¿Qué será de Sally Draper?

El escritor Sergio Olguín escribió en el número 1 de la revista Orsai que “Mad Men parece un compendio de toda la tradición literaria norteamericana” y después esbozó el siguiente catálogo:

La encantadora Joan Holloway es un personaje arrancado de los cuentos de Dorothy Parker, los flashbacks de la infancia de Don Draper recuerdan a las novelas sureñas del siglo veinte, con William Faulkner a la cabeza. Toda la familia Draper parece una novela más de John Cheever. Esos publicistas en busca de éxito que sólo sus esposas consideran geniales remiten a esos norteamericanos algo grises, siempre atractivos, de John Updike. La aparición fantasmal de Midge Daniels, una ex amante de Don, en la cuarta temporada tiene ecos de V., esa novela desmesurada de Thomas Pynchon (Bertram Cooper también es un personaje digno de Pynchon). Y la vida de Roger Sterling parece escrita por el John Irving menos trágico. El encuentro nocturno de Don Draper con una pareja casi adolescente en una carretera que se desarrolla con una fuerte tensión sexual podría ser el comienzo de un libro de Norman Mailer. Betty Draper, con su carrera frustrada de modelo, sus episodios de represión sexual, su relación confusa con un preadolescente, su belleza perfecta y su sensualidad descarada en el viaje a Roma de la tercera temporada, ¿no es un personaje que hubiera querido inventar Truman Capote? El encuentro final de Don Draper con su amiga Anne, cuando Don se entera de la enfermedad de ella, tiene la belleza sobria de los mejores cuentos de Raymond Carver.

Hay otro autor que se puede incluir en la serie: Philip Roth. Es curioso: ví el episodio y leí la novela casi al mismo tiempo, pero no los relacioné hasta ayer. Por algún motivo me vino a la cabeza una escena: una nena de unos diez años ve por televisión, en directo, la célebre inmolación del monje budista en protesta por el gobierno vietnamita (el 11 de junio de 1963). Y no podía acordarme si era una escena de Mad Men o de Pastoral americana. Bueno, era una escena que está en las dos. Por supuesto, era algo tan evidente que fue notado por una especialista en Mad Men pocos días después de emitido el episodio en cuestión: The Arrangements, 4to episodio de la 3ra temporada, 6 de septiembre de 2009.

En Mad Men se trata de Sally Draper, la hija de Don. Alterada por la muerte de su abuelo -su primer contacto con la muerte-, sola entre adultos que no la entienden y que la mandan a ver la tele para que no moleste, Sally observa el fuego que consume la carne de Thich Quang Duc. Militantes de la sutileza, los creadores de Mad Men terminan el episodio ahí, aunque no es difícil imaginar que la muerte de su abuelo y la del monje hayan marcado (a fuego) el fin de su infancia, la inocencia perdida. Ningún personaje creció tanto como el de Sally Draper en las últimas dos temporadas, ninguno promete tanto como el de ella ante la perspectiva de la próxima (la quinta).

En Pastoral Americana es todo más melodramático y menos cronológico. Primero nos enteramos de que una chica de 16 años mató a un tipo inocente con una bomba en una oficina de correos en protesta por el gobierno de Lyndon Johnson. La chica se llama Merry Levov y es hija del Sueco, un ciudadano modelo, destacado y honrado, perteneciente a la comunidad judía de Newark. Después del atentado, Merry desaparece y empieza el calvario del Sueco por intentar entender qué pasó con su hija.

Y se acuerda del monje en llamas.

Pasaron cinco años, cinco años buscando una explicación, repasando los hechos, las circunstancias que la delinearon, la gente y los acontecimientos que influyeron en ella, y ninguno sirve siquiera para empezar a explicar la bomba hasta que recuerda a los monjes budistas, la auto-inmolación de los monjes budistas… Por supuesto que en aquel entonces ella tenía apenas diez años, quizás once, y en los años que pasaron desde entonces le habían ocurrido millones de cosas, a ella, a ellos, al mundo. Aunque después de eso estuvo aterrorizada por semanas, llorando por lo que había visto por televisión aquella noche, hablando sobre eso, despertándose por soñar con eso, no se vio impedida de continuar con su vida. Y aún así, cuando la recuerda ahí sentada observando aquel monje prendiéndose fuego -tan desprevenida como el resto del país para lo que estaba viendo, una nena mirando de reojo el noticiero con su madre y su padre una noche después de la cena- está seguro de que ha descubierto la razón de lo ocurrido.

Podemos recordar el devenir de Sally Draper y detenernos -como el Sueco- en aquel episodio en que, disfrazada de bailarina y abrazada a un muñeco, vio a través del televisor a un hombre quemándose vivo. Y la tentación de imaginarle un futuro parecido al de Merry Levov es demasiado grande.

Néstor

La muerte de Néstor Kirchner me sorprendió en Madrid. Ya en la recta final de mi viaje, cuando Buenos Aires deja de ser en mi recuerdo esa ciudad caótica e inhóspita, demasiado grande y demasiado conocida; cuando la empiezo a recordar hermosa, animada, repleta de amigos. Pocas cosas más agradables que extrañar lo que sabés que vas a volver a ver. Extrañar durante quince días y, mientras dura esa añoranza placentera, disfrutar de los últimos cartuchos que tenga Madrid para ofrecerme. Después, huir del otoño europeo hacia mi casa, en plena primavera.

Pero de pronto se muere Néstor Kirchner y la basílica de San Francisco se me borronea en el paisaje y los bares de La Latina quedan en silencio. Lo único real es mi notebook, una ventana hacia el otro continente. Yo estoy preso en Madrid y se me permite ver el afuera, que es Buenos Aires, a través de un rectángulo de plasma. Estar acompañado por twitter -una fiesta de fantasmas-, por las radios, por los blogs, por los canales de televisión, pero fundamentalmente solo, rodeado de hinchas del Real Madrid y de votantes del PP que no entienden nada, me obliga a pensar, me obliga a interrogarme acerca de qué es lo que siento, qué es lo que me pasa. Si hubiera estado en Buenos Aires, la marejada me habría arrastrado a la Casa Rosada y me habría contagiado del sentir de todos. Quién te dice, hasta me habría hecho kirchnerista al menos por unos días. Pero estoy acá, encerrado y solo, mirando a Cristina acariciando un cajón, triste y pixelada.

Entonces me pregunto por qué no soy kirchnerista. Y me lo tengo que preguntar porque hoy resulta absurdo no serlo. Es decir: para cualquier persona de izquierda hoy 28 de octubre resulta absurdo no ser kirchnerista. Casi un capricho, un acto de soberbia, un ejercicio de cinismo. ¿Quién soy yo para discutirle a esa multitud? ¿Cuán ridículo resulto si me pongo un bigote imperial y con voz afrancesada invoco a Lázaro Báez y a la burocracia sindical? Y eso que hace una semana esa burocracia se cargó a un pibe, pero igual: ¿qué sentido tiene plantear que Néstor Kirchner, el que está en ese cajón cubierto con pañuelos de las Madres, se vio beneficiado económicamente durante la dictadura?

Hoy no tiene ningún sentido. Hoy todo lo negativo que tiene el kirchnerismo son salvedades, notas al pie, ripios, detalles. Hoy el bosque tapa el árbol. En unos días, cuando se termine el duelo y Cristina retome las riendas del Gobierno, voy a volver a mi sana costumbre de hinchar las pelotas y de molestar a mis amigos kirchneristas diciéndoles las cosas que no quieren escuchar -pero sin el bigote imperial ni la voz afrancesada-. Hoy no me sale, lo digo y suena ridículo, desubicado y caprichoso.

Estoy lejos. Hace casi tres meses que no piso un empedrado porteño. Estuve toda la noche sin dormir, leyendo diarios, blogs, viendo el velatorio en streaming con mis fantasmas amigos de twitter. No soy kirchnerista porque no me sale hacerme el boludo. Pero precisamente porque no me sale hacerme el boludo no puedo negar que Néstor Kirchner, antes de morirse, enderezó la nave -con torpeza y a lo bruto- en la dirección correcta.

Sobre el epílogo de LostD

Se criticó del final de Lost que muchos misterios quedaban sin resolver, que se dejaban muchos cabos sueltos, que algunas cosas se ataban con alambre, que estaba lejos de los memorables finales de las temporadas 2 o 3.

Los defensores decíamos que no hacía falta explicar todo, que en realidad era imposible, que era una misión que resultaría fallida, que lo importante de Lost era otra cosa: su estructura, su mitología, su riqueza a la hora de plantear interrogantes, sugerir teorías, disparar perdigonazos de cultura popular y entretejer un caótico tapiz de símbolos. Aunque todos, interiormente, extrañáramos un poquito la adrenalina y la extrañeza que nos regalaba, por ejemplo, el primer episodio de la segunda temporada.

Hoy acabo de ver el epílogo de la serie, un corto de menos de diez minutos protagonizado por el genial, el inigualable Benjamin Linus, y con la participación de otro personaje clave: Hurley. (También hay otro que no voy a mencionar porque sería un spoiler.) Ustedes pueden bajarlo de Taringa! haciendo click acá.

Si me obligara a ser riguroso, tendría que decir que el epílogo resulta innecesario y burdo. Pero banco a Lost, quiero a Lost -como quiero a Maradona: con sus defectos-, y me obligo entonces a evaluarlo como una broma genial y un mensaje certero a los que reclamaron respuestas como sintiéndose estafados.

Recuerdo haber discutido acerca de los misterios sin respuesta de Lost y recuerdo que el adversario en un momento me apuró “¿De dónde salió el oso polar?” y yo habré tartamudeado un poco primero porque yo qué sé de dónde salió el oso polar y después de recomponerme habré dicho: “No importa, la isla se mueve en el tiempo y en el espacio, quizás quedó perdido de otro tiempo y otro espacio, quizás no. Alguna explicación hay: ¿tan importante es que te la digan?”

Y en este epílogo viene Benjamin Linus, ese enigmático personaje que al principio parecía tener todas las respuestas -aunque las iba soltando en cuentagotas mechando mentiras y verdades- y dice que puede contestar cualquier pregunta, pero contestará sólo una. Le habla a un personaje, no importa a quién, pero nos está hablando a nosotros: en realidad les está hablando a los que necesitan esas respuestas.

Pero como todavía no se inventó la televisión interactiva el que responde es el personaje aludido, y el tipo elige el “enigma del oso polar”. Podría haber preguntado cualquier otra cosa, no importa, pero eligió esa. Entonces Benjamin Linus les muestra una grabación del Dr. Pierre Chang en donde explica, entre otras cosas, la razón de la existencia de los osos polares en la isla.

La respuesta no es la que yo había barruntado: es otra, tan verosímil y tan satisfactoria como aquella. Dudo mucho que todos esos televidentes racionalistas ávidos de explicaciones hayan quedado conformes. Es como un truco de magia: la explicación nunca está a la altura del efecto que produce.

Yo no incluiría este epílogo dentro del canon. Como dije al principio: es innecesario y burdo. Pero creo que funciona como un mensaje. Todo tiene su explicación, pero las explicaciones son poco interesantes.

Gente que sí: hoy, Bill Hicks

Bill Hicks es uno de mis héroes personales. Stand up comedian al mejor estilo George Carlin, filoso, fumador compulsivo, salvaje, infinitamente gracioso. Su existencia hace de este mundo un lugar un poco menos inhóspito. Si todos fueran como él (pensaran como él, quiero decir), el Planeta Tierra sería mi Paraíso personal.

Pero el mundo está manejado por los que no piensan como él. Es más: Bill Hicks se murió a los 32 años poco después de ser víctima de un episodio de censura que truncó la que habría sido su última actuación en TV.

En junio del ’93 le detectaron un cáncer en el páncreas. El 1ro de octubre, muriéndose ya, grabó un monólogo para Late Show with David Letterman en donde se burlaba de los militantes pro-life (sí, el aborto, otra vez). Decía que si estaban tan a favor de la vida, en lugar de bloquear la entrada a las clínicas tendrían que bloquear la entrada a los cementerios, “a ver cuán comprometidos están con la causa”.

Antes de la emisión del programa un productor lo llamó para avisarle que habían tenido que borrar su monólogo porque era “inconveniente” para la audiencia de Letterman. Para sorpresa e indignación de Hicks, cuando vio el programa censurado descubrió que había un aviso publicitario de una asociación pro-life.

Hicks fue invitado a un programa de cable en donde contó el episodio. Se lo nota devastado.

Pocos meses después, en febrero del ’94, el gran Bill Hicks se murió. Después de haber perdido esa última batalla contra sus enemigos (que son también los nuestros) el puto cáncer se lo llevó y quiero imaginar que está en algún lado tomando whisky, fumando porro y burlándose de los hijos de puta junto a Lenny Bruce y George Carlin.

La historia podría terminar acá, con toda la amargura. Pero este año se escribió el último capítulo, cínico y cruel. Dieciséis años después de la censura, David Letterman invitó a la madre de Bill Hicks, minimizó el episodio, lavó sus culpas en el prime time y cosechó rating emitiendo el monólogo censurado. Acá los videos.

Los ejecutivos de la CBS, millonarios y longevos, los chupacirios, los milicos, los fachos en todas sus formas, toda la gente que hace de este mundo la mierda que es… ¡Que la chupen! ¡Que la sigan chupando!

El aborto según George Carlin y Jerry Seinfeld

George Carlin fue un hippie de los sesenta cocinado al calor de la lucha por los derechos civiles y los shows de Lenny Bruce. Su humor era de barricada. Se hizo famoso por el monólogo Seven Words You Can Never Say on Television, en donde repetía varias veces las palabras “shit piss fuck cunt cocksucker motherfucker tits”. Lo grabó en 1972, fue denunciado por obscenidad y el caso llegó a la Corte Suprema.

Cuando habla sobre el aborto, Carlin se burla de los antiabortistas. Ridiculiza la lógica conservadora (“they would do anything for the unborn, but once you’re born, you’re on your own”) y busca la complicidad de una audiencia progre, que piensa como él, que tiene un enemigo común que podríamos englobar dentro de la categoría de “facho”.

Acá está el clásico monólogo de George Carlin sobre el aborto, sacado del especial de HBO George Carlin: Back in Town, de 1996.

Jerry Seinfeld es un nihilista de los noventa en plena muerte de las ideologías, que camina despreocupado hacia el fin de la historia. Cuando se emitió el famoso episodio sobre el aborto (The Couch, el 27 de octubre de 1994) hacía ya más de veinte años que la Corte Suprema había dicho que una madre tenía el derecho de abortar.

En Seinfeld hay dos bandos definidos, pero su humor no se coloca bajo el paraguas de ninguno. Ya señalé hace años que la serie no se la juega por ninguna de las dos corrientes ideológicas, pero muestra con genialidad cómo son irreconciliables, prácticamente un River-Boca que podría remontarse al principio de los tiempos y parangonarse con cualquier otra dicotomía.

Si Carlin era un militante “pro choice” y usaba su humor para desnudar las debilidades del razonamiento conservador, burlándose ferozmente de los antiabortistas, Seinfeld no es un militante de nada y si de algo se burla precisamente es de la militancia.

Y en cuanto a si un facho puede ser cogible o no… me parece que Seinfeld está más cerca de la verdad que Carlin.