Errata

Me informan por línea privada que las Olimpíadas de Verano son lo que nosotros llamamos las Olimpíadas en general. Igual no entiendo qué hay de veraniego en el judo o el ping pong, pero aquí está la fe de erratas.

Propiedad privada

El epílogo perfecto para esta historia:

… y cuatro años después, en un hostel de Cafayate, aparece misteriosamente una edición de bolsillo en inglés de V, de Thomas Pynchon, sobre mi cama, entre mis cosas. Pregunto y no es de nadie. Ahora es mío.

El imperialismo

Al gallego lo venía calibrando desde Tafí del Valle. Durante una choripaneada, y entre conversaciones que iban y venían en distintos idiomas y acentos, le pregunté de una punta a la otra de la terraza cómo se llamaba y de qué parte de España era. Su nombre era Raúl, venía de Madrid, y su español era cerrado y repleto de tíos cojonudos, chavales y consonantes sin pronunciar. Por decir algo, le pregunté si era del Real, y me dijo “No, qué va. Yo soy del Aleti, tío”. “Como Torrente”, le contesté, y se rió.

Había estado viajando por Sudamérica durante bastantes semanas, incluyendo veinticinco días en Paraguay. “¿Paraguay?”, le pregunté yo, “¿qué se puede hacer veinticinco días en Paraguay?”. Entonces cruzó la terraza y me dijo al oído: “Allí se puede fumar maría, tío”.

Al día siguiente me fui temprano para Amaichá del Valle, en donde me lo crucé en la plaza principal, adonde había ido sólo por la tarde. Y después, al otro día, nos volvimos a ver en el micro camino a Cafayate. Ahí sí, paramos juntos en un hostel, y le dije que tenía maría, que si quería fumar.

En una calle oscura de las afueras de Cafayate (las afueras significa en este caso a cuatro o cinco cuadras del centro), nos prendimos uno. El paisaje, transplantado a Buenos Aires, no resultaría muy estimulante para hacer eso: salvo por los cerros de fondo, parecía que estuviéramos fumando paco en la Villa 31.

Su plan había sido quedarse sólo una semana en Paraguay, pero en Ciudad del Este pegó treinta euros de faso y le dieron un ladrillo de medio kilo. Imposibilitado de cruzar la frontera (“de allí para aquí no hay Mercosur que valga, tío, eso parece la Cortina de Hierro”), se quedó veinticinco días conociendo el país y fumandose medio kilo de maría. Quizás por eso se volvió a la Argentina con un par de CD’s truchos comprados en la frontera: uno era un compilado casero de Rata Blanca. Me preguntó si estaba bueno, y yo traté de describirselo: lo hice diciendole que ahora el cantante de esa banda hace una publicidad para un tratamiento contra la calvicie. Apenas terminé de decirlo, me di cuenta de que él estaba a su vez pelado, y por eso se lamentó: “Pero eso es serio, tío”, y luego agregó: “Me han dicho que un grupo acojonante aquí son Los Bolas”. Estuvimos un rato hasta que descubrimos que se trataba de Los Redondos y que sí, eran acojonantes.

Mientras tanto seguíamos pitando en esa esquina, noche estrelladísima en Cafayate. También me dijo que en Madrid trabajaba de conductor: “Tengo todos los carné, tío. Puedo manejar lo que tu quieras, menos motocicletas.” Le pregunté si transportaba pasajeros o mercadería, y me dijo “pues es que no me gusta trabajar mucho, ¿sabes?”, y por eso cada tanto pegaba un laburito, ahorraba algo, y luego se lo tiraba “yendo a los garitos con los colegas”, o viajando como ahora.

Bastante locos volvimos al hostel, previo paso por un pool (“¿nos echamos un billar, tío?”), y destapé una cerveza Salta negra. En la sala de estar, un italiano estaba viendo por TyC Sports un programa sobre los Juegos de Invierno y me dijo en perfecto español “eso es en Torino, mi ciudad”. Realmente desconocía la existencia de los Juegos de Invierno, o al menos su importancia, y me dijo “claro, es que en Sudamérica no hay mucha nieve”. Le pregunté si existían, a su vez, los Juegos de Verano, porque en eso los sudamericanos probablemente nos destacaríamos. Algo perplejo ante mi pregunta, me dijo que no.

Apareció el dueño del hostel, un cafayateño muy gracioso, y anunció que había una fiesta ahí cerquita. Con Raúl estábamos ya enfiestados, y nos mandamos. Por la calle, le preguntó a dos chicas “Disculpad, ¿sabéis de una fiesta por aquí?”, y las niñas le contestaron “Allacito nomás, dando vuelta la esquina hay fiesta hoy día”.

Se escuchaba cumbia y en la puerta dos policías empuñaban armas largas. La entrada costaba diez pesos. Raúl estaba en cortos y chancletas. Yo, en jean y remera de Tumberos. “Acá somos como dos marcianos”, le digo. Adentro despachaban sin parar cerveza Norte en vasos de plástico de litro y empanadas salteñas. Parecía estar todo el pueblo ahí. Luego de unas birras, los dos ya estábamos bailando. Raúl me dice “es que me encanta la música autóctona, ¿sabes?”. Le explico que eso no era folklore, sino cumbia. “¿Qué es la cumbia, macho?”, me pregunta. “Sería como la música pop de las clases bajas”, le digo yo.

Luego el locutor anunció la presencia de Los Bibis, un grupo de cumbia romántica proveniente de México. La gente estaba como loca, las chicas subidas a los hombros de sus novios, todos coreando hits desconocidos para mí.

En eso, Raúl observó: “aquí la gente es parecida a la de Bolivia y Paraguay”, y yo le dije que tratara de no decirlo muy fuerte. Enseguida noté que su comentario había sido inocente y estaba desprovisto de la carga racista que tendría si lo hubiese dicho un porteño.

-¿Te puedo hacer una pregunta y no te ofendes?

-Claro.

-¿Por qué en la Argentina todos los pobres se parecen entre sí?

Me pareció inútil decirle que eso no era tan así, porque sabía perfectamente qué era lo que había querido decir.

-Los que vos decís que se parecen entre sí son descendientes de indígenas. Los otros, de inmigrantes.

-¿Pero por qué los descendientes de indígenas son más pobres que los de inmigrantes?

-Ustedes los españoles tienen mucho que ver con eso.

Luego volvimos al hostel, en zigzag y tarareando un tema de Los Bibis.

Hoy en mi ventana brilla el sol

Un aporte al rubro de canciones feas pero lindas. No es muy conocida, pero creo que entra perfecto.

Es fea porque su autor es José Luis Perales. Es linda, porque está en una película que a mí me gusta mucho.

La película es Cría cuervos, de Carlos Saura. La canción se llama Por qué te vas. La versión que van a escuchar es la de la película. Nunca escuché la de José Luis Perales, y prefiero no hacerlo.

El alcohol y la Biblia

Vincent: -How come you don’t play pool anymore?

Eddie: -I quit. Actually, somebody retired me. Sometimes you get in with the wrong kind of people, you know? But, hey, that was a long time ago. Back East. It’s dead and buried, I don’t even think about it. I won my share of medals.

Vincent: -Don’t you ever feel like picking it up again? I mean, you’re always around those pool halls, you know, you see these guys…

Eddie: -I’m too old. My wheels are shot. It’s a young man’s game. Besides, there’s drugs now. Kids are playing on coke, speed… I don’t know. When I was younger, it was booze. Somehow it’s
more human.

Vincent: -Booze, huh?

Eddie: -Booze. Yeah. Wine. It goes back to the Bible. The Bible never said anything about amphetamines.

Tom Cruise y Paul Newman en El color del dinero (1986)