Ella es una morocha de 17 años, le dicen “La Pequinesa”. De novia hace más de siete meses con un chico de su edad, diestro con el cuchillo, con el que frecuentaba El Teatro. Pero conoció a Federico Medina, uno más grande, de veinte. Y lo invitó a bailar.
Dicen los que estaban ahí que los dos pibes se miraron toda la noche. Probablemente bastó una mirada demasiado penetrante, o un movimiento de labios, para que se desatara la tormenta. Luego de un intercambio de golpes de puño (mero prólogo para el acero, diría el que ya saben), uno le asestó tres certeras puñaladas al otro.
Si esto hubiera pasado hace cien años, los chicos habrían sido “malevos”, La Pequinesa una “china” (con el mismo apodo, es perfecto), El Teatro una “pulpería” y las cumbias un tango primitivo. Borges habría mencionado el hecho oblicuamente en alguno de sus cuentos, ensalzando la sangre y construyendo un mito.
Pero pasó ahora, y lo único que provoca es tiempo en los noticieros, indignación de las viejas en la peluquería, legajos en juzgados, debates en talk shows y obituarias en los diarios.
Qué poco ánimo literario el de mis contemporáneos.