no saben decir sus líneas (igual son poquísimas escenas). Me queda para el final una reflexión sobre, justamente, el final.

No voy a contar nada, sólo decir que el co-guionista fue Juan Villegas (marido de Murga), y que el final tiene mucho del polémico final de Sábado. Decían que Los Chalchaleros no cantaban la última sílaba para no desafinarla. Del mismo modo, no puedo dejar de pensar que las películas con un final tan “sutil” o “abierto” o como quieran llamarlo, eligen el camino fácil de no jugársela y correr el riesgo de equivocarse. Ya lo dijo Ghost Dog en la maravillosa película de Jarmusch: “El final es importante en todas las cosas”.

Cuando terminó me molestó. Después la pensé y no está mal.

Violent Virgin, de Koji Wakamatsu (Japón, 1969) [Focus Koji Wakamatsu]
Me costó decidirlo, y me da vergüenza confesarlo, pero elegí ver a River antes que My Winnipeg, de Guy Maddin. A pesar de que me había maravillado con The Saddest Music in the World, pensé que un partido es irrepetible, mientras que la película no va a cambiar si la veo ahora o en un año o en diez.

Una vez en el Atlas Santa Fé me dí cuenta de que había cualculado mal y de que tampoco me daba el tiempo para ver la de Wakamatsu. Decidí quedarme y ver qué onda, si valía la pena me perdía el primer tiempo.

Wakamatsu estaba presente, con los pelos canosos parados y anteojos oscuros, y presentó la película diciendo que seguramente muchos se iban a enojar, que se quedaba para las preguntas al final y que ya sabía qué era lo que le iban a preguntar.

De los 66 minutos que dura Violent Virgin, vi alrededor de 40. Es una película clase B sobre una pandilla que lleva a un pastizal a un hombre y una mujer que formaban parte de la banda y que se quisieron escapar juntos. Ahí van a atar a la mujer desnuda a una cruz, y al hombre lo van a obligar a tener sexo con otras miembros de la pandilla. La película es en blanco y negro y tiene algunas escenas en color, aparentemente oníricas. Hay algo de humor y todo es bastante bizarro.

Me hubiera gustado verla hasta el final y, sobre todo, quedarme a las preguntas y respuestas, al menos para ver si alguien preguntaba eso que Wakamatsu imaginaba que iban a preguntar. En cambio, me vine a casa y vi por Fox Sports el 5 a 0 de River.

Bafici – Día 8

Día breve porque me quedé dormido y falté a la privada de la tercera película argentina en competencia: Una semana solos, de Celina Murga. Prometo verla mañana porque es mi deber.

También ocurrió algo que podríamos calificar como pésima noticia: se cancelaron las proyecciones de Import/Export, de Ulrich Seidl, una de las que más me interesaban del Bafici. A Seidl lo conocí en mi primer Mar del Plata (2002) con su Hundstage, que me encantó, y es la que más recuerdo de ese Festival junto con Caja negra, de Luis Ortega, y Domicilio desconocido, de Kim Ki-duk. Después Seidl hizo un documental sobre catolicismo que no ví (se pasó en el BAFICI 04) y esta es su siguiente película de ficción. Pero no, en la función del Cosmos pasaron En la ciudad de Sylvia, y no sé por cuál la reemplazarán las próximas funciones. No va a venir, y quizás es mejor. No soportaría otra decepción como con De Palma, Araki y Reygadas.

Entonces sin Celina Murga y sin Ulrich Seidl, el día se acortó a sólo dos películas. La parte buena de esta historia es que una me gustó mucho, y la otra me provocó sentimientos encontrados, pero no me enojó como otras (Smiley Face, Over Here, Shadow of Sand). Digamos que tuvimos pocas situaciones, aprovechamos los momentos, fuimos contundentes y nos llevamos los tres puntos.

Zoo, de Robinson Devor (EE.UU.) [Cine del Futuro]
Al calor del entusiasmo digo que es LA película del festival.

Varios tipos se conocen vía Internet porque comparten un interés: son zoofílicos. Particularmente les calientan los caballos. Se reúnen en la casa de campo de uno de ellos, en Washington (en ese Estado el sexo con animales no era penado por la ley), y hacen sus fiestitas, toman whisky y se van por ahí a acariciar caballos y otras cosas. Pero un día a uno se le va la mano, se deja coger por un equino y a las pocas horas muere en el hospital por una hemorragia en el colon.

Las reminiscencias a Equus, la obra de Peter Shaffer que después filmó Sidney Lumet, son obvias, pero Devor opta por hacerlas explícitas con la referencia al caballo ciego.

Pero esto en cuanto al tema. Porque la historia es sorprendente, pero mucho más sorprendente es la forma de contarla. Y ahí se separa del teatro para siempre.

Sergio Wolf dijo en alguna entrevista reciente (me gustaría recordar en cuál), que ya está claro que no hay diferencias tan importantes entre ficción y documental, que al fin y al cabo son todas películas. Él hablaba del espíritu del Bafici, que no tiene una sección de documentales (como sí tiene Mar del Plata), y estas películas se mezclan con las otras. En ese contexto, siempre son bienvenidas las que andan en el borde, como las de Guerín y como esta. Pero además hay que tener en cuenta que Wolf dirigió Yo no sé qué me han hecho tus ojos, documental con muchos elementos de ficción.

No quisiera contar detalles para no arruinar una película que, además de todo, es atrapante. Solamente voy a decir que la narración está organizada con las voces en off de los protagonistas, alternadas, que funcionan como monólogos entrelazados que van armando la trama, y son acompañadas por imágenes que van mostrando lo que se puede ver (llegan al límite posible). Pero también vemos entrevistas a los actores, tipo castings, lo que le da al asunto un aire documental que al final vamos a comprobar hasta qué punto llega.

Esta sí es una recomendación. Repite:

Jueves 17, 22.30, Hoyts 7
Viernes 18, 21.30, Alianza Francesa

Little Moth, de Peng Tao (China) [Cine del Futuro]
Me molestan las películas que se la dan de independientes por no usar luces artificiales, ni música incidental, y hacer todo con una cámara en mano y el Premiere en tu PC. Da la sensación de que eso no es independiente, sino amateur. Y por eso empecé irritado con Little Moth. Claro, venía de ver la maravilla de Zoo, película claramente independiente e innovadora, pero que se notaba que tenía un trabajo de montaje importante, y un uso de la música excelente.

Esta cuenta la historia de una nena de once años, con un problema en las piernas, hija de unos campesinos pobres de China que, como no la pueden curar, la venden por mil yenes a un matrimonio que luego la usa para pedir limosna en la calle. Una historia terrible, poblada de personajes desagradables, a la que tal vez el director no le quiso agregar absolutamente nada estético fuera de la historia que está contando. No hay plano y contraplano: la cámara va de un personaje a otro como si estuvieramos viendo un video hogareño.

Es verdad, termina funcionando como está, sin estridencias ni golpes de efecto. Pero es más desafío usar la música y evitar los golpes de efecto, que decidir no usarla. Desconfío de estas cosas. Me da la sensación de que usan pocos recursos porque así hay menos variables que manejar y es más difícil equivocarse. Yo prefiero una película ambiciosa y fallida antes que Little Moth.

Para cine del futuro, me quedo con Zoo.

Repite el viernes 18 a las 13.30 en la Alianza Francesa.

Traducciones (descansando del Bafici)

A mí de chico me gustaban mucho las películas y los libros de terror. Podríamos decir que entré a la literatura por la tenebrosa puerta custodiada por Stephen King. Después leí a Cortázar y todo cambió. Renegué durante un tiempo de mis gustos primigenios, hasta que un día de 2001 se me ocurrió que King no podía ser tan malo porque yo no podía haber sido tan pelotudo, y me compré una novela que en ese momento era de las últimas editadas en castellano: Un saco de huesos. Comprobé que, efectivamente, no era tan malo, que incluso era bastante bueno, aunque un poco “larguero”.

Ahora estoy en lo de mis viejos, revolviendo mi vieja biblioteca, y veo una cantidad de libros que en su momento no quise llevarme. Entre ellos, todos los de Stephen King. Agarro uno de los que más me gustó, Misery. Edición de diciembre de 1989 -yo tenía doce años- y veo con sorpresa que el traductor es César Aira.

No sabía que la época en que no teníamos que soportar las gallegadas estaba tan cerca en el tiempo.

Bafici – Día 7

Estoy empezando a odiar el Bafici. Ví algunas cosas buenas, pero me pasa como les pasa a los directores con las malas críticas, según cuentan varios en el documental Crítico, que comenté antes. Todos dicen que solamente recuerdan una mala crítica. Que pueden recibir diez a favor, pero después leen una en contra y se autoflagelan con eso todo el día.

A mí me está pasando parecido con las películas. Las malas me enojan, y las buenas no me alcanza. Debe ser que no son TAN buenas. O es el Bafici o yo tengo mala puntería.

Tagliare le parti in grigio, de Vittorio Rifranti (Italia) [Cine del Futuro]
Si este es el cine del futuro, prefiero abolir el cinematógrafo y que se acabe acá, que con lo que hay hecho alcanza y sobra.

Massimo, Paola y otra chica cuyo nombre no recuerdo, sobreviven a un choque múltiple (en el que otras cinco personas murieron) y quedan con algunas secuelas físicas y, sobre todo, psicológicas. Se relacionan en el hospital, cuando salen se siguen viendo, y empiezan con prácticas de automutilación. Llegan a frecuentar esos lugares donde la gente tatuada se cuelga con ganchos de la piel (algo muy común de ver en esos documentales sobre sexo que pasan o pasaban por I-Sat).

La trama tiene ecos de Crash, de David Cronenberg, y lo de la automutilación me trajo recuerdos de una película terrible y excelente que vi en Mar del Plata 04 o 05: Dans ma peau, ópera prima de Marina de Van, que fue co-guionista de François Ozon en varios filmes. Esas dos películas tenían algo en común: llegaban hasta las últimas consecuencias. Cosa que no ocurre con Tagliare…, que amaga con entrar en los escabrosos terrenos del sadomasoquismo y termina con un pacato triángulo amoroso, y un par de escenitas pseudo gore que más que impresionar, causan gracia. Diálogos imposibles, grabada en video, uno se ve en la obligación de reconocer la diferencia entre “cine independiente” y “cine amateur”.

Mal comienzo de día, y para esto me desperté a las diez de la mañana.

Repite el jueves 17 a las 14.00 en el Atlas Recoleta.

L’Avocat de la terreur, de Barbet Schroeder (Francia) [Panorama / Trayectorias]
Me tomo el subte B y camino unas cuadras hasta el Teatro 25 de Mayo, por primera vez en el Festival (sin contar la apertura). Sentado en la butaca, es todo idéntico al Cine Colón de Mar del Plata. Me da nostalgia y me gustaría salir y caminar por la San Martín hasta ver el mar y el casino, en lugar de ver Triunvirato y las obras de extensión del subte.

Pero pronto me olvido de todo esto cuando empieza la película, un documental sobre Jacques Vergès, célebre abogado famoso por defender terroristas, dictadores (de izquierda y de derecha) e incluso nazis. Con muchísimas entrevistas (habla el propio Vergès), Schroeder no sólo dibuja un personaje siniestro, cínico, inteligente y simpático por partes iguales, sino también refleja el detrás de escena de las luchas anticolonialistas de los ’50, ’60 y ’70.

¿Cómo un tipo consustanciado con la causa libertaria de Argelia terminará defendiendo a Klaus Barbie, el nazi conocido como el “carnicero de Lyon”? La película no responde exactamente esa pregunta, solamente expone los hechos, contados por sus protagonistas. Es un viaje apasionante y sorprendente, y Schroeder acierta en no cargar las tintas contra Vergès: así, con cierta apariencia de neutralidad, su protagonista cobra una profundidad importante, mucho más que si fuera simplemente un hijo de puta más.

Repite el sábado 19 a las 13.15 en el Hoyts 12.

Lamentablemente no había entradas para la de Béla Tarr, así que me tomé un descansito y me dispuse a disfrutar de una fija:

Smiley Face, de Gregg Araki (EE.UU.) [Panorama / Trayectorias]
Conocí a Araki cuando vi Mysterious Skin en Mar del Plata 05, gran película que se consigue en su mula amiga. Después vi en DVD The Doom Generation y Nowhere, que tienen una onda más psicodélica y bizarra, nada que ver con la otra, un drama extraño y sutil sobre el abuso de niños.

La premisa de Smiley Face debería haberme alertado, pero nunca pensé que Araki podía hacer esto después de esa maravilla que fue Mysterious Skin. Jane (Anna Faris) es una joven actriz un poco fumona que un día se come las magdalenas con porro que cocinó su compañero de cuarto (Danny Masterson, Hyde de That ’70s Show) y enfrenta las obligaciones del día totalmente drogada. La sinopsis la había leído hace rato en imdb, y si no fuera por el nombre de Gregg Araki me habría parecido la típica comedia pelotuda.

Y lo más irritante es que eso terminó siendo. Anna Faris realmente hace lo que puede tratando de provocar risa con su cara de fumada, y toda la gracia pasa por su torpeza, porque se olvida las cosas, porque se paranoiquea, y por todas esas cosas que algunos dicen que te pasan cuando fumás porro. Y en general la risa del público (edad promedio: 22) era como la de Peter Capusotto cuando señala el pasacassette y dice “¡está hablando de faso!”.

Justo cuando uno se hace a la idea de que no está viendo una película de Bafici, sino una de esas comedietas adolescentes que van directo a video, la cosa empeora. Porque ya incluso deja de causar gracia y ni los Peter Capusottos se rieron con ese final estúpido.

Salimos del cine con Val, bastante malhumorados. Samurai y Marmurek, en cambio, no compartían nuestra indignación, aunque reconocieron que el final es indefendible.

Repite:

Miércoles 16, 15.15, Teatro 25 de Mayo
Jueves 17, 23.45, Hoyts 6

Igual yo no entiendo qué hace esta película en el Bafici. Me dan ganas de no asistir más a ninguna función en señal de protesta, pero me doy cuenta en seguida de que a nadie le va a importar. Así que me enyoguizo y mañana será otro día.

Bafici – Día 6

S.O.S. Ex, de Andrés Tambornino (Argentina) [Selección Oficial Internacional]
La segunda película argentina de la Competencia Oficial es otra especie de comedia, aunque menos negra y más… no sé si llamarla romántica.

Dos amigos salen a navegar en un velero junto con sus ex novias, los agarra una tormenta, y naufragan a la deriva durante dos días. El Puma está en pareja, pero extraña a Marina, la novia de la adolescencia, de la que se separó hace tres años. El Chino y Tatiana se separaron hace poco, pero siguen siendo amigos y comparten el velero, porque era un proyecto que tenían juntos.

Por supuesto, obligados a compartir un pequeño espacio, desnudos (luego de la tormenta todos se sacan la ropa mojada), empiezan a circular reproches y toqueteos por partes iguales, hasta que finalmente salen los trapitos al sol y algunas confesiones.

Está muy bien resuelto el problema de filmar casi toda la película sobre un velero tan chiquito, pero a la narración le falta un crescendo. Una vez que naufragan se suceden situaciones que pintan a los personajes, pero no hay un crescendo hacia el desenlace (aunque sí hay un desenlace). Al punto tal que Samurai, sentado al lado mío, me susurró en un momento: “La película está tan perdida como el velero, ¿no?”.

Y sí, algo de eso hay, pero de todas formas tiene buenos momentos y una cucaracha que actúa muy bien.

Repite:

Martes 15, 16.00, Hoyts 10
Miércoles 16, 22.45, Atlas Santa Fe 1

Full Battle Rattle, de Tony Gerber & Jesse Moss (EE.UU.) [Panorama / La Tierra Tiembla]
Quería ver Io non sono un moderato, documental sobre Darío Fo, pero resulta que el Centro Cultural Recoleta no da entradas de prensa. Haberlo avisado antes y me la programaba para antes en el Hoyts. Ahora me la perdí para siempre y no es como Let the Right One In que tarde o temprano se va a conseguir. Con malhumor, me gasto una fortuna en una entraña con salad bar en Aberdeen Angus, mientras leo que Swann busca a Odette por todos los restaurantes de París.

El documental de Gerber y Moss a priori era candidato al grupo “bombardeen la embajada de los Estados Unidos”, aunque al final me dejó con sensaciones encontradas. La película muestra como los yanquis construyeron en el desierto de Mojave una especie de set para simular la guerra en Irak: con varios pueblos y más de mil extras iraquíes. Ahí van los soldados antes de volar a Irak, y “juegan” a la guerra, con armas de mentira, y cadáveres de plástico.

Digo lo de las sensaciones encontradas, porque la película, al ser completamente neutral, termina siendo una especie de propaganda del lugar y tranquilamente podría ser un institucional del ejército. Salvo porque muestran el detrás de escena (un falso periodista de una falsa CNN se equivoca grabando un copete), no hay ningún tipo de crítica. Podría decirse que no hace falta: con sólo ver esa locura alcanza para horrorizarse, aunque eso es porque uno conoce otras cosas y está a priori en contra de la guerra. A alguien que esté a favor también le va a gustar, y seguramente va a admirar el trabajo de los creadores de esa especie de Truman Show bélico.

Uno de los entrenadores les explica a los soldados que si van a un pueblo y saludan al verdulero con amabilidad, tendrán un amigo y los insurgentes se van a debilitar. Si, por el contrario, patean puertas y rompen muebles, tendrán un enemigo, y los insurgentes un aliado. Escuchando las noticias de lo que ocurre en Irak (y habiendo visto Redacted: otra vez, volvé De Palma, te perdonamos), puede verse la película como un patético Truman Show, una especie de actuación de lo que los yanquis creen idealmente que será Irak, aunque después en el baile se encontrarán con algo muy distinto. Pero en la película eso no se ve, lo único que vemos es cómo los entrenadores les enseñan a los soldados a tratar bien a los civiles.

De todas formas, me gustaría dejar un poco de lado lo ideológico, porque en el fondo estoy en contra de transformarme en un policía de la ideología, como este salame que acusa a Los paranoicos de xenófoba porque retrata a un supermercadista chino que no entiende castellano, como si no fuera lo más corriente del mundo que los supermercadistas chinos no comprendan el idioma. Y si dejamos eso de lado, vamos a ver un documental muy interesante y, hasta cierto punto, increíble.

Repite el domingo 20 a las 10.30 en el Hoyts 9.

Help Me Eros, de Lee Kang-sheng (Taiwán) [Selección Oficial Internacional]
Porta Fouz presentó al director (que también es actor) como la cara que más veces vimos en las pantallas del Bafici, porque laburó en varias películas de un abonado al festival, Tsai Ming-liang. Kang-sheng fue muy simpático, contó algo de la película, y pidió disculpas por no quedarse para el Q&A posterior, porque se iba para las Cataratas del Iguazú. Dijo que siempre soñó con conocerlas.

La película tiene un aire a Kim Ki-duk en algunas cosas (sí, ya sé que uno es coreano y el otro es taiwanés), como por ejemplo la crueldad con los animales y sobre todo esa calle con neón y chicas con poca ropa es muy parecida a la de Bad Guy. Pero acá el sexo no es un medio de humillación o de sumisión del otro, sino una vía de escape, aunque insuficiente. El sexo y la marihuana.

Visualmente atractiva, con cierto humor negro, algunas escenas asquerosas y otras sensuales, Help Me Eros cuenta la historia de Ah Jie (el propio Lee Kang-sheng), que vive encerrado en su departamento fumando marihuana y teniendo sexo con chicas, y se relaciona vía chat con una gorda que lo atendió una vez en el centro de atención al suicida. No hay un desarrollo demasiado profundo de la cuestión, el acento está puesto más bien en la psicodelia visual. La pasé bien, pero no me voló la cabeza como sí me la voló Bad Guy en su momento.

Fue la última proyección, y Lee Kang-sheng dijo: “No sé si todavía la compraron, pero si les gusta pidan que alguien la compre”. Es que, según dijo, tiene ganas de volver para visitar la Patagonia.

Ya me puse al día. Mañana tengo dos que me entusiasman: The Man from London y Smiley Face. Espero que no haya decepciones.