Estoy en plena mudanza, revolviendo libros viejos y eligiendo cuáles van a quedar atrás y cuáles me acompañarán por lo menos hasta la próxima mudanza (que espero será dentro de muchos, muchísimos años). Algunos están dedicados y me traen nostalgia, otros sólo me traen nostalgia. Por ejemplo: La espuma de los días, de Boris Vian, edición de Alianza de 1993, y su prefacio:
“En la vida, lo esencial es formular juicios a priori sobre todas las cosas. En efecto, parece ser que las masas están equivocadas y que los individuos tienen siempre razón. Es menester guardarse de deducir de esto normas de conducta: no tienen por qué ser formuladas para ser observadas. En realidad, sólo existen dos cosas importantes: el amor, en todas sus formas, con mujeres hermosas, y la música de Nueva Orleans o de Duke Ellington. Todo lo demás debería desaparecer porque lo demás es feo, y toda la fuerza de las páginas de demostración que siguen procede del hecho de que la historia es enteramente verdadera, ya que me la he inventado yo de cabo a rabo. Su realización material propiamente dicha consiste, en esencia, en una proyección de la realidad, en una atmósfera oblicua y recalentada, sobre un plano de referencia irregularmente ondulado y que presenta una distorsión. Como puede verse, es un procedimiento confesable donde los haya.”
No me acordaba para nada de este comienzo de la novela, de la que sólo recordaba a Chloé desnuda con medias y zapatos blancos de taco alto, y a Chick y su fanatismo por un filósofo, un tal Jean-Sol Partre. Sin embargo, uno de los primeros posts de este blog está dedicado a Boris Vian, y definitivamente el espíritu del prefacio de La espuma de los días es el de esta humilde bitácora, pronta a cumplir cuatro años.