“Dice Charly:
-Esta es Alejandrita, una genio con la que descubrimos la fórmula de ‘El secreto de la felicidad’.
-¿El secreto de la felicidad?
-Sí. Consiste en un trago: menta, agua y dos hielos.
-La bebida que tomabas en aquellos días terribles.
-Exactamente. Justo cuando estábamos midiendo los hielos entraron los del loquero.
-¿Midiendo los hielos?
-En esta misma pieza. Estábamos tratando de medir la exacta proporción de un trago que inventó mi papá.
-¿Tu papá inventó “El secreto de la felicidad”?
-No. Mi papá no sabía que lo había inventado. Mi viejo era un tipo un poco especial. Su familia venía de Holanda, era un ricachón, muy educado, al que le costaba mucho expresar sus emociones. Pero cuando lo hacía era muy fuerte: lloraba, cantaba, te abrazaba, era un divino. El resto del tiempo podía llegar a tener un malhumor imbancable. Yo empecé a observar, que cada vez que mi papá tomaba su trago de menta, se ponía espléndido. Entonces, mis primeras borracheras fueron por comprobar los efectos de ese líquido verde que había en el bar de mi casa. Era uno de esos muebles con un tipo de iluminación que hacía brillar las botellas. La menta parecía kriptonita. Un líquido maravilloso.
-¿Cuántos años tenías?
-Siete u ocho. Un día decidí quedarme en el porche y espiar a mi papá para ver exactamente cómo preparaba su maravilloso trago. Y descubrí la fórmula: menta, agua de la canilla y dos hielos.
-Ese era el sabor de tu mejor papá.
-Por eso le dije a Alejandra que teníamos que patentar el trago. ¿Pero qué íbamos a patentar? La menta era de la fábrica Bols y comprar la fábrica no podía. El agua era de la canilla y los hielos, finalmente, también. Entonces fuimos al shopping, compramos instrumentos de medición y comenzamos a preparar el trago. Lo que íbamos a patentar era la cantidad exacta de cada cosa. Justo cuando estábamos midiendo los hielos llegaron los del loquero que mandó mi mamá. Entraron, me pegaron unas piñas, me aplicaron por la fuerza una inyección y, mientras luchaba como un descosido contra esos tipos, miraba cómo dentro del vaso se derretían los hielos. Lo único que después se pudo medir es la cantidad de líquido que quedó en el vaso.
-¿Y lo patentaron con papeles y todo?
-Sí. Sí, registramos que el vaso tiene que ser de trago largo y medir 16 centímetros de alto por 6,5 de circunferencia. Se le pone un poco de menta, dos hielos y agua hasta alcanzar nueve centímetros. El color tiene que ser un poco más claro que la menta, no mucho.”
Entrevista de Claudia Acuña a Charly García, Revista Rolling Stone Nº 15, junio de 1999 (incluída en Las mejores entrevistas de Rolling Stone, regalo de papanuel)