La policía de Inglaterra, desconcertadísima. Un maniático anda suelto en Yorkshire, condado éste donde pululan mujeres epicúreas y concupiscentes. Constantemente atragantado, inquieto y trémulo, el chiflado trastabilla por las calles, mirando severo a una chica, hablando rígido con otra. Distraído cual anacoreta se tortura a sabiendas con ascetismos, mortificaciones y penitencias. Falsa templanza, pues, en la intimidad de su corazón. Con la fealdad de un puritano implacable, exige respeto por sus duros ángulos. Tieso, el muy solemne, se acongoja si una mujer no se conmueve con sus silencios y paredes blancas. Toma a las chicas y olvida sus pieles, sus vientres, sus cuellos. Las olvida de oreja a oreja. Cuando las tiene a su merced se distrae y abandona. Luego huye ensimismado, el inatento, pisando con descuido, en medio de londinenses nieblas de Nirvana
Un famoso profesor, experto en proyectiles balísticos y física teórico-práctica, fue confundido con Jack el Distraído pues la semana pasada se olvidó a su mujer en el cine. La policía pudo, a duras penas, rescatarlo de la multitud furiosa que pretendía lincharlo. El científico permaneció demorado varias horas en Scotland Yard hasta que pudo aclarar su situación.
El Yorkning Post ofreció una recompensa de 20.000 libras esterlinas, moneda británica del Reino, a quien aporte datos que conduzcan a la detención del Olvidador, pero, hasta el momento, el misterioso lunático sigue haciendo de las suyas.
El pasado miércoles, una bulliciosa manifestación de quinientas enfurecidas mujeres apedreó las ventanas del matutino Cocodriling Post. Esta protesta tiene como origen una de las tiras cómicas del citado periódico donde se narran las aventuras de un distraído personaje.
Según las activistas, “son infames chistes como ése los que estimulan la aparición de olvidadores. Así la vida pasa. Cuando quiera acordarse de nosotras, el Olvidador ya será viejo y estará frito. ¿Qué tal, señor Jack, quienquiera que sea y esté donde esté? ¿Qué tal esas arruguitas y patas de gallo?”
Declaraciones de Glenda Bradford, la primera víctima. “Le pedí fuego. Al principio no me escuchó pues iba distraído. Eso debió alertarme, pero… ¡soy tan estúpida! Tuve que repetirle mi pedido. Presa de la mayor confusión -quién sabe qué ensueño delicioso había yo interrumpido- manoteó por sus fósforos. Abrió la cajita con tanta violencia que varias cerillas cayeron al pavimento. Quedé helada ante esa falta de respeto por la realidad material. Ya furiosa pregunté: ‘Dígame, ¿es un ermitaño usted?’ ‘¿Ermitaño? ¡De ninguna manera! ¿Por qué lo dice?’ ‘Por nada. Déme fuego.’
“Casi se agachó para recoger los fósforos. Tuvo el tino de no hacerlo, pero no el suficiente como para evitar que yo me percatase de su duda. Cuando finalmente logró encender uno, luego de dos o tres nerviosos actos fallidos, casi me prendió el cigarrillo por la mitad. ‘Cuidado, ¿qué hace?’, exclamé. Yo ya llevaba cinco terribles minutos, por lo menos, preguntándome qué hacía allí, qué inercia viciosa me retenía y por cuál razón aún no me había mandado a mudar. Habiendo tantas personas en el condado tenía que abordar justo a ese tipo. Lo describiré para que a otra no le pase lo mismo. No muy alto, teniendo en cuenta que es inglés: un metro con ochenta. Rubio, pómulos salientes, manos peludas -de troglodita-, cejas negras y muy pobladas. Vestiría correctamente si no fuera porque se olvida de ponerse algunas cosas y de planchar otras.”
Declaraciones de Maureen Preston. “Había oído hablar del Olvidador, por supuesto, pero una nunca piensa que le va a tocar. Lo primero que hizo fue empezar a contarme chistes herméticos: ‘El rostro vacío del niño consultó la ventana vacía. Ulises. Joyce.’ ‘¿Cómo dijo?’, pregunté muy confundida. Pensando que el estilo tenía la culpa de que yo no entendiese su chiste excelente, me lo repitió con variación: ‘El niño, con su mirada vacía, consultó la ventana vacía. Ulises. Joyce.’
“Con seguridad, decir que yo era su ventana, le debió parecer altamente seductor. Me pregunté si estaba ante un oligofrénico. Muy conmovedor, sin duda, el hecho de compararme a una ventana vacía. Pero lo más increíble era la forma como repetía una vez y otra la última frase: ‘Ulises. Joyce.’, con un tono eléctrico, festivo, buscando complicidad: como ante una maravilla regia. Me había encontrado con el idiota patrón del cuento, el de iridio y platino que está guardado en París.
“Luego de varios intentos por interesarme en las pinturas de Altamira y su influencia en la arquitectura, particularmente en el gótico radiante -su tesis-, quedó mudo. Con los ojos clavados en mi boca. Yo ya me iba. Entonces, a unos tres metros de mí, parloteó (sin duda para asegurarse de que volviera a conversar con él la próxima vez): ‘Mujeres, dijo el penado alto. Las palmeras. Faulkner.’
“Hasta el día de hoy ignoro por qué no le pregunté lo que me salía del corazón: ‘Dígame, ¿usted siempre fue así?, ¿había degenerados en su familia?’
“Debí darme cuenta. Estaba ante Jack, el Olvidador de Yorkshire.”
Así las cosas, una extraña carta llegó al despacho de Teddy O’Connor Dowding, jefe de policía de Leeds (la pieza postal tardó un tiempo increíble en llegar pues el remitente había olvidado poner las estampillas y parte de la dirección):
“Mi próxima distracción la cometeré en Halifax. Hay muchas mujeres hermosas allí, hermosas y vitales. Elegiré la más linda, la que más me guste y pensaré en cualquier otra cosa. Para no caer en tentaciones llevaré un diario. El Cocodriling Post, por ejemplo. En el momento adecuado leeré alguna idiotez. Las cosas que se dicen sobre mí, quizá.
“Suyo afectísimo, el Olvidador.”
Indignado ante tal desmesurada soberbia y cinismo, el jefe de policía declaró: “No descansaré un solo minuto, ni de día ni de noche, hasta atraparlo. Ya caerá este maldito fanfarrón. No vive y además se jacta. Se pavonea, el megalomaníaco pisto. The Living Police aplastará sus ínfulas atufadas, humos y moños. ¿Endiosa su silla de ruedas mentales? Pues bien: dejen nomás que yo le eche una mano.”
Este raro lenguaje parapolicial debemos atribuirlo, sin duda, al abatimiento que sufría Teddy O’Connor Dowding durante esos días. Pero sus bellas frases habrían de ser aniquiladas poco después mediante una nueva andanada de sofismas descargada por el Olvidador. En efecto, algunos días más tarde, O’Connor Dowding recibió una cinta magnética:
“Yo soy Jack, el Olvidador. ¿Cómo estás Teddy? Encantado de hablar contigo, viejo. No lo tomes como algo personal, Teddy, pero la verdad es que has sido bastante tonto.
“Te tomaste demasiado en serio mi última carta. Largaste a tus mujeres policías a patrullar Halifax. Tonto de ti, Teddy, viejo. Ellas paseaban con sus escotes mostrando abundancias no victorianas. Esta vez casi me agarraron, lo confieso. Sabía que era una trampa pero igual estuve por acercarme a una de esas chicas. Resistí la tentación. Luego me sentí muy culpable por rechazar la vida, mientras los años se acercan amenazando con deslomarme. Si hay algo que me encanta es sentirme culpable, Teddy. Ya ves. Por ese lado no va. Tu plan no resulta. Lo tengo todo bajo control.
“Ignoro dónde cometeré mi próxima distracción. Tal vez en una fiesta, en la cual alguna mujer podría hacerme feliz si estuviese atento. Creo que en julio llegaré tarde a una cita en Preston. Las mujeres no aprenden, Teddy, son dadoras de segundas y terceras oportunidades. Como la vida. ¿Para qué pierden el tiempo con un tipo como yo, que con sus masoquismos tiene bastante?
“Hasta la próxima, Teddy. Con afecto, Jack el Olvidador.”
Carta recibida por el Yorkning Post: “Sr. Director: a través de los periódicos he sabido de la existencia de un distraído llamado el Olvidador de Yorkshire. Como este maniático envió su voz grabada en una cinta, se me ocurrió un plan para atraparlo. Usted sabe que la voz humana es como una impresión digital. Ahora bien, ese registro puede brindarse como dato a una máquina electrónica. Dicha máquina, luego, con el registro de la voz del asesino de la atención en el banco de memorias, servirá para detenerlo. Si logramos que hable frente a ella, y el mecanismo está preparado, se encenderá una luz roja en un comando, lo cual hará que Jack sea detectado. Sabremos que es él, con toda certeza.
“Cuento con la vanidad del maniático. Por otro lado, él quiere que lo agarren de una buena vez. Es el primero en desear que no continúe toda esta locura. El Yorkning Post puede orgaizar una suerte de falsa campaña: ‘¿Por qué olvida el Olvidador? ¿Qué clase de vida hará? ¿Qué sugerencia tiene usted para cazarlo? Premiaremos la mejor historia. No aceptamos correspondencia. Venga a discutir sus ideas con nosotros.’ Algo por el estilo. De acuerdo con las declaraciones de las víctimas, podemos deducir que este personaje es escritor. Pero uno muy especial, cuyo arte, en lugar de contribuir a la vida, la destruye. Lo más probable es que haya escrito incontables libros. Novelas larguísimas en varios tomos; como se dice: ‘pura literatura’. Es un dato. Como el Olvidador está lleno de vanidad -prueba de ello son las cartas y cinta magnética que envió a Teddy O’Connor Dowding, el jefe de policía- y además es un frívolo (como todos los herméticos) pienso que no resistirá la tentación de contar su propia historia. Se dirá: ‘No sólo no pueden atraparme sino que, incluso, ganaré algún dinero presentando la mejor hipótesis sobre el Olvidador.’ El problema es que a lo mejor planea ir y después se olvida. No sé, ¿a usted qué le parece?
“Lo saluda con respeto Oscar Fingaal O’Flaherty Wills; lord Wooton.”
No sabemos cuál será el final de esta historia. Hasta el momento de terminar mi artículo, los hechos son los siguientes: Glenda Bradford, Maureen Preston, Olivia Jackson, Josephin Mac Intosh, Wilma Richardson, Vera Clarence y Joan Hill. La lista sigue creciendo.
(c) Alberto Laiseca, incluído en el volumen de cuentos Gracias Chanchúbelo (2000)