Maradona blues

Estación de trenes de Budapest. Enero de 1998. Yo, mirando un mapa de Europa del Este. Destino: Praga.

Dos caminos había para llegar. Uno, el directo, atravesaba Eslovaquia. El otro, curiosamente, la esquivaba. Me resultó extraña la existencia de una ruta que diera un rodeo tan grande. Yo soy capaz de bajar de la Gral. Paz en Maipú para ir al Río porque la bajada de Libertador tiene control policial, pero esquivar todo un país me parecía una exageración extravagante. Fue por eso que saqué boleto hacia Praga, ruta directa, atravesando Eslovaquia.

Encontré un camarote habitado por una australiana y nos pusimos a conversar. No era muy linda, no era muy nada, pero los camarotes de los trenes en Europa son bastante afrodisíacos. Nos dormimos abrazados, y en plena noche nos despertó un vozarrón militar: “¡Slovak visa! ¡Slovak visa!”.

El tren estaba detenido, la noche era de las más oscuras que había visto en mi vida, hacía un frío que penetraba en los huesos y no se iba, y el dueño de la voz era grandote, militar y venía acompañado de dos más de igual calaña. Yo sabía qué quería el tipo: la visa para entrar a Eslovaquia. Pero yo tenía sólo la visa para la República Checa y mi plan no era bajarme en Eslovaquia. Intenté explicárselo, pero el tipo no cazaba un fulbo de inglés. La australiana estaba en la misma situación que yo y optamos por mandarnos un clásico “si pasa, pasa”. Sacamos la visa de la República Checa y se la dimos.

“¡No! ¡Check visa no! ¡Slovak visa! ¡Slovak visa!”, gritaban los tipos. La cosa se ponía espesa y nos hicieron bajar del tren, con las mochilas y todo. Una vez en tierra firme nos dimos cuenta de que no estábamos en una ciudad, ni en un pueblo. Eso parecía ser una estación de trenes en la frontera húngaro-eslovaca, en donde sólo había un edificio lleno de tipos vestidos de verde y con botas que debían haber heredado del ejército estalinista. Nos metieron en una celda, nos sacaron los pasaportes y se fueron.

En el lugar había tres tipos que nos miraban y se reían entre ellos y hablaban en checo. Cinco o diez minutos después apareció otro militar que parecía de más rango que los otros y sabía hablar inglés y nos volvió a preguntar por la visa. Le explicamos que no queríamos bajar en Eslovaquia, y yo no pude evitar agregar que no era que no nos interesara su país, sino que teníamos poco tiempo de viaje y bla bla bla. El tipo me miró con cara de “estás dando demasiadas explicaciones” y yo opté por callarme la boca, porque esa siempre es una buena opción.

Entonces nos comentó que necesitábamos comprar una visa en tránsito. Mientras nos lo decía, un flashback mental me llevó a la estación de trenes de Budapest y me vi burlándome de la ruta que esquivaba Eslovaquia. Hasta en los momentos más extraños recibo la señal divina que me dice “sos un idiota, sos un idiota, sos un idiota”. Tengo línea directa con el Señor para recibir insultos.

Cien dólares per cápita: eso costaba el salvoconducto que nos llevaría a la patria de Kafka, y que ya nos estaba recibiendo de manera kafkiana. Nos miramos con la australiana, no había mucho por hacer. La pobre intentó encajarles dólares australianos (otro clásico “si pasa, pasa”), pero fracasó. Les dimos un Franklin cada uno. Nos pidieron los pasaportes, los abrieron y uno leyó “Diego”. Alzó los ojos, me miró y dijo “Diego Maradona”. En sus ojos vi complicidad, admiración, felicidad y recuerdos vaya uno a saber de qué partido. Fue en ese momento que respiré tranquilo y me dije “no son marcianos, son terráqueos, les gusta el fútbol, les caigo bien”. “Great player”, dije yo, como para decir algo. Y el tipo, con ojos vidriosos, atinó a asentir con cierta veneración hacia mí, que al fin y al cabo no era otra cosa que alguien que había tenido la suerte de nacer en la misma patria que el mejor jugador de fútbol de todos los tiempos, y de llevar su nombre en el pasaporte.

Pagué, me selló el documento, me dio la mano, me palmeó la espalda y me llevó la mochila hasta el tren (yo se la llevé a la australiana, claro).

En el tren, intenté explicarle a la niña quién era Maradona. No creo haber podido hacerlo en toda su magnitud.

It’s not a pizza until it comes out of the oven

Seinfeld ha tocado, a lo largo de sus nueve temporadas, prácticamente todos los temas posibles: inmigración, homosexualidad, masturbación, religión, cáncer, discapacidades varias, antisemitismo, comunismo, todo todo todo. Y ha tocado cada tema del único modo posible en los ’90: con cinismo.

Es memorable el capítulo sobre el aborto.

Elaine y Jerry van a comer al restaurant de Poppie:

ELAINE: Boy, I’m really looking forward to this duck. I’ve never had food ordered in advance before.

JERRY: Ah, I could’ve stayed home and ordered a pizza from Paccino’s.

ELAINE: Paccino’s? Oh no. You should never order pizza from Paccino’s.

JERRY: Why not?

ELAINE: Because, the owner contributes a lot of money to those fanatical, anti-abortion groups.

JERRY: So, you won’t eat the pizza?

ELAINE: No way.

JERRY: Really.

ELAINE: Yeah.

JERRY: Well, what if Poppie felt the same way?

ELAINE: Well, I guess I wouldn’t eat here, then.

Jerry, malo como es, llama a Poppie y le pregunta qué opina del aborto. Poppie se pone como loco y dice que está firmemente en contra, Elaine le discute y se arma un revuelo.

Paralelamente, Elaine empieza a salir con un tipo.

ELAINE: I’m in looove!

JERRY: Whoa!

ELAINE: This is it, Jerry! This is it! He is such an incredible person! He’s real, he’s honest, he’s unpretentious… oh, I’m really lucky!

JERRY: Did you tell him I was sorry I didn’t offer him the drink?

ELAINE: No, I forgot. And, the best part is, he doesn’t play games. You know? There are no games!

JERRY: No games? What is the point of dating without games? How do you know if you’re winning or losing?

ELAINE: Well, all I know is, he doesn’t like games and he doesn’t play games, you know? He has too much character and integrity.

JERRY: Ah ha. And what is his stand on abortion?

ELAINE: What?

JERRY: What is his stand… on abortion?

ELAINE: Well, I’m sure he’s pro-choice.

JERRY: How do you know?

ELAINE: Because he, well… he’s just so good-looking.

Hasta ahí, la acidez seinfeldiana en todo su esplendor. ¿Pero qué opina la sitcom sobre el aborto? Queda claro en una escena entre Kramer y Poppie, mientras planean un negocio en el que el cliente cocine su propia pizza. Kramer amasa y empieza a poner los ingredientes. Justo cuando pone los pepinos, Poppie lo interrumpe:

POPPIE: Wait a second… what is that?

KRAMER: It’s cucumbers.

POPPIE: No, no. You can’t put cucumbers on a pizza.

KRAMER: Well, why not? I like cucumbers.

POPPIE: That’s not a pizza. It’ll taste terrible.

KRAMER: But that’s the idea, you make your own pie.

POPPIE: Yes, but we cannot give the people the right to choose any topping they want! Now on this issue there can be no debate!

KRAMER: What gives you the right to tell me how I would make my pie?

POPPIE: Because it’s a pizza!

KRAMER: It’s not a pizza until it comes out of the oven!

POPPIE: It’s a pizza the moment you put your fists in the dough!

KRAMER: No, it isn’t!

POPPIE: Yes, it is!

“No es una pizza hasta que no sale del horno” vs. “Es una pizza desde el momento que ponés los puños en la masa”

“No es un ser humano hasta que no sale del vientre materno” vs. “Es un ser humano desde el momento en que se unen el espermatozoide y el óvulo”

¿El debate? Un “Yes, it is / No, it isn’t” eterno.

Los besos

Los había conocido y extrañado de su madre. Besaba en las dos mejillas o en la mano a toda mujer indiferente que le presentaran, había respetado el rito prostibulario que prohibía unir las bocas; novias, mujeres le habían besado con lenguas en la garganta y se habían detenido sabias y escrupulosas para besarle el miembro. Saliva, calor y deslices, como debe ser.

Después la sorpresiva entrada de la mujer, desconocida, atravesando la herradura de dolientes, esposa e hijos, amigos llorones suspirantes.

Se acercó, impávida, la muy puta, la muy atrevida, para besarle la frialdad de la frente, por encima del borde del ataúd, dejando entre la horizontalidad de las tres arrugas, una pequeña mancha de carmín.

Juan Carlos Onetti

Filosofía de taxista

Travis: -Can I talk to you for a second?
Wizard: -You can have all you want.
Travis: – I know you and I ain’t talked much. But I figured you’ve been around a lot so you could…
Wizard: -Shoot, that’s why they call me the “Wizard”.
Travis: -I got… It’s just that I got… I got…
Wizard: -Things got you down?
Travis: -Yeah.
Wizard: – It happens to the best of us.
Travis: -Yeah, it got me real down. I just want to go out and really, really do something.
Wizard: -Taxi life, you mean?
Travis: -Yeah, well… No, it’s… I don’t know. I just wanna go out… and really… I really wanna… I got some bad ideas in my head. I just…
Wizard: -Look at it this way. A man takes a job, you know? And that job… I mean, like that… That becomes what he is. You know, like… You do a thing and that’s what you are. Like I’ve been a cabbie for 17 years. Ten years at night. I still don’t own my own cab. You know why? Because I don’t want to. That must be what I want. To be on the night shift drivin’ somebody else’s cab. You understand? I mean, you become… You get a job, you become the job. One guy lives in Brooklyn. One guy lives in Sutton Place. You got a lawyer. Another guy’s a doctor. Another guy dies. Another guy gets well. People are born. I envy you your youth. Go on, get laid, get drunk. Do anything. You got no choice, anyway. I mean, we’re all fucked. More or less, ya know.
Travis: -I don’t know. That’s about the dumbest thing I ever heard.
Wizard: -It’s not Bertrand Russell. But what do you want? I’m a cabbie.

Lo primero que hace Travis después de esta charla es comprar un maletín repleto de armas.

Robert DeNiro y Peter Boyle en Taxi driver

Everyone gets along great when there’s no possibility of sex

Elaine simula ser la novia Robert, un compañero de trabajo, para que su jefe no descubra que el tipo es gay. Una noche van a la ópera el jefe con su mujer, y Elaine con Robert. Al día siguiente, en Monk’s, se da la siguiente conversación con Jerry.

ELAINE: Oh it was such a great night.

JERRY: And did they suspect anything?

ELAINE: No, I was a fantastic beard. I held hands, I called him “honey”.

JERRY: And we discover yet another talent: posing as a girlfriend for homosexuals.

ELAINE: Oh it was such a great night. Oh.

JERRY: You said that already.

ELAINE: Oh I did?

JERRY: Yeah.

ELAINE: Oh.

JERRY: Oh no. Don’t tell me. You like him?

ELAINE: He’s incredible.

JERRY: Yeah, but…

ELAINE: Yeah, I know.

JERRY: So?

ELAINE: What?

JERRY: Not conversion. You’re thinking conversion?

ELAINE: Well it did occur to me.

JERRY: You think you can get him to just change teams? He’s not going to suddenly switch sides. Forget about it.

ELAINE: Why? Is it irrevocable?

JERRY: Because when you join that team it’s not a whim. He likes his team. He’s set with that team.

ELAINE: We’ve got a good team.

JERRY: Yeah, we do. We do have a good team.

ELAINE: Why can’t he play for us?

JERRY: They’re only comfortable with *their* equipment.

ELAINE: We just got along *so* great.

JERRY: Of course you did. Everyone gets along great when there’s no possibility of sex.

ELAINE: No, no, no, I sensed something. I did sense something. I perceived a possibility, Jerry.

JERRY: You realize you’re venturing into uncharted waters.

ELAINE: I realize that.

JERRY: Are you that desperate?

ELAINE: Yes I am.

Llamado a la solidaridad

Un lector acaba de dejarme un comentario en un post viejo con la transcripción del comienzo de una novela o cuento, pero no dejó dicho de qué autor es, ni de qué texto.

El comienzo es así:

“Sus labios eran los pretorianos y su lengua la reina. En el cucurucho de su concha asenté mi campamento. Allí, supe que ella era la mujer de mi vida.”

Luego de analizar la cosa y de consultar con los sabios oraculares, arriesgo la posibilidad de que sea el comienzo de un texto de Henry Miller, Osvaldo Lamborghini, Fogwill o Alberto Laiseca.

¿Alguien me puede ayudar en este trance?