Recién leo un post de Jorge acerca del llamado nuevo cine argentino o, más bien, acerca de la actitud de cierta crítica hacia este cine. Y Jorge dice: “Nos hemos vuelto aquello que odiábamos, nos negamos a poner en crisis a las propias ideas, preferimos chicanear preguntando quién filmó algo parecido a Apocalipsis Now o a Toro salvaje. Quizás el mundo ya no necesite esas clase de películas, quizás el mundo precise menos grandilocuencia y las películas que necesitamos sean las de Michel Gondry o las de Wes Anderson o las del otro Anderson o las de Alexander Payne.”
La mención de dos películas centrales de dos directores clave de la década del ’70 norteamericana (contraponiéndolos con directores hoy de moda) me recordó un documental que vi el otro día. Es un documental imprescindible sobre el cine norteamericano de los ’70. Se llama A Decade Under the Influence, un doble sentido entre el título de una de las películas clave de esa época (A Woman Under the Influence, del influyente John Cassavetes) y las costumbres nasales de la gran mayoría de aquellos cineastas. Y si bien no puedo más que estar de acuerdo con Jorge en todo lo que dice (aunque no se me ocurre película más grandilocuente que Magnolia, del “otro Anderson”, digo, grandilocuente bien), también recuerdo el documental que vi, y una declaración de Peter Fonda acerca del éxito de Easy Rider: “Creo que la gente fue a ver la película porque filmamos algo real. Además de que sí, fumamos porros de verdad, y sí, de verdad conducíamos las motos y no estábamos sobre un trailer, toda esa realidad también. Pero había algo más real. Nuestros propios errores eran reales.”
Easy Rider quizás sea la obra fundacional del cine yanqui de los ’70, al menos fue la primera película de estos dementes drogones y sexópatas que tuvo un éxito inusitado. Peter Bogdanovich, otro director importante proveniente de esa década, dice: “De golpe Easy Rider fue un hit y todos dijeron ‘Esperen un segundo, tal vez estos tipos sepan algo que nosotros no sabemos’”.
Pero Dennis Hopper, Peter Fonda y Jack Nicholson no descubrieron la pólvora. Tampoco la descubrieron Coppola ni Scorsese. Todos ellos (y todos los demás) coinciden en señalar como gran influencia al cine europeo, sobre todo al neorrealismo italiano. Altman menciona a Fellini, Eastwood se declara admirador de De Sica, Hopper también menciona al director de Ladrones de bicicletas y añade a Rossellini. Scorsese habla de todos ellos y agrega a Visconti. William Friedkin, a su vez, dice que su mayor influencia fue Antonioni
Y otra vez nos topamos con lo real. El neorrealismo italiano, sus actores no profesionales y sus escenarios reales, en contraposición al cine de teléfonos blancos de Mussolini. La vanguardia artística, en el caso de los italianos de posguerra y de los norteamericanos de los ’70, intenta acercar la ficción a la realidad de los espectadores, alejarse de las películas inverosímiles de los grandes estudios y contar historias de verdad. Así de simple.
Eso mismo es lo que intenta el nuevo cine argentino. Y aunque hay mucha diversidad, se ve clarito en películas clave como Rapado (a cuyo protagonista, casualmente, le roban no la bicicleta sino la moto) o Pizza, birra, faso. Igual que Peter Fonda se fumaba un porro de verdad o Dennis Hopper miraba un desfile real del mardi gras en New Orleans, en Pizza, birra, faso Héctor Anglada comía pizza de verdad y se tiraba a fumarse un pucho al pie del Obelisco de verdad, a diferencia de aquellas películas argentinas de los ochenta en donde los actores levantaban tazas vacías y hacían de cuenta que sorbían café.
Por eso, volviendo al post original de Jorge, no deja de llamarme la atención cómo contrapone dos movimientos (el nuevo cine argentino y el cine norteamericano de los ’70) que en esencia son iguales. Menciona a Apocalypse Now como la película bigger than life por antonomasia y aunque es cierto que la película de Coppola es una especie de monumento a la grandilocuencia, cualquiera que haya visto los relatos de los combatientes norteamericanos en Irak en Fahrenheit 9/11, cuando cuentan que escuchan heavy metal en el walkman mientras aplastan todo con los tanques, recordará a Robert Duvall inundando de napalm la selva vietnamita al ritmo de la música de Wagner. Porque no es que Apocalypse Now sea grandilocuente: la realidad lo es.
Y eso me lleva a una conclusión: el problema del nuevo cine argentino no es su falta de ambición. Sus personajes lánguidos no están mal delineados. Esas películas en las que “no pasa nada” no adolecen de un guión pobre. Es que al nuevo cine argentino le tocó una época pésima y aburridísima para reflejar. Es a la realidad argentina a la que le falta grandilocuencia.