Riña de pollos

“Pocas cosas, supongo, más lejanas del interés de la famosa Gente que la pelea entre, digamos, Kirchner y Solá, o entre Kirchner y Duhalde. La verdad, no encontré a nadie a quien eso le interese ni un poco. Suenan a las viejas patoteadas entre políticos por un poquito más de poder para vos, una puntita para mí, yo la tengo más grande. Suenan a las riñas que los pusieron tan lejos del resto de nosotros. Por todo lo cual debería evitarles estas líneas, salvo que me interesó una frase del ex ex:

–No estoy de acuerdo con la política de derechos humanos. Está el derecho humano de los pibes, índices de mortalidad que no descienden. A eso hay que darle prioridad.

Le dijo a Felipe Pigna el ex abogado Eduardo Duhalde, que debe creer que “los derechos humanos” son la suma del derecho humano tal y el derecho humano cual. Y siguió hablando:

–Sé lo que piensa el pobre tipo que está hecho mierda, que no tiene laburo, cuando se están ocupando de los derechos humanos de los que ya han muerto. Todo lo que se hizo en la época de Alfonsín estuvo bien. Yo hubiese estado de acuerdo que siguiera la Justicia. Pero ponerlo tan en el centro de la escena… Hubiera preferido que el Gobierno estuviera dedicado al tema central, el productivo.

Es obvio que el exex lo dice por oportunista –porque alguien debe haberle susurrado que hay bastantes votantes que piensan eso– y sin grandes reflexiones. Pero me pareció que pone en evidencia el uso que hizo el gobierno de los “derechos humanos” –o el recuerdo de los crímenes de la última dictadura: un uso museístico, folklórico, nostálgico, completamente esdrújulo. Quiero decir: si el exex puede plantear esa oposición entre “derechos humanos de los muertos” y “el pobre tipo que no tiene laburo” es porque el gobierno no hizo nada para llenar sus conmemoraciones de lo único que podía haberlas hecho interesantes: explicar que si ahora hay “pobres tipos que no tienen laburo” es porque los ricos vulneraron “los derechos humanos de los muertos”, matándolos por miles para construir este país. Pero eso hubiera significado repensar la estructura socioeconómica de la Argentina, el rol de sus aliados ricos y su propio papel en este baile, y no es lo que les interesa. Es más fácil provocar un par de lagrimitas. Y así van y la dejan picando.

A llorar a la iglesia, decíamos antaño.”

Martín Caparrós en la Revista Veintitrés (edición del 19 de junio)

Treinta y dos

El 2 de marzo del ’99 fue el día en que Leonardo Astrada entró en mi podio personal de ídolos riverplatenses.

Dirigido por Ramón Díaz, y luego de un año lamentable, River se fue a Colombia a jugar la segunda fecha de la Copa Libertadores contra un entonces ignoto equipo: el Once Caldas. Apenas empezó el partido quedó clara la superioridad de los locales y se perfiló un futuro crack: Edwin Congo, un negro enorme que pegaba unos zapatazos bestiales. En River nadie daba pie con bola (literalmente), y a los 11 minutos ya estábamos uno a cero abajo.

Cuando a los 22 minutos Congo fusiló a Burgos, estaba claro que el objetivo era nada más evitar el papelón. Pero nadie, ni Sorín, ni Gallardo, nadie podía frenar a estos pibes que se agrandaban cada vez más de la mano de Congo. El asunto era desesperante, pero ahí, en la mala, brilló el Jefe, el Capitán, el mejor cinco de los ’90.

Astrada, solito él, contuvo como pudo la avanzada colombiana. Se corrió toda la cancha, quitó pelotas imposibles, pero nadie recibía prolijamente sus estupendos pases. Fue él solito quien descontó y puso el 1 a 2 en el segundo tiempo.

Y si algo faltaba para darle el título de héroe, es lo que sucedió después. Congo parecía un cañón, y en uno de sus tantos cañonazos, Leonardo Astrada no pudo hacer otra cosa que interponerse entre la pelota y el arco, así nomás, como le salió. El bombazo le pegó de lleno en la cara, la pelota se fue al corner y Leo se desmayó.

El partido terminó 4 a 1 (el cuarto gol también fue de Congo). Pero Astrada hizo que esa noche fuera inolvidable.

Frustrante

Hace unos días, leyendo al azar tres de los tomos de las obras completas de Borges, me topé con una frase que serviría de epígrafe perfecto para una nota que pensaba escribir. Como confío demasiado en mi memoria, no la anoté: ni a la frase, ni a su ubicación dentro de los libros. Ahora ya no la encuentro. No recuerdo siquiera en qué tomo estaba. Esto es muy frustrante.

Es mi situación / una desolación

Ya está.

Ya pasaron diez años y creo que es momento de quitarnos las caretas y hablar con sensatez y honestidad.

La clase ’77 la coreó en Grisú, y los que por ahí andan seguro la cantaron a los gritos, saltando acorde a sus primeras borracheras.

Pero aún así, yo sigo sin saber qué quisieron decir los Enanitos Verdes con eso de “Nena no te peines en la cama que los viajantes se van a atrasar”.