Las versiones proustianas II

Repito: no sé francés. Pero, ahora sí, estoy leyendo el primer tomo de En busca del tiempo perdido, en la traducción de Estela Canto. Podría decir solamente que en la célebre traducción de Pedro Salinas la criada se llama Francisca, y en la de Estela Canto se llama Françoise, y creo que no habría más que hablar. Pero acá voy a presentar un ejemplo demoledor (¡no hace falta saber francés!).

Dice Proust:

“Ah! c’est bien comme on disait dans le patois de ma pauvre mère:

«Qui du cul d’un chien s’amourose

«Il lui paraît une rose.»”

Dice Estela Canto:

“Ah, es como se decía en el dialecto de mi pobre madre: ‘Del culo de un perro se amorosa y cree que es una rosa’”.

Dice Pedro Salinas:

“Ya lo decían en la lengua de mi pobre madre:

Del trasero de un perro se enamorica
y llega a parecerle cosa bonica.

Existiendo la versión de Estela Canto, la de Pedro Salinas es ilegible.

Update: Sobre los traductores de Proust.

El amigo judío del pequeño Marcel

“Yo había oído hablar de Bergotte por primera vez a un camarada un poco mayor que yo, por el cual sentía una profunda admiración, Bloch. Al confesarle mi admiración por La Nuit d’Octobre, él había lanzado una carcajada estruendosa como una trompeta y había dicho:

-Desconfía de tu baja predilección por el señor De Musset. Es un cuco de los más malignos y un bruto siniestro. Reconozco por otra parte que tanto él como el mentado Racine han compuesto en sus vidas, cada uno a su manera, un verso bastante bien rimado y que, para mí, tiene el mérito supremo de no significar absolutamente nada. El de Musset es: La blanche Oloossone et la blanche Camyre y el de Racine: La fille de Minos et de Pasiphaé. Me fueron señalados en descargo de los dos malandrines en un artículo de mi muy querido maestro, el tío Leconte, grato a los dioses inmortales. A propósito, aquí tienes un libro que no he tenido tiempo de leer y que, según parece, ha recomendado ese inmenso buen hombre. Me han dicho que considera al autor, el señor Bergotte, como uno de los tipos más sutiles; y aunque en ocasiones ha dado pruebas de mansedumbre difíciles de explicar, su palabra es para mí oráculo délfico. Lee pues estas prosas líricas, y si el gigantesco coleccionista de rimas que ha escrito el Bhagavat y Le Lévrier de Magnus dijo la verdad, juro por Apolo que disfrutarás, caro maestro, los nectáreos goces del Olimpo…

Con este tono sarcástico me había pedido que lo llamara “caro maestro”, y él también me llamaba así. Pero en verdad sentíamos cierto placer en aquel juego, porque aún estábamos cerca de la edad en que uno cree crear lo que nombra.

Desgraciadamente no pude apaciguar, conversando con Bloch y pidiendo explicaciones, la confusión en la que él me había sumido al decirme que los versos hermosos (a mí que esperaba de ellos nada menos que la revelación de la verdad), eran tanto más hermosos cuando no significaban absolutamente nada. Bloch, en efecto, no volvió a ser invitado a casa. Al principio lo recibieron bien. Mi abuelo, es verdad, pretendía que cada vez que yo trababa con algún camarada más amistad que con los otros y lo traía a casa, ese camarada siempre era un judío, cosa que en principio no le desagradaba -incluso su amigo Swann era de origen judío- de no haber sido que le parecía que por lo general no era entre los mejores que yo elegía. Así, cuando yo llevaba un nuevo amigo, solía canturrear: “Oh Dios de nuestros padres” de La Juive o “Israel, rompe tus cadenas“, sin la letra, tarareando simplemente (Ti la lamtalam), pero yo tenía miedo que mi compañero conociera la tonada y restableciera las palabras.

Antes de haberlos visto, sólo con oír el nombre, que muchas veces no tenía nada de particularmente israelita, mi abuelo adivinaba no sólo el origen judío de aquellos amigos, que en efecto lo eran, sino lo que podía haber de turbio en sus familias.

-¿Y cómo se llama el amigo que vendrá esta noche?

-Dumont, abuelo.

-¿Dumont? Oh, no me fío…

Y cantaba:

Arqueros, vigilancia
Velad sin ruido y sin tregua…

Y después de hacernos, diestramente, algunas preguntas más precisas, exclamaba:

-En guardia, en guardia…

O si era el mismo paciente, llegado ya a casa, a quien él había obligado a confesar sus orígenes sin darse cuenta, mediante un interrogatorio disimulado, quería mostrarnos que ya no tenía dudas y se contentaba con mirarnos mientras canturreaba imperceptiblemente:

De ese tímido israelita
Los pasos hacia aquí guías…

o bien:

Campos paternos, Hebrón, dulce valle…

y también:

Sí, soy de la raza elegida…

Estas pequeñas manías de mi abuelo no implicaban ningún sentimiento de mala voluntad hacia mis camaradas. Pero Bloch había desagradado a mis padres por otros motivos. Había comenzado por irritar a mi padre que, al verlo mojado, le había dicho con interés:

-Pero, amigo Bloch, ¿cómo está el tiempo? ¿Ha llovido? No entiendo nada, ¡según el barómetro era excelente!

Y había obtenido esta respuesta:

-Señor: no puedo en absoluto decirle si ha llovido o no. Vivo decididamente tan fuera de las contingencias físicas que mis sentidos no se toman la molestia de notificármelas.

-Pero hijo mío, ¡qué idiota es tu amigo! -me dijo mi padre cuando Bloch se fue-. ¡Ni siquiera sabe decir si hace buen tiempo! ¡No hay nada más interesante! ¡Es un imbécil!

Después Bloch desagradó a mi abuela porque, al fin del almuerzo, cuando ella dijo que no se sentía bien, él había sofocado un sollozo y se había secado unas lágrimas.

-¿Cómo quieres que eso sea sincero -me dijo ella- si apenas me conoce? A menos que sea un loco…

Y finalmente había desagradado a todo el mundo porque, tras presentarse a almorzar con una hora y media de retraso y cubierto de barro, en lugar de disculparse, había dicho:

-Nunca me dejo influir por las perturbaciones de la atmósfera, ni por la división convencional del tiempo. Volvería a imponer de buena gana el uso de la pipa de opio y del kriss malayo, pero ignoro el uso de esos instrumentos infinitamente más perniciosos y chatamente burgueses: el reloj y el paraguas.

De todos modos hubiera podido volver a Combray. No era, sin embargo, el tipo de amigo que mis padres deseaban para mí; habían terminado por creer que las lágrimas que le había provocado la indisposición de mi abuela no eran fingidas; pero sabían por instinto o por experiencia que los impulsos de nuestra sensibilidad ejercen poco dominio sobre nuestros actos y la conducta de nuestra vida, y que el respeto a las obligaciones morales, la fidelidad a los amigos, la ejecución de una obra, la sujeción a un régimen, tienen un fundamento más seguro en las costumbres ciegas que en esos transportes momentáneos, ardientes y estériles. Hubieran preferido, en lugar de Bloch, unos compañeros que no me dieran más de lo que está convenido concederse entre amigos de acuerdo a las reglas de la moral burguesa; que no me mandaran una cesta de fruta tan sólo porque ese día habían pensado en mí con ternura, y que, sin ser capaces de hacer inclinar a mi favor la justa balanza de los deberes y las exigencias de la amistad con un simple movimiento de la imaginación y la sensibilidad, tampoco fueran capaces de falsearla para perjudicarme. Nuestros errores mismos apartan difícilmente del deber a esas naturalezas, de las que mi tía abuela era modelo, ella que, peleada desde hacía años con una sobrina con la cual no se hablaba, no modificó por eso su testamento y le dejó toda su fortuna, porque era su parienta más cercana y “así debía ser”.

Pero yo quería a Bloch, mis padres deseaban darme gusto y los problemas insolubles que me planteaba acerca de la belleza carente de sentido de la hija de Minos y de Pasífae me fatigaban tanto más y me dañaban más la salud que lo que hubieran podido hacerlo nuevas conversaciones con mi amigo, aunque mi madre las juzgara perniciosas. Y hubiera vuelto a ser recibido en Combray si, después de esa comida, no me hubiese dicho -noticia que más adelante tuvo mucha influencia sobre mi vida, volviéndola más feliz primero, más desdichada luego- que todas las mujeres sólo pensaban en el amor y que no existen mujeres cuyas resistencias no puedan ser vencidas, y que había oído decir, de manera muy cierta, que mi tía abuela había tenido una juventud tormentosa y había sido públicamente mantenida por hombres. No pude menos de repetir estos comentarios a mis padres, que pusieron a Bloch en la puerta cuando volvió a presentarse; más tarde, cuando lo abordé en la calle, me trató con extrema frialdad.

Pero en lo que se refiere a Bergotte había dicho la verdad.”

En busca del tiempo perdido. I. Del lado de Swann, Marcel Proust, 1913