Normal

Christopher y Paulie van a brindar.

Chris: -To business.

Paulie: -You’re gonna jinx me? Toast with water?

Chris: -It’s club soda. What’s your problem?

Paulie: -You got the problem, my friend. You’re a real fucking drip lately.

Chris: -When I was using, I was a disgrace. Now I’m sober, I’m a drip. What the fuck you want from me?!

Paulie: -How’s about being normal? That so fucking hard?

Chris: -Actually, yeah, Paulie, for some of us it is.

Los Sopranos

Una jodita

Pocos meses después de la revolución cubana, Fidel Castro envía una comitiva a distintos países comunistas para establecer relaciones diplomáticas y económicas. Al frente de la comitiva está el Che, y también José Pardo Llada, un politólogo y comentarista de radio que tenía mucha audiencia en Cuba. Pardo Llada luego contaría varias anécdotas. Por ejemplo, la siguiente, durante la visita de la comitiva a Indonesia:

“En Yakarta hizo buenas migas con un amable compatriota, el embajador argentino. Antes de reunirse con Sukarno, su paisano lo entretuvo con historias sobre el sibaritismo del caudillo indonesio, que vivía como un monarca y mantenía un harén de mujeres de distintas nacionalidades. La favorita del momento, dijo, era una rusa, ‘regalo’ de Nikita Jrushov.

El diplomático argentino acompañó al Che a palacio para servirle de intérprete. Sukarno quiso exhibir su colección de pinturas. La visita se prolongaba, interminable, y Pardo intuía que el Che se estaba poniendo nervioso. Por fin rompió el silencio: ‘Bueno, señor Sukarno, pero en todo este recorrido no hemos visto a la rusita que dicen es lo mejor que usted tiene en la colección.’ Afortunadamente, Sukarno no sabía español. El embajador argentino, a punto de desmayarse por el escándalo y la incredulidad, se recuperó a tiempo para inventar una pregunta sobre la economía de Indonesia. Más tarde el Che se rió a carcajadas.”

Che, una vida revolucionaria, Jon Lee Anderson, 1997

Capacidades especiales

Titular de la última Barcelona:

“Creen que, para captar el voto de los discapacitados, a PRO le rindió más tener como vice ‘a una paralítica como Michetti que a un débil mental como Rodríguez Larreta’”

Lorenzo

“(…) Érase una vez un niño pobre de Chile… El niño se llamaba Lorenzo, creo, no estoy seguro, y he olvidado su apellido, pero más de uno lo recordará, y le gustaba jugar y subirse a los árboles y a los postes de alta tensión. Un día se subió a uno de estos postes y recibió una descarga tan fuerte que perdió los dos brazos. Se los tuvieron que amputar casi hasta la altura de los hombros. Así que Lorenzo creció en Chile y sin brazos, lo que de por sí hacía su situación bastante desventajosa, pero encima creció en el Chile de Pinochet, lo que convertía cualquier situación desventajosa en desesperada, pero esto no era todo, pues pronto descubrió que era homosexual, lo que convertía la situación desesperada en inconcebible e inenarrable.

Con todos esos condicionantes no fue raro que Lorenzo se hiciera artista. (¿Qué otra cosa podía ser?) Pero es difícil ser artista en el Tercer Mundo si uno es pobre, no tiene brazos y encima es marica. Así que Lorenzo se dedicó por un tiempo a hacer otras cosas. Estudiaba y aprendía. Cantaba en las calles. Y se enamoraba, pues era un romántico impenitente. Sus desilusiones (para no hablar de humillaciones, desprecios, ninguneos) fueron terribles y un día -día marcado con piedra blanca- decidió suicidarse. Una tarde de verano particularmente triste, cuando el sol se ocultaba en el océano Pacífico, Lorenzo saltó al mar desde una roca usada exclusivamente por suicidas (y que no falta en cada trozo de litoral chileno que se precie). Se hundió como una piedra, con los ojos abiertos y vio el agua cada vez más negra y las burbujas que salían de sus labios y luego, con un movimiento de piernas involuntario, salió a flote. Las olas no le dejaron ver la playa, sólo las rocas y a lo lejos los mástiles de unas embarcaciones de recreo o de pesca. Después volvió a hundirse. Tampoco en esta ocasión cerró los ojos: movió la cabeza con calma (calma de anestesiado) y buscó con la mirada algo, lo que fuera, pero que fuera hermoso, para retenerlo en el instante final. Pero la negrura velaba cualquier objeto que bajara con él hacia las profundidades y nada vio. Su vida entonces, tal cual enseña la leyenda, desfiló por delante de sus ojos como una película. Algunos trozos eran en blanco y negro y otros a colores. El amor de su pobre madre abrazándolo por la noche cuando todo en las poblaciones pobres de Chile parece pender de un hilo (en blanco y negro), los temblores, las noches en que se orinaba en la cama, los hospitales, las miradas, el zoológico de las miradas (a colores), los amigos que comparten lo poco que tienen, la música que nos consuela, la marihuana, la belleza revelada en sitios inverosímiles (en blanco y negro), el amor perfecto y breve como un soneto de Góngora, la certeza fatal (pero rabiosa dentro de la fatalidad) de que sólo se vive una vez. Con repentino valor decidió que no iba a morir. Dice que dijo ahora o nunca y volvió a la superficie. El ascenso le pareció interminable; mantenerse a flote, casi insoportable, pero lo consiguió. Esa tarde aprendió a nadar sin brazos, como una anguila o como una serpiente. Matarse, dijo, en esta coyuntura sociopolítica, es absurdo y redundante. Mejor convertirse en poeta secreto.

A partir de entonces comenzó a pintar (con la boca y con los pies), comenzó a bailar, comenzó a escribir poemas y cartas de amor, comenzó a tocar instrumentos y a componer canciones (una foto nos lo muestra tocando el piano con los dedos de los pies; el artista mira a cámara y sonríe), comenzó a ahorrar dinero para marcharse de Chile.

Le costó pero al final se pudo ir. La vida en Europa, por supuesto, no fue mucho más fácil. Durante un tiempo, años tal vez (aunque Lorenzo, más joven que yo y Bibiano y muchísimo más joven que Soto y Stein, salió de Chile cuando el alud del exilio había remitido), se ganó la vida como músico y bailarín callejero en ciudades de Holanda (que adoraba) y de Alemania y de Italia. Vivía en pensiones, en los sectores de la ciudad donde viven los emigrantes magrebíes o turcos o africanos, algunas temporadas felices en casas de amantes a los que terminaba abandonando o viceversa, y después de cada jornada de trabajo callejero, después de las copas en bares gay o de las sesiones ininterrumpidas en las cinematecas, Lorenzo (o Lorenza, como también le gustaba ser llamado) se encerraba en su cuarto y se dedicaba a pintar o a escribir. Durante muchos períodos de su vida vivió solo. Algunos se referían a él como la acróbata ermitaña. Los amigos le preguntaban cómo se limpiaba el culo después de hacer caca, cómo pagaba en la tienda de fruta, cómo guardaba el dinero, cómo cocinaba. Cómo, por Dios, podía vivir solo. Lorenzo contestaba a todas las preguntas y la respuesta, casi siempre, era el ingenio. Con ingenio uno o una se las apañaba para hacer de todo. Si Blaise Cendrars, por poner un ejemplo, con un solo brazo le podía ganar boxeando al más pintado, cómo no iba a ser él capaz de limpiarse -y muy bien- su culo después de cagar.

En Alemania, tierra curiosa pero que a menudo producía escalofríos, se compró unas prótesis. Parecían brazos de verdad y le gustaron más que nada por la sensación de ciencia-ficción, de robótica, de sentirse ciborg que tenía cuando caminaba con las prótesis puestas. Visto desde lejos, por ejemplo avanzando al encuentro de un amigo en un horizonte violeta, parecía que tenía brazos de verdad. Pero se los quitaba cuando trabajaba en la calle y a sus amantes, aquellos que no sabían que se trataba de prótesis, lo primero que les decía era que carecía de brazos. A algunos, incluso, les gustaba más así, sin brazos.

Poco antes de la magna Olimpiada de Barcelona, un actor o una actriz catalana o un grupo de actores catalanes de viaje por Alemania lo vieron actuar en la calle, tal vez en un teatro pequeño, y se lo contaron al encargado de buscar a alguien que encarnara a Petra, el personaje de Mariscal y mascota o tal vez más acertadamente emblema de las pruebas paraolímpicas que se hicieron inmediatamente después. Dicen que cuando Mariscal lo vio embutido en el traje de Petra, haciendo virguerías con las piernas como un bailarín esquizofrénico del Bolshoi, dijo: es la Petra de mis sueños. (Dicen que Mariscal es así de escueto.) Después, cuando hablaron, un Mariscal fascinado le ofreció a Lorenzo su estudio para que se viniera a Barcelona a pintar, a escribir, a lo que fuera. (Dicen que es así de generoso.) En realidad, Lorenzo o Lorenza no necesitaba el estudio de Mariscal para ser más feliz de lo que fue durante la celebración de los Juegos Paraolímpicos. Desde el primer día se convirtió en el favorito de la prensa, las entrevistas le llovían, parecía que Petra estaba eclipsando al mismísimo Cobi. Por aquel entonces yo estaba internado en el Hospital Valle Hebrón de Barcelona con el hígado hecho polvo y me enteraba de sus triunfos, de sus chistes, de sus anécdotas, leyendo dos o tres periódicos diariamente. A veces, leyendo sus entrevistas, me daban ataques de risa. Otras veces me ponía a llorar. También lo vi en la televisión. Hacía muy bien su papel.

Tres años después supe que había muerto de sida. La persona que me lo dijo no sabía si en Alemania o en Sudamérica (no sabía que era chileno).”

Estrella distante, Roberto Bolaño, 1996

Escribir / Insultar

“El insulto, el insulto es tan fuerte como la escritura. Es una escritura, pero dirigida. He insultado a gente en mis artículos y produce tanta satisfacción como escribir un buen poema.”

Escribir, Marguerite Duras, 1993