Que se mueran los feos

Estoy en plena mudanza, revolviendo libros viejos y eligiendo cuáles van a quedar atrás y cuáles me acompañarán por lo menos hasta la próxima mudanza (que espero será dentro de muchos, muchísimos años). Algunos están dedicados y me traen nostalgia, otros sólo me traen nostalgia. Por ejemplo: La espuma de los días, de Boris Vian, edición de Alianza de 1993, y su prefacio:

“En la vida, lo esencial es formular juicios a priori sobre todas las cosas. En efecto, parece ser que las masas están equivocadas y que los individuos tienen siempre razón. Es menester guardarse de deducir de esto normas de conducta: no tienen por qué ser formuladas para ser observadas. En realidad, sólo existen dos cosas importantes: el amor, en todas sus formas, con mujeres hermosas, y la música de Nueva Orleans o de Duke Ellington. Todo lo demás debería desaparecer porque lo demás es feo, y toda la fuerza de las páginas de demostración que siguen procede del hecho de que la historia es enteramente verdadera, ya que me la he inventado yo de cabo a rabo. Su realización material propiamente dicha consiste, en esencia, en una proyección de la realidad, en una atmósfera oblicua y recalentada, sobre un plano de referencia irregularmente ondulado y que presenta una distorsión. Como puede verse, es un procedimiento confesable donde los haya.”

No me acordaba para nada de este comienzo de la novela, de la que sólo recordaba a Chloé desnuda con medias y zapatos blancos de taco alto, y a Chick y su fanatismo por un filósofo, un tal Jean-Sol Partre. Sin embargo, uno de los primeros posts de este blog está dedicado a Boris Vian, y definitivamente el espíritu del prefacio de La espuma de los días es el de esta humilde bitácora, pronta a cumplir cuatro años.

Las versiones proustianas

No es que de pronto me haya obsesionado con el asunto, pero caminaba hoy por Lavalle casi llegando a Ayacucho, y un objeto verde, hermosísimo, me llamó la atención desde la vidriera de una librería. No me llamó la atención por lo verde ni por lo hermosísimo, sino porque el título era medio raro: A la busca del tiempo perdido.

Resulta que es una traducción relativamente nueva que incluye bastante contexto y, lo mejor, está toda realizada por un mismo traductor: un tal Mauro Armiño. Creo que es la primera vez que una misma persona traduce las siete partes, al menos al español. Pero, ¿por qué le puso A la busca… y no En busca…? Entiendo que tal vez a uno le suene mejor En busca… por una cuestión de costumbre, porque la novela es super famosa y siempre se tradujo como En busca del tiempo perdido y, parafraseando a Borges, toda modificación es sacrílega y no podemos concebir otro título.

Puede ser, pero de todas formas: A la busca… es muy castizo. Uno no dice “voy a la busca de un vaso”, sino “voy en busca de un vaso”. (Es verdad que lo que uno dice más bien es “voy a buscar un vaso”, y lo análogo sería Buscando el tiempo perdido).

La primera parte, Du côté de chez Swann, está traducida como Por la parte de Swann, diferenciándose de la más usual Por el camino de Swann. Es opinable.

Pero la famosísima primera línea, que en francés dice “Longtemps, je me suis couché de bonne heure”, y que la mayoría de las veces se tradujo como “Mucho tiempo he estado acostándome temprano”, el señor Armiño la reescribió así: “Mucho tiempo me acosté temprano”.

No leí la novela, no sé francés, estoy seguro de que Mauro Armiño sabe mucho más que yo (al menos sobre Proust, y seguro sobre muchas cosas más), pero, ¿”Mucho tiempo me acosté temprano”? ¿Vos decís?

Update: me informa un lector que existe una traducción completa de la novela hecha por Estela Canto. La primera oración dice “Durante mucho tiempo me acosté temprano”: más correcta que la de Armiño y menos castiza que el “he estado”. El primer tomo no se titula Por el camino de Swann ni Por la parte de Swann, sino Del lado de Swann. Obviamente, la novela conserva el título de En busca del tiempo perdido.

Las versiones faulknerianas

Queriendo inmiscuirme en el arduo mundo del amigo William Faulkner, me compré una edición de El sonido y la furia que forma parte de una colección de Premios Nobel que sacó La Nación, y que incluye también títulos de Hemingway, Herman Hesse, etc. En la contratapa tiene un pequeño comentario del nunca bien ponderado Ernesto Sabato, pero ello no fue obstáculo para comprarlo. Era barato y no es un libro que se consiga tan fácilmente.

No hizo falta pasar de la primera página para encontrar la indignación: el negro Luster está retando al idiota Benjy Compson y le dice “deje de gimplar”. ¿Que deje de qué? Tuve que ir a la RAE: gimplar no figura, pero sí jimplar; de ahí te manda a himplar, en donde hay dos definiciones. La primera: “Dicho de una onza o de una pantera: Emitir su voz natural”. La segunda, te manda que busques la palabra himpar.

Yo ya me estaba sintiendo como si estuviera haciendo un trámite en alguna dependencia pública argentina, deambulando de ventanilla en ventanilla, monotributistas tercer piso, regimen estatal atendemos los martes. Y todo para encontrar que himpar significa “gemir con hipo”.

Busqué en la web la versión en inglés: “Hush up that moaning”, escribió Faulkner.

Hoy anduve por la legendaria Librería del colegio, ahí por la Manzana de las Luces, y encontré una edición vieja de El sonido y la furia, impresa en Buenos Aires en 1947. La traducción es la primera en español (épocas de gloria) y la firma Floreal Mazía. El amigo Floreal no se anda con vueltas y pone “llorar”, aunque exagera demasiado, hasta la parodia, el habla sureña de Luster.

Dice Faulkner:

“Listen at you, now.” Luster said. “Aint you something, thirty three years old, going on that way. After I done went all the way to town to buy you that cake. Hush up that moaning. Aint you going to help me find that quarter so I can go to the show tonight.”

Dice el anónimo gimplar:

“Fíjese”. dijo Luster. “Con treinta y tres años que tiene y mire cómo se pone. Después de haberme ido hasta el pueblo a comprarle la tarta. Deje de gimplar. Es que no me va a ayudar a buscar los veinticinco centavos para poder ir yo a la función de esta noche”.

Dice Floreal Mazía:

-Ecucha -dijo Luster-. No te pa’ece que y’é demasiado, teint’y tres años y potándote d’ete modo. Depué’ que fui hata’l pueblo para comprate esa tota. Deja de yorá’. No vasa’yudame a’ncontrá’ esa moneda de veinticico cetavos para que pueda í’ eta noche a la función.

Se largó (la carrera electoral)

Para un poco la tormenta, apago las velas (por supuesto, estoy sin luz) y bajo a ver qué onda. La esquina de Valentín Gómez y Jean Jaures está inundada. Hace dos años que vivo acá, y jamás se había inundado. Le pregunto a la kiosquera de la cuadra, que está a unos quince metros de la esquina. Me señala con la ojota el escalón de entrada al kiosco, al lado de los cajones de naranjas (es un kiosco-verdulería-almacén, tiene de todo), y me dice: “Hasta acá llegó el agua. Primera vez en 27 años que vivo acá…”.

Y Macri, en un piso alto de alguna torre, brinda con champán.

Una que resucitó

Llego a mi casa y encuentro un mensajito de MSN de una chica que no conozco y que me dice:

maru dice:
mejor que estés ausente
maru dice:
no sé quién sos, nunca te ví, nunca hablamos y ni siquiera sé si tenés foto, manejo un msn viejo
maru dice:
pero ayer soñé que cogíamos en un banco de mi facultad
maru dice:
me pareció que tenías que saberlo
maru dice:
chau!

Una táctica bastante inteligente para salirse del grupo de los muertos.