Estoy dejando de fumar.
No sé por qué utilizo el presente continuo. Debería decir: dejé de fumar.
“Hace un mes que no fumo” queda mejor, pero no da cuenta de mi intención de no volver a hacerlo.
No hay vuelta que darle: dejé de fumar.
Ahora estoy en la etapa de encontrarle un sentido a mi existencia smokeless. Dicen que uno se siente mejor, que tiene mejor aliento, que sus dientes se blanquean, que puede correr el colectivo sin morir en el intento, etc. Yo no siento ninguna mejoría clara (no acostumbro correr colectivos, es cierto), más allá de haber reducido considerablemente las posibilidades de contraer cáncer de pulmón en el mediano plazo.
Y es por eso que dejé, solamente por eso. No me importan el mal aliento, los dientes (y los dedos) amarillos, gastar plata, molestar al prójimo. Lo único que yo no quiero es morirme antes de tiempo. Ese es mi plan maquiavélico, vivir la mayor cantidad de tiempo posible.
Pero qué bueno que sería fumarme un puchito. Deberían existir los cigarrillos cancer free, como existen los chicles sugar free o la coca light. Eso, o la vacuna contra el cáncer. Elijan ustedes, amigos científicos.