Brillando como una esclava negra

Jason Compson le cuenta a su hijo Quentin la historia de la familia Sutpen.

Charles Bon se compromete para casarse con Judith Sutpen, hermana de su amigo Henry, pero tiene un secreto: ya está casado y tiene un hijo con una esclava negra. Thomas, el padre de Henry y Judith, ya se enteró. Henry no le cree y decide acompañar a Charles a New Orleans para comprobarlo. Siempre según el relato de Jason, Charles se pregunta cómo revelarle la verdad a Henry. ¿Qué verdad? ¿Que tenía a una esclava negra por amante?

“(…) El joven (Henry Sutpen) vivía y se había educado en un medio donde el sexo opuesto se divide en tres campos bien definidos, separados (dos de ellos al menos) por un abismo que sólo puede franquearse una vez y en una sola dirección: damas, mujeres y hembras. Las vírgenes con quienes algún día se casaban los caballeros, las cortesanas que conocían durante sus escapadas a las ciudades, las doncellas y mujeres esclavas que servían de basamento a la primera categoría y a quienes ésta debía su propia virginidad.

No, no se asustaría por eso Henry, joven impetuoso, víctima del duro celibato de la cacería y la continua equitación que inflaman y tornan importuna la sangre de los jóvenes; él y sus compañeros se veían obligados a pasar el tiempo en esa forma ya que las jóvenes de su propia clase eran cosa vedada e inaccesible; y las mujeres de la segunda clase, casi tan inaccesibles como ellas en atención a la distancia y el dinero necesario. No les quedaban, pues, sino las pobres muchachas esclavas, las sirvientas a quienes sus amas blancas cuidaban y aseaban con esmero, o tal vez las esclavas del campo, con sus cuerpos sudorosos, cuando el joven se aproxima a caballo, llama al capataz vigilante y le dice: ‘Envíame a Juno, o a Misilena, o a Cloris’, y se aleja hasta el borde de la arboleda, y allí desmonta y aguarda.

No: lo peor era la ceremonia, que a pesar de haber sido compartida por una negra continuaba siendo, al fin y al cabo, una ceremonia: eso era lo que pensaba Bon.”

Luego, Charles le muestra a su amigo Henry la esclava y su hijo:

“(…) una mujer con cara de magnolia trágica, el eterno femenino, la eterna Dolorida. Y el hijo, el niñito durmiendo entre sedas y encajes, como era natural, y a pesar de todo, esclavo completo de quien lo había engendrado, esclavo en cuerpo y alma a quien su dueño podía vender (si se le antojaba) como un ternero, un cachorro o un corderito…”

Henry, que admira y ama a su amigo Charles, sólo atina a una tibia indignación: “Pero, ¡una mujer comprada, una prostituta!”

Entonces Jason Compson hace un alto en su relato e imagina cuál podría haber sido la réplica de Charles Bon:

“Y quizás prosiguiera con la misma suavidad mezclada ya con un poco de lástima, esa compasión cerebral sarcástica y pesimista que sienten los inteligentes antes las injusticias, las locuras y los sufrimientos humanos:

-Prostitutas, no. Y no por culpa nuestra, de nosotros mil. Nosotros, los mil hombres blancos, las hicimos, las creamos; hasta dictamos las leyes que declaran que una octava parte de cierta especie de sangre pesa más que los otros siete octavos de sangre diferente. Eso lo reconozco. Pero la raza blanca las hubiera convertido en esclavas, cocineras, sirvientas, hasta trabajadoras del campo si no fuera por nosotros, esos pocos hombres como yo, desprovistos de honor y de principios, como seguramente pensarás tú. No podemos, ni queremos quizás, salvar a todas; tal vez esas mil que salvamos constituyen apenas la milésima parte. Pero salvamos esa parte. Es posible que Dios conozca cada gorrión que ha creado, pero nosotros no pretendemos asemejarnos a El. Ni siquiera desearíamos ser como El, puesto que nadie quiere poseer más de uno de esos gorriones. Y es posible que cuando Dios contemple una casa como la que acabas de ver esta noche, no quiera que ninguno de nosotros sea como El, ahora que es anciano. Pero hubo una época en la que fue joven, estoy cierto de ello, y quien ha vivido tanto tiempo como El y ha visto pecar tanto, con tal crudeza y promiscuidad, tan sin decoro, recato ni belleza, ha de contemplar por fin (aunque los casos sean rarísimos y aislados) cómo se aplican los fundamentos del honor, la dignidad y la dulzura a esos instintos humanos naturales que vosotros, los anglosajones, insistís en llamar sensualidad, a pesar de lo cual en vuestras escapatorias volvéis a las cavernas primitivas para satisfacerlos, y tratáis de oscurecer y llenar de brumas vuestra caída del pedestal que llamáis ‘gracia’ con un torrente de explicaciones y rebeldías que claman al cielo. Luego volvéis a la gracia precedidos por clamores expiatorios de hastío y humillada flagelación, pero en ninguno de los dos: el desafío ni la expiación, puede hallar el Cielo interés ni siquiera diversión, después de tres o cuatro caídas consecutivas. Por ello es posible que, siendo Dios anciano, no se interese ya por la forma en que nosotros satisfacemos nuestra sensualidad, ni siquiera nos exija salvar este gorrión, puesto que no lo salvamos para merecer sus alabanzas. Pero lo cierto es que lo salvamos, y sin nosotros sería vendido al primer bruto que pudiera pagar el precio, y no por una noche, como se vende a una prostituta de raza blanca, sino para siempre, en cuerpo y alma, a quien puede usar de ella con mayor impunidad que de un animal, yegua o ternera, para luego dejarla de lado o venderla o matarla una vez que esté exhausta o ya no compense los gastos de su manutención. Sí, es el gorrión que el Creador no ha incluido en su cuenta. El plantó la simiente que la hizo florecer, la sangre blanca que daría forma y pigmento a lo que los hombres de nuestra raza llaman belleza femenina, el elemento femenino que preexistía, majestuoso y completo, en la cálida franja del ecuador mucho antes de que nuestra estirpe blanca descendiese de los árboles, perdiese su vello y quedase gradualmente descolorida. Un principio adecuado y dócil, lleno de esos arcaicos y extraños placeres de la carne (porque eso es todo: no hay otra cosa) de los cuales huyen aterradas y escandalizadas sus hermanas blancas de un turbio y musgoso ayer. Ese principio, que sus hermanas blancas se ven obligadas a convertir en asunto económico, como quien insiste en colocar mostrador, balanza y caja de caudales en una casa de comercio a cambio de un porcentaje determinado de las ganancias, reina, yacente y todopoderoso, desde el lecho de seda en penumbra que es su trono. No, no son prostitutas. Ni siquiera cortesanas; criaturas adecuadas desde la niñez, elegidas, enseñadas con mayor cuidado que cualquier niña de raza blanca, o reclusa, o jaca de pura sangre, por una persona que les dedica la atención insomne y vigilante que ninguna madre consagra a su hija. A cambio de un precio, claro está, pero un precio que se ofrece, y puede ser aceptado o rechazado mediante un mecanismo más rígido aún que el que se emplea para vender a las jóvenes blancas, formadas y enseñadas para desempeñar el único objeto de la vida femenina: amar, entretener, ser hermosas. No ven un solo rostro de hombre hasta que se las lleva a un baile donde son elegidas por algún caballero que no puede ni quiere, sino que está obligado a circundarlas del ambiente apropiado para amar, ser hermosas y entretener. Por lo general, ese hombre arriesga su vida o al menos, su sangre, para gozar de ese privilegio. No, no son prostitutas. A veces creo que son las únicas mujeres castas, para no decir las únicas vírgenes de América, pues permanecen fieles a ese hombre no hasta que mueren o les dé la libertad, sino hasta que la muerte llegue a ellas. ¿Dónde crees tú que hay prostitutas o señoras capaces de tan abnegada fidelidad?”

¡Absalón, Absalón!, William Faulkner, 1936

Una pelotuda más

Fragmento de una entrevista a Leonor Benedetto en la revista Veintitrés:

“Benedetto, que se define como ‘de una izquierda capitalista, porque estoy a favor de pelear por el desamparado pero no de una igualdad absoluta‘, da un ejemplo cercano: ‘Algo de la nueva política se usó en la campaña porteña. La no confrontación de Macri fue llamativa y me gustó. En cambio, que Filmus no nombrara al adversario y dijera que los que no lo votaron no eran pensantes, fue de la vieja política.’”

Es como si dijera: “Yo soy de una izquierda nazi, porque me gustan las canciones de Serrat pero creo que a los judíos habría que matarlos a todos”.

La risa

“He de indicar ahora, como síntoma no menos notable, la insensibilidad que de ordinario acompaña a la risa. Dijérase que lo cómico sólo puede producirse cuando recae en una superficie espiritual lisa y tranquila. Su medio natural es la indiferencia. No hay mayor enemigo de la risa que la emoción. No quiero decir que no podamos reírnos de una persona que, por ejemplo, nos inspire piedad y hasta afecto; pero en este caso será preciso que por unos instantes olvidemos ese afecto y acallemos esa piedad. En una sociedad de inteligencias puras quizá no se llorase, pero probablemente se reiría, al paso que entre almas sensibles, concertadas al unísono, en las que todo acontecimiento produjese una resonancia sentimental, no se conocería ni comprendería la risa. Probad por un momento a interesaros por cuanto se dice y cuanto se hace; obrad mentalmente con los que practican la acción; sentid con los que sienten; dad, en fin, a vuestra simpatía su más amplia expansión, y como al conjuro de una varita mágica, veréis que las cosas más frívolas se convierten en graves y que todo se reviste de matices severos. Desimpresionaos ahora, asistid a la vida como espectador indiferente, y tendréis muchos dramas trocados en comedia. Basta que cerremos nuestros oídos a los acordes de la música en un salón de baile, para que al punto nos parezcan ridículos los danzarines. ¿Cuántos hechos humanos resistirían a esta prueba? ¿Cuántas cosas no veríamos pasar de lo grave a lo cómico si las aislásemos de la música del sentimiento que las acompaña? Lo cómico, para producir todo su efecto, exige como una anestesia momentánea del corazón. Se dirige a la inteligencia pura.”

La risa, Henri Bergson, 1900