Adaptation.

No sé por qué me agarró la obsesión y quise leer La pregunta de sus ojos antes de ver la película. Fue realmente una buena idea porque resulta evidente cómo la película mejora el libro o, mejor dicho, cómo la película arregla las truchadas del libro, derribando el mito ese de que “el libro siempre es mejor que la película” y también confirmando el talento de Campanella para los guiones (aunque con esa famosa y tan comentada escena en la cancha de Huracán, parece querer demostrar explícitamente también su talento con la cámara).

Del libro de Eduardo Sacheri se puede criticar la forma en que está escrito, pero prefiero detenerme en lo trasladable a la pantalla: la historia, los personajes, las situaciones. Pero algo se puede decir antes sobre la escritura.

En el capítulo 33 (página 239) dice: “Entre los dos metimos a Sandoval en la casa y en el lecho”. La palabra “lecho” suena disonante, sobre todo teniendo en cuenta que Sacheri es un porteño profesional y se ocupa de lanzar expresiones porteñas cada tanto. Sólo en esa página escribe las palabras “yunta”, “mina” y “zaguán”. Pero después pone “lecho” en lugar de “cama”. Es como un villero que le pone a su hijo Kevin o Jonathan.

Leyendo todo el párrafo se entiende por qué “lecho” en lugar de “cama”. Escribe Sacheri: “Pobre mina. Estaba esperando en el zaguán, protegida con una mantilla sobre el camisón y el salto de cama. Entre los dos metimos a Sandoval en la casa y en el lecho.” O sea, para no repetir la palabra “cama”, usó un sinónimo. Un vicio periodístico en alguien que no es periodista. Barrunto que Sacheri lee más diarios que libros.

Pero vayamos a los personajes y las situaciones. Ojo que se vienen spoilers tanto de la novela como de la película.

El personaje de Irene no existe en el libro. Es solamente el objeto de amor platónico de Benjamín, pero no cumple ninguna función en el relato policial y en realidad tampoco en la historia de amor, porque es totalmente pasiva: no sabemos qué es lo que siente por Benjamín y ni siquiera sabemos por qué Benjamín está enamorado de ella, cuáles son sus encantos.

En la película, en cambio, Irene es la protagonista de la historia policial junto con Benjamín y Sandoval. Es ella la que le arranca la confesión a Gómez (en la novela es Sandoval) y es ella la que ayuda a Benjamín a huir a Jujuy (en la novela es Báez, el personaje que hace José Luis Gioia). Pero lo más importante es que en la película está claro que Irene y Benjamín se aman desde el principio.

Hay dos escenas excelentes que van en esa dirección y que en la novela no están. Cuando Benjamín le dice a Irene que quiere hablar de algo personal y ella se piensa que le va a confesar su amor pero en realidad le pide que reabra la causa (y todo ese juego de la puerta del despacho abierta o cerrada, según lo que se hable sea laboral o personal), y cuando quedan en ir a tomar un café “lejos de Tribunales” con la clara intención de consumar ese amor platónico, cosa que nunca ocurre porque lo matan a Sandoval y Benjamín tiene que rajar a Jujuy. La historia de amor, entonces, tiene un recorrido. Se gustan, pero ella tiene novio, hasta que él junta coraje y, cuando están a punto de charlarlo, se precipitan los acontecimientos y terminan separándose. En la novela no hay historia de amor, hay un tipo enamorado de una mina que ni siquiera alcanza el status de personaje: es un nombre, unas letritas escritas en la página. Y el enamoramiento es totalmente platónico y asexuado. En la película al menos está la escena en que le rompe el botón de la blusa accidentalmente, pero en la novela el único sexo que hay tiene connotación negativa: la violación de Liliana Colotto. Conjeturo que tiene que ver con que Sacheri se casó con su novia de la secundaria. Borges al menos no escribía sobre amor, menos sobre sexo (cuando lo hizo, también fue violación: Emma Zunz).

Otro error conceptual de la novela es la patota que envía Romano para secuestrar a Benjamín. Como no lo encuentran en la casa (él se salva porque está ayudando a Sandoval en una de sus curdas), dejan todo patas para arriba y escriben con jabón en el espejo del baño “La próxima sos boleta”, concediéndole así el favor de la advertencia y la posibilidad del exilio, muy preferible a la tortura y la muerte. ¿Por qué? Si Romano lo quería boletear, ¿por qué no esperaron, ocultos, su llegada?

En la película solucionan esto así. Después de la curda de Sandoval, Benjamín se lo lleva a su casa (no a la de Sandoval, como en la novela, sino a la de Benjamín). Lo deja solo, vienen los milicos y lo cagan a tiros a Sandoval porque lo confunden con Benjamín. Incluso el narrador se da el gusto de imaginar que Sandoval dio vuelta las fotos de Benjamín a propósito, para salvarle la vida. (Aprovechando, de paso, las posibilidades de un relato sobre un tipo que está, a su vez, relatando.)

En la novela no pasa nada de esto. Los milicos le lanzan una advertencia inexplicable y así se salva Benjamín. Sandoval no muere acribillado, sino de cáncer (aunque Sacheri no usa esa palabra, casi que dice “una larga y penosa enfermedad”, lo repito: muchos diarios, pocos libros).

Otra cosa que en el libro llega al punto del ridículo es el motivo por el que Romano lo quiere boletear a Benjamín. Según razona Báez (en largas parrafadas que felizmente están totalmente ausentes de la película), Romano cree que Benjamín asesinó a Gómez. Totalmente inverosímil, incluso para alguien que uno imagina de pensamiento violento como Romano. ¿De dónde saca que Benjamín puede ser el asesino de Gómez?

En la película se corrigió sintetizando: apenas liberan a Gómez, Benjamín va a buscarlo a Romano para cagarlo a puteadas. Va acompañado por Irene (volver a las diferencias con la novela respecto de ese personaje), y la pelea con Romano sella su destino. Incluso da pie a uno de los mejores momentos de la película, en el que Romano dice muy claramente que la jueza es intocable, pero él no. Y ahí está poniendo en escena un conflicto que la novela explicita torpemente al principio, pero no lo hace jugar en la trama: la mediocridad de Benjamín que por no haberse recibido de abogado, está condenado a ser prosecretario del juzgado, sin ascender nunca a juez. En ese caso, estuvo a punto de significar la diferencia entre la vida y la muerte.

Ya sé que Sacheri firmó el guión junto con Campanella, y es muy probable que sea responsable de algunas de las mejoras. De lo que estoy seguro es que Campanella fue el que sugirió estos cambios centrales, logrando así una película bastante buena sobre un libro bastante malo.

Torrentes de cine (nuevo blog)

Estoy armando un nuevo blog que a muchos (espero) les puede llegar a interesar, en donde voy a publicar recomendaciones de películas que no se estrenaron en Argentina pero que se pueden conseguir navegando con cierta astucia el cyberespacio.

Es una especie de Espóiler, pero de cine. Nobleza obliga, la revista El Amante tenía una sección así (no sé si la sigue teniendo).

Está en una etapa beta, y cualquier observación, sugerencia o comentario, pueden hacerlo a mi mail personal, que se encuentra a la derecha de su pantalla, señora.

Ah, me olvidaba. El blog se llama torrentesdecine.com. Nos vemos ahí.

Campaña sucia

Quiero ver las listas completas de candidatos para las próximas elecciones.

Busco en google “elecciones 2009 listas”.

Me aparece arriba de todo un enlace patrocinado de Francisco De Narváez que dice “Hay alguien nuevo en la política, VOS. Vení, sumate.”

La concha de tu madre, De Narváez.

(Peor Filmus, que en el 2007 no paraba de llamarme por teléfono.)

Sobre esnobismo, cinefilia y festivales

Ya Osvaldo Bazán comentó la insólita nota sobre el BAFICI que salió en la Revista Noticias, pero me gustaría detenerme en uno de sus párrafos:

“Dentro del BAFICI, directores como Jean Eustache pueden agotar funciones nocturnas para películas como ‘Le Père Noël a les yeux bleus’ (1966) tan rápido como Clint Eastwood agota afuera entradas para ‘Gran Torino’. (Dentro del BAFICI haría falta una aclaración: Clint Eastwood es ese director norteamericano que filmaba insensibles westerns hollywoodenses).”

En esa ironía entre paréntesis está la cuestión. Porque esa afirmación es errónea (todos los espectadores de películas del BAFICI saben perfectamente quién es Clint Eastwood, y la mayoría seguramente piensa que es un genio) y en ese error suelen caer todos los que acusan al BAFICI de elitista y de snobs a los que nos gusta el cine de Lucrecia Martel.

Simplifiquemos. Pongamos que hay dos bandos: los cinéfilos y los pelotudos (la denominación es un poco tendenciosa, lo asumo). Los pelotudos, entre los que se encuentra el autor de la nota de Noticias, creen que a los cinéfilos nos gustan sólo esas películas en las que “no pasa nada”, en blanco y negro, con planos largos, europeas, aburridas, y que odiamos todo lo que tiene que ver con Hollywood y los efectos especiales, que toda película “de género” nos parece comercial… en fin, que somos cerrados y elitistas.

Pero no se dan cuenta de que lo que ocurre es exactamente lo contrario. Los elitistas y cerrados son ellos. Son ellos los que sólo aceptan un tipo de cine y descartan el otro mediante descalificaciones baratas.

Yo disfruté por igual de Gran Torino y de, pongamos como ejemplo, La isla, de Kim Ki-Duk. No de la misma forma, sí con la misma intensidad. Siguiendo con los ejemplos, El caballero de la noche, récord de taquilla, fue tapa de El Amante, revista que los pelotudos consideran el house organ de la cinefilia elitista.

A mí no me jode que a los pelotudos no les guste el cine de Lucrecia Martel, ¿por qué a ellos les jode que a mí sí me guste? A mí no me jode que exista el festival Buenos Aires Rojo Sangre (todo lo contrario: me encanta), ¿por qué a ellos les jode el BAFICI?

Las últimas semanas fui testigo vía Facebook de diversas expresiones tipo “qué aburrido, empieza el BAFICI”, o “se larga el esnobismo en el Abasto”, sobre todo por parte de gente perteneciente al “mundillo cinematográfico”. La única explicación para tamaña obsesión es que el BAFICI les rebotó su película, o que no se pudieron acreditar, en fin, que se sienten afuera de un círculo que ellos consideran selecto, entonces optan por huir hacia adelante y adoptar el discurso de “al cabo que ni quería”.

Y lo peor es que después andan chapeando con que su peliculita entró al MARFICI.

Dieguez’ pick

Estoy laburando mucho así que estoy viendo pocas películas. Se corta acá la cobertura del BAFICI. Salvo que vea alguna película genial, que me sienta en la obligación moral de recomendar, no voy a volver sobre el tema. Sobre todo porque entré al blog de Quintín y leí esto: “F y Q llegan exhaustos al hogar. No pueden más. El Bafici va a terminar con ellos. Tienen tantas actividades sociales que no pueden ver ninguna película”, entonces me agarró fobia y me dio vergüenza. Yo no tengo “actividades sociales”, pero temí que cualquier comentario parecido a ese pudiera sonar igual de pelotudo, así que prefiero el silencio.

Pero la única película que ví hoy bien vale todo el festival. La última guerra en la Franja de Gaza, las protestas contra Israel en Buenos Aires, y las acusaciones de antisemitismo contra los manifestantes, hacen que Defamation, de Yoav Shamir, sea una película de visión obligatoria.

Bafici – Día 2

Día largo, pero con pocas películas. Arranqué bien temprano con la intención de finiquitar dos minientrevistas telefónicas con directores argentinos, que no tendrían que haberme llevado más de cuarenta minutos en total, y ya me topé con la primera dificultad: Gonzalo Castro, director de Cocina, se declaró “fóbico” a las entrevistas, y se negó a contestar tres preguntitas simples y concretas. En vano traté de explicarle que no teníamos que hablar demasiado en profundidad de nada, que simplemente la idea era que contara un poco de qué iba su película para que la gente que lee el diario tenga una visión más allá de lo que dice el catálogo, y pueda optar entre el maremagnum de ofertas con más conocimiento de causa. No hubo caso. Todo esto, ojo, con intermediarios, o por mail. Nunca pude hablar personalmente con él. Entonces, con una sola entrevista hecha (a Gustavo Fontán, director de La madre, que estuvo de lo más amable), me tomé un taxi al Abasto para ver Food, Inc., con la preocupación de no haber terminado todavía mis tareas laborales.

Food, Inc., de Robert Kenner (Estados Unidos) [Panorama / La Tierra Tiembla]
El excesivo entusiasmo de la reseña del catálogo quizás hizo que me decepcionara un poco lo que ví después. Sí es impresionante ver esos mataderos de animales, inhumanos y bestiales, que me hicieron respetar un poco la fuerza de voluntad de los veganos. Es reveladora la conexión de los capos de las multinacionales dedicadas a la alimentación con el poder político (no sólo de la administración Bush, también de la de Clinton, y seguramente de la de Obama, no jodamos). Pero, en el fondo, nada que no sepamos o supongamos. Yo esperaba que me dijeran cosas tipo “las Pringles están hechas en realidad con caca de oveja”, o “el ketchup Heinz no es ketchup sino vísceras licuadas de niños iraquíes”, pero no: los pollos son pollos, totalmente transgénicos, engordados artificialmente, tratados inhumanamente, pero pollos al fin.

Seguro escucharon el mito urbano de que la carne picada que usa McDonald’s no viene de la vaca, sino de un animal creado genéticamente que no es ni vaca, ni cerdo, ni nada, especialmente inventado para ser picado y hamburguesado. Bueno, Food, Inc., en realidad, lo desmitifica. Y sí, algunos chicos mueren por Escherichia Colli, pero eso ya lo sabíamos. Sí recordé al hijo de mil putas de Daniel Hadad comiéndose un Big Mac en cámara.

Ojo, no está mal, la estoy matando por demás. Pero hoy me clavé un Whopper sin ninguna clase de remordimientos. ¿Que eso habla peor de mí que de la película? Indudablemente.

Después tenía para ver Stalags – Holocaust and Pornography in Israel, un documental sobre el éxito que tuvo en Israel una película porno protagonizada por pulposas chicas de las SS que torturaban sexualmente a un grupo de judíos rubios y de buen lomo, poquitos años después del Holocausto. Un tema de lo más interesante, como verán. Pero por culpa del Salinger del cine argentino, tuve que quedarme en la sala de prensa y resolver el temita. Transpiré bastante hasta que pude ubicar a Matías Piñeiro, director de Todos mienten, una de las tres argentinas en la Competencia Internacional. El pibe tuvo la mejor onda, me cayó fenómeno, y mañana voy a ver la película, que espero que me guste.

Love Exposure, de Sono Sion (Japón) [Panorama / Nocturna]
Realmente no pretendía ver las cuatro horas de la última película del genial director de Suicide Club (BAFICI 03, que después proyecté con éxito en un legendario ciclo de cine que organizaba en San Telmo), pero me dije: “Voy a entrar a ver qué onda, no puedo no ver qué onda con Sono Sion”.

Imposible irse en la mitad de Love Exposure, aunque cuatro horas son cuatro horas, y siempre exigen paciencia. Pero esta historia acerca del amor de Yu por Yoko es irresistible y tiene de todo. Como es común en ciertos realizadores japoneses (Takashi Miike, por ejemplo) la película alterna entre diversos géneros, va y viene, se pierde en anécdotas secundarias, y no le tiene miedo al ridículo. Es de todo menos aburrida.

La historia de fondo es un melodrama clásico sobre un chico que se enamora de una chica que al principio no le da bola porque odia a los hombres (su padre abusaba de ella). Pero la chica (divina, hermosa) aparece recién a la hora de película, porque Sono Sion se toma su tiempo para contar la relación de ese chico con su padre, viudo primero, sacerdote después, pecador más adelante, y cómo esa relación lo lleva a juntarse con una banda de chicos que les sacan fotos por asalto a las mujeres debajo de sus polleritas (upskirts, para los jeropas que conocen del tema). Podría decirse que toda la película es un canto a la bombacha, y es imposible no pensar que Sono Sion es fanático de los jumpers.

También hay sangre, mucho sentido del humor, música (¡hasta el Bolero de Ravel!), sectas satánicas, simbolismo religioso, travestismo, lesbianismo, y aunque suene caótico, no lo es: todo está en función de la historia principal, que es la del amor (o desamor) entre Yu y Yoko, y todo va en dirección a ese final casi perfecto. Suena extraño: muchas películas que duran una hora y media parecen interminables, porque podrían haber terminado diez minutos antes del final, y se regodean en epílogos insulsos y molestos. Esta termina cuando tiene que terminar, no tiene un solo plano de más.

Había poca gente en el Teatro 25 de Mayo, donde se pasó la película, lo cual es lógico: pocos se le animan a una película tan larga. Pero hay que decir que la poca gente que empezó a verla, se quedó hasta el final, y aplaudió cuando llegaron los títulos.

El primer imperdible del festival.

Después tenía entradas para ver Graphic Sexual Horror en el MALBA, pero me pareció que viajar desde Urquiza hasta ese lejano extremo de Palermo ya era demasiado, y opté por ir a la fiesta en Voodoo, aprovechando la canilla libre de cerveza. Llegué a casa a las cuatro de la mañana, y terminé un día largo, en el que ví solamente dos películas. Vengo muy mal con el promedio.

Bafici – Día 1

Mamachas del ring, de Betty M. Park (Bolivia / Estados Unidos) [Cine del Futuro]

Mi intención original era ver Tekton, una suerte de continuación de Opus, gran documental de Mariano Donoso producido por Llinás que se vio en un BAFICI (creo que el 2005). Pero me tentó infinitamente más Mamachas del ring, también documental (voy a ver muchos docus, me gustan), sobre un grupo de cholas bolivianas que hacen lucha libre, onda Titanes en el Ring.

Suponemos que si a un productor drogado de 100% lucha se le hubiera ocurrido poner a una chola boliviana para que le hiciera la doble nelson a La Masa, ya habría salido María José Lubertino con los tacos de punta. Y sin embargo eso pasó en La Paz, Bolivia, cuando a Juan Mamani, una especie de Don King del sub-subdesarrollo, se le ocurrió convocar a varias cholas y entrenarlas en los secretos del catch. El éxito fue tal, que las cuatro heroínas viajaron (¡en avión!) a Perú, para presentarse en la televisión. Para Mamani el éxito tenía que ver con que la gente moría por verlas revolcarse en el ring, con las polleras subidas y los bombachones al aire. Algo así como el tenis femenino, sin el glamour (o con un glamour diferente, digamos, igual que decimos “capacidades diferentes” en lugar de “discapacitados”).

El repentino éxito de las cuatro cholas, lideradas por Rosa la Campeona, generó ciertos resquemores, y decidieron cortarse solas, con la baja de una de ellas: Marta la Paceña, que se quedó con Mamani. El documental cuenta, entonces, el derrotero de las tres luchadoras en su objetivo de independizarse de los manejos casi mafiosos de Mamani. Con algo de humor y animación con plastilina, Mamachas del ring es una película divertidísima que al final deja un regusto amargo. Es imposible no sentir pena por Rosa, es imposible no pensar que su pasión por el catch (hay mucha sangre en las peleas, son bastante desagradables) tiene relación con la chatura de su vida diaria.

Rachel, de Simone Bitton (Francia / Bélgica) [Panorama / La Tierra Tiembla]

Después, otro documental. Rachel, de Simone Bitton, cuenta la historia de Rachel Corrie, una militante pacifista que fue aplastada por un bulldozer israelí mientras hacía un cordón humano frente a la casa de una familia palestina. No la pude terminar de ver porque recibí un llamado con la orden de apersonarme en el diario para hacer un par de cosas, pero lo que vi me interesó, aunque tampoco es como para tirar cuetes. Quizás lo más interesante haya sido el testimonio de un soldado israelí (que aparece de espaldas, o de kipá, si prefieren), que contaba las atrocidades que perpetró, sin inmutarse, agregando que recién ahora, que es civil, se da cuenta de que eran atrocidades. La clave es esa: los milicos son todos hijos de puta, acá, en la china y en Israel.

Volví de Constitución puteando por haberme perdido Archangel, de la retrospectiva de Guy Maddin, un director que me hizo flashear con The Saddest Music in the World (BAFICI 05, creo) y con el que nunca puedo reencontrarme. El año pasado me perdí My Winnipeg por ver un partido de River, este año no pude con Archangel porque tuve que laburar. Maddin, lo nuestro no funciona.

Waltz with Bashir, de Ari Folman (Israel) [Panorama]

Sí llegué, justito, a Waltz with Bashir, peli israelí de animación nominada al Oscar, que cuenta la Guerra del Líbano, o mejor dicho, los conflictos morales que les genera a los veteranos israelíes las atrocidades que cometieron en esa guerra. Realmente verla en doble programa con Rachel me provocó cierta indignación. Los dibujos son hermosos, las imágenes bellísimas, y ese es el problema: hay escenas terribles, cruentas, niños asesinados, podridos entre los escombros, pero todo es tan bello que no te toca un pelo. A diferencia de Persépolis, que a pesar de su humor (Waltz with Bashir carece de humor) es la película más triste que vi en mucho tiempo, esta película de Ari Folman no conmueve, no nada. Y Folman lo sabe, por eso incluyó en la escena final una imagen real. Pero el daño ya estaba hecho. No me sorprende que la hayan nominado al Oscar.

Katia’s Sister, de Mijke De Jong (Holanda) [Panorama]

Después le llegó el turno a Katia’s Sister, una simpática peliculita holandesa sobre una adorable gordita con cierto parecido a Heather Matarazzo en Welcome to the Dollhouse, pero todo lo contrario en cuanto a caracter. La nena vive con su hermana, una stripper a quien idolatra (como toda nena a su hermana mayor), y con su madre, una prostituta que no está en sus mejores días. A esa familia de mujeres se le agrega la abuela, una señora senil, y también una tía muerta que revolotea en los recuerdos. ¿Hombres? Pocos. Apenas un italiano que se garcha a Katia (la guarangada es pertinente), un gordo con plata que mantiene a la madre, y un barbudo que conoce a la nena en la calle y le quiere mostrar los caminos de Jesús (aunque ella, influida por ese ambiente de apertura sexual, busque otra cosa).

Quizás así contada la película suene más cruenta de lo que es, porque nada que ver: es, como dije al principio, una peli de lo más simpática, con una cámara movediza que no se despega de esa nena que sólo es la hermana de Katia (no sabemos su nombre hasta el final). Poca música, mucho corte y las bonitas calles de Amsterdam. No me voló la cabeza, pero no cabeceé en ningún momento. Y eso, como saben ustedes, se agradece.

Hansel and Gretel, de Yim Phil-Sung (Corea del Sur) [Panorama / Nocturna]

Al final del día le llegó el turno al ponja nuestro de cada Festival: Yim Phil-Sung, que no es japonés sino coreano, pero da igual. Hansel and Gretel utiliza los elementos del cuento de hadas en su variante terrorífica, para contarnos una historia original, con vueltas de tuerca inesperadas y un clima de belleza opresiva inigualable. Un tipo discute por teléfono con su mujer embarazada, mientras maneja por la ruta, se pega un palo y cae medio roto en el medio de un bosque (el bosque de los cuentos de hadas). Lo encuentra una nena con una capa roja, y lo lleva a su casa escondida entre los árboles. Ahí vive con sus dos padres y dos hermanos, en un clima de felicidad tan exagerada y falsa que las sonrisas de todos son rictus espantosos. Obviamente el teléfono está roto, y al tipo le resulta imposible irse.

Ese es el punto de partida para una película que en su primera mitad no da respiro a los sustos y sobresaltos, pero que en la segunda vira más hacia las vueltas de tuerca de la trama, y a la profundidad de la historia que está contando. Los tres nenes son maravillosos, y desde las gemelas de El resplandor que no me asustaba tanto un niño.

Altamente recomendable, aunque todavía no vi nada que me vuele la cabeza. Paciencia, fue sólo el primer día.