Chicos y chicas bailan en el funeral del rock

Hace un mes me mudé. Si me hago el bohemio voy a decir que vivo en el barrio de Abasto. La realidad es que vivo en el Once. Aunque el barrio, legalmente, se llama Balvanera.

Los límites de mi nuevo barrio son Callao y Entre Ríos al este, Independencia al sur, Sánchez de Loria y Gallo al oeste y Córdoba al norte. Rivadavia lo divide en dos partes iguales y su epicentro es la Plaza Miserere, más conocida como Plaza Once.

En mi actual barrio sucedio el atentado a la AMIA, y se incendió Cromagnón. Acá transcurre El abrazo partido y la canción Once, de Babasónicos. Mi actual barrio es mersa y medieval.

El Once, al menos de Pueyrredón para acá, resulta una especie de engendro. La construcción del shopping en tiempos del ocaso menemista dejó al barrio a mitad de camino entre la pobreza de los inmigrantes pobres, y la riqueza de los turistas ricos. Así, el shopping Abasto y el Abasto Plaza Hotel, son dos islas (dos no-lugares) rodeadas de resturantes peruanos, supermercados chinos, negocios de sourvenirs y hasta una agencia de turismo bastante sospechosa, sobre la calle Ecuador, cuyos destinos son La Paz, Cusco o Lima.

De todas maneras, a mi me gusta mi nuevo barrio. Y recomiendo altamente un restaurant peruano, en la esquina de Agüero y Valentín Gómez, que se llama La Diosa Hermosa. Tiene la cocina abierta las 24 horas. Todavía no me le animé al ceviche. El que lo pruebe, me cuenta.

Suicidal Nineties

Entro a FarmaCity y está sonando No Rain, de Blind Melon.

Salgo y entro al supermercado chino de al lado, en donde está sonando Lithium, de Nirvana.

Las dos bandas tienen algunas cosas en común.

Elija usted en cual de todas esas cosas se puso a pensar.

Más de dos sacudidas es baile

El Podestá es un lugar que seguro muchos conocen, y al que yo iba bastante seguido hará cuatro o cinco años. Tenía dos pisos: abajo había mesas y sillones, arriba pista de baile. De todas formas, a eso de las cuatro abajo también estaba lleno de gente bailando.

Después la nocturnidad me fue llevando por otros sitios, y hace tiempo que no voy.

El otro día, un amigo volvió al Podestá post-Cromañon. Evidentemente el lugar estaba habilitado como bar y no como boliche, por eso agregaron mesas y sillones también en el segundo piso y voló la pista de baile. Lo más cómico, ridículo y bizarro de todo el asunto, es que en un momento de vahídos etílicos, en ese preciso instante en que estás en tu pico máximo y sos feliz, mi amigo se puso a bailar. Pero se le acercó un patovica que, muy serio, le dijo: “Flaco, no se puede bailar acá.”

Nunca Buenos Aires se vio tan, pero tan susceptible.

Gol en contra

Me sumo al excelente post de Pura Fibra (de paso, léanse el de Jelinek que no tiene desperdicio), y agrego un comentario.

Rolando Graña mandó unas cámaras a la fiesta de San Patricio, en donde todos estaban borrachos y fumados (como debe ser), y se escandalizó como una Magdalena. Ahí Martín Ciccioli les preguntó a todos los ebrios quién era el bendito San Patricio, y uno saltó diciendo “San Patricio Camps”. Después, en el estudio, Graña se indignó: “Y uno de ellos hablaba de San Patricio Camps, uno de los torturadores más bestiales de la Argentina”.

Quiero informarle a Graña por este humilde medio que el torturador se llamaba Ramón Camps, y que Patricio Camps en realidad era delantero de Vélez Sarsfield en la época de Carlos Bianchi.