Casos policiales

Tuvimos nuestro caso García Belsunce: un crimen en el seno de una familia poderosa y con contactos, perpetrado tal vez (no se sabe) por gente de la propia familia que, utilizando su dinero y su poder, trataron de encubrir el hecho para zafar.

Después vino el caso Dalmasso: también en un country, clase alta, el condimento sexual, y otra vez los contactos (tuvo que renunciar el secretario de Seguridad de Córdoba) y la sospecha sobre el círculo íntimo: se pensó que la había mandado a matar su marido, y hasta que la había matado su hijo, con quien habría tenido una relación incestuosa.

En ambos casos hubo un perejil. En el caso Belsunce, era Nicolás Pachelo; en el caso Dalmasso, Gastón Zárate, a quien mucha gente salió a defender en una marcha que se llamó “el perejilazo”.

Hay otra cosa que los dos casos tienen en común: no se sabe quién mató a María Marta, tampoco se sabe quién mató a Norita.

Pero ahora la historia se repite a nivel mundial. El caso es aún más misterioso porque ni siquiera hay cadáver, y es todavía más morboso porque la víctima es una nena de casi cuatro años: Madeleine McCann, una rubia y adorable inglesita. Otra vez la seguridad violada: la nena desapareció de un resort en una exclusiva playa de Portugal. Otra vez un perejil: Robert Murat.

Una nota excelente sobre el caso Madeleine.

Y acá también pueden comprar merchandising.

The Shock of Reality

Uno de los íconos de los noventa es esta publicidad de Benetton en donde se ve a un tipo (real) muriéndose de sida acompañado por su familia.

Corría el año 1991, el nombre de la campaña era The Shock of Reality y su ideólogo, el creativo Oliviero Toscani.

Aids - David Kirby

Ayer las marquesinas de Roma y los matutinos de Italia amanecieron con la foto de una modelo anoréxica completamente desnuda y la leyenda “No-anorexia”. Son la publicidad de la marca de ropa Nolita. El creador fue otra vez Toscani.

Anorexia

Anorexia

Maldición bíblica

“One of the saddest things is that the only thing that a man can do for eight hours a day, day after day, is work. You can’t eat eight hours a day nor drink for eight hours a day nor make love for eight hours—all you can do for eight hours is work. Which is the reason why man makes himself and everybody else so miserable and unhappy.”

William Faulkner en Writers at Work, de Malcolm Cowley, 1958

Es un afano, suspendanlón

Estuve viviendo más de dos años en Once (o Abasto, como usted prefiera), un barrio inhóspito y peligroso, repleto de pibes fumando en lata, arrebatadores de celulares, basura y tiroteos. He vuelto a mi casa de noche, de madrugada, borracho, drogado, con plata, a veces llevando una camarita digital. Nunca me pasó nada.

Hace tres meses me mudé a Palermo. El domingo estaba en el Piacere de Paraguay y Gurruchaga, clavándome una cerveza a la espera de River-Vélez, y entraron dos tipos armados. Con prolijidad y velocidad, uno vació la caja y el otro recolectó alrededor de cinco notebooks (el lugar tiene wi-fi). Expeditivos, se subieron a un auto rojo en donde los esperaba un tercer malhechor. Algunos comensales ni se dieron cuenta de lo que había pasado hasta que los ladrones huyeron y los dueños de las notebooks empezaron a patalear.

Estoy emocionado, creo que es mi primera anécdota sobre la inseguridad. Eso sí: nada que ver con el asalto de Tim Roth y Amanda Plummer al principio de Pulp Fiction. En ese sentido, fue una decepción.

A las víctimas de la espera

Primero, Sensini.

Encontré Llamadas telefónicas, libro de cuentos de Roberto Bolaño, en Clásica y Moderna y, a pesar de que no atravieso un período de bonanza económica, sino más bien todo lo contrario, y de que el libro costó sus buenos 28 pesos, y de que tengo muchos en la fila, me lo tuve que comprar.

En la contratapa, el anónimo reseñista de Anagrama recorre los argumentos de algunos de los relatos, muy a vuelo de pájaro, y empieza así:

“Sensini, un viejo escritor sudamericano exiliado -y aquí aparecen las sombras de Onetti y de Moyano, entre otros-, enseña a otro escritor más joven, también expatriado, la picaresca de los premios literarios de provincias.”

La reseña corresponde al excelente cuento Sensini, el primero del libro. Pero Luis Antonio Sensini, en el cuento, es autor de una novela de culto, espléndida, que narra la vida de Juan de Ugarte, un funcionario en el Virreinato del Río de la Plata. La novela, en el cuento, se llama Ugarte.

Por supuesto, nada de Onetti. Sensini es Di Benedetto. La novela es Zama. Sensini es un argentino exiliado en Madrid, durante la dictadura, y pertenece “a esa generación intermedia de escritores nacidos en los años veinte, después de Cortázar, Bioy, Sabato, Mujica Lainez…”. Sensini vuelve a la Argentina con la democracia, y muere a los pocos años.

Aunque técnicamente todo escritor argentino es a la vez sudamericano, ¿por qué la reseña dice que Sensini es “un viejo escritor sudamericano” y no “un viejo escritor argentino”? Tal vez porque “las sombras de Onetti” son uruguayas.

En todo caso, acá hay una nota de Juan Forn en donde Bolaño cuenta que la historia de Sensini/Di Benedetto ganándose el sustento diario participando de concursos literarios de provincias, durante su exilio madrileño, es verídica.