Babilonia gaucha II

Hace dos años entrevisté a Vincent Gallo cuando el tipo estaba acá filmando Tetro, de Francis Ford Coppola.

Los entretelones de la entrevista los conté en su momento.

Debo confesar que quedé un poco culposo. Vincent Gallo me había tratado muy bien, habíamos charlado como una hora sobre cine, sobre arte, nos habíamos reído bastante y todo se había desarrollado dentro de un clima de cordialidad. Y después yo voy y escribo una nota medio mala leche, volcando solamente las polémicas con los actores, con el sindicato, haciendo comentarios sarcásticos sobre el esnobismo del Faena -donde estaba alojado-, en fin, haciendo lo que hacemos los periodistas: metiendo púa.

Por supuesto, la consigna era hablar de Tetro y de los conflictos en el rodaje, no de su ciclo de cine -la excusa por la que había dado la nota, en exclusiva-, pero yo estuve como media hora hablando de su cine para ablandarlo y que después, con confianza, se despache contra los actores argentinos -yo sabía que estaba todo mal-. Pero por otra parte, y más allá de su buena onda y amabilidad, me había parecido un pelotudo. Por supuesto, esa impresión era totalmente personal, pero qué va’cer. La nota la escribí yo y no él.

Eso no quita que, ante las protestas de la gente de Gallo por la nota, me haya dado cierta culpa. Soy judío, después de todo.

El otro día, en Basta de todo, Matías Martin entrevistó a Rodrigo de la Serna, que interpretó un papel en Tetro. Ahí hablaron de ese rodaje, y De la Serna no sólo dijo que fue la peor producción en la que laburó, sino que también contó cómo casi lo emboca a Vincent Gallo después de que el tipo le dijo, entre otras cosas, que si quería podía “encerrarlos en una jaula a él y a su familia y llevárselos a trabajar a Estados Unidos”.

Este es el audio:

Tuve que esperar dos años, pero ya se me fue la culpa.

Bondi

Ya es una verdad de perogrullo que la patria es el lenguaje y lo puedo comprobar constantemente acá. Ya ha sospechado Borges, ante las vanas simetrías del español, que diferimos insalvablemente de España -aunque un par de líneas del Quijote bastaron para convencerlo del error-. Puede parecer que hablamos el mismo idioma, pero no: son infinitas las palabras diferentes.

Agustín y Santiago viven hace ocho años acá y son felices. Aunque mantienen cierto lazo con su país (Santiago lee Clarín todos los días), también empiezan a adoptar con entrega a su nueva patria. Santiago me confesó que ya no es de Boca, que se hizo del Real Madrid (y me partió el corazón, aunque soy de River). Claro: ya no sabe quién juega, ya no sigue la fecha ni lee el Olé ni lo ve a Fantino ni a Fútbol de primera (ni siquiera existe ya Fútbol de primera).

Pero si algo mantienen ambos, testarudamente, es el lenguaje y el acento. El otro día en una cena osé decir la palabra “autobús”. Por supuesto: la dije porque había españoles presentes, quise hacerme entender. Pero fui sometido al escarnio de ambos y con razón: la lengua es su refugio. Podrán cambiar de ciudad, de nacionalidad y hasta de club de fútbol. Pero el autobús siempre será el bondi.

Monólogo de taxista homofóbico

El taxista está en silencio. Se cruzan dos chicas de la mano.

“Estas dos son lesbianas. Cada vez hay más. Putos también. El otro día se subieron dos putos, un asco me dio. Empezaron a besuquearse, los bajé a la mierda. Yo siempre llevo unas lesbianas. Pero me respetan, ¿eh? Una se sienta adelante y la otra atrás. Así no se franelean, porque saben que sino las cago a trompadas. Una es una gorda, tiene como 40 años. La otra es una pendeja divina de 22. Yo no entiendo qué hace con esa gorda. Yo le digo: ‘¿No necesitás un… (hace el gesto de una pija grande)? ¿Qué te gusta de la gorda?’. Yo le quiero dar, viste, pero le gusta la gorda. Pero ellas tiene una ventaja. Se ponen el consolador (hace el gesto del cinturonga) y se la mandan a guardar. Los hombres no podemos ponernos una cachucha para que el otro la pase bien.”

Los amables

El exceso de simpatía es tanto o más molesto que la falta de ella. Lo confirmé después de tratar durante dos años ya a dos personajes de mi barrio: la almacenera de la esquina y el kiosquero de la vuelta.

La almacenera de la esquina no sonríe: te regala una sonrisa. El acto de sonreír en ella no es meramente pasivo, te obliga a ser partícipe de él, a ser testigo de su esfuerzo por demostrar una alegría que ya no importa si es genuina. Apenas uno entra al almacén ya queda sujeto a su sonrisa y a sus comentarios, imposibilitado de ignorarla, forzado a jugar su juego, a devolver la pelota continuamente. Puede hablar del clima, de alguna noticia, del problema con el cambio, de lo que estás comprando, de si es más rica la Coca Light o la Zero, de si aumentó el jabón en polvo, de que le duele la rodilla izquierda. Siempre tiene algo para decir, siempre te sonríe agresivamente. Pero no es solamente una máquina parlante. Te exige reciprocidad. Transforma los comentarios afirmativos en preguntas, hace chistes y espera que te rías en el momento justo y con la intensidad adecuada, en fin, te impone el papel secundario en una obra en la que ella es protagonista, pero no te da el guión.

Una vez entré al almacén con un terrible malhumor. Había juntando odio durante media cuadra, imaginándome esa sonrisa que me esperaba detrás de la fiambrera. Casi no la dejé completar su primer comentario, que la paré en seco y le ladré un “doscientos de queso”, dirigiéndome sin esperar respuesta a buscar detergente al fondo, lejos de la influencia de su simpatía.

El desaire me costó varios días en capilla. Tardaba en atenderme, me daba chicles en lugar de monedas, no les ponía doble bolsa a las cervezas, pero continuaba con su ánimo inquisitorio preguntando si había tenido un buen día, bromeando sobre el título de un libro que llevaba en la mano, preguntando mi opinión sobre el nuevo sabor de un jugo, en fin, dejando en claro que ignorarla no era una opción.

Si la almacenera de la esquina parece monstruosa, esperen a leer sobre el kiosquero de la vuelta.

La simpatía del kiosquero no es constante y ubicua como la de la almacenera. No se trata de la sonrisa dibujada, ni de la charla prepotente, sino de una simpatía utilitaria, solícita, siempre dispuesta a acompañar la compra e influirla.

El kiosquero es armenio y su mujer prepara humus, tabule, fatay y todo tipo de comida árabe. Si comprás un lehmeyún, te pregunta si lo vas a comer en el momento. Si le decís que sí, tenés que someterte a sus sugerencias, que más que sugerencias son mandamientos, al mejor estilo del Soup Nazi. La diferencia es que todo lo dice con la amabilidad y la simpatía que esconden una personalidad perversa y dictatorial. La primera pregunta es: “¿Te lo caliento?”. A mí realmente no me gusta la comida calentada en microondas, y no me jode comerlo frío, entonces le digo que no. “Pero, ¿qué? ¿Lo vas a comer frío?”. Le digo que sí, y me retruca: “Te lo caliento un poquito aunque sea, queda más rico”.

Lo mismo pasa con el limón: “¿le pongo limón?”. A esa altura mi deseo no pasa por el limón o la ausencia de él, sino por rebelarme ante sus órdenes. “No, gracias”, le digo, pero él me dice: “Es más rico con limón, un poquito aunque sea.” Lo que hago ahora es decirle que me lo envuelva para llevar, que lo voy a calentar en casa y que le voy a poner limón, se lo prometo. Pero su avasallamiento a mis libertades individuales no termina ahí.

Si compro Tang, me sugiere un nuevo jugito que salió hace poco y que “es más rico y más barato”. Si compro un DVD virgen me dice “¿uno solo? ¿no querés más?”. Si pido siempre lehmeyún, me dice “¿nunca probaste el fatay? Probá el fatay alguna vez”.

Más: si estoy cargando varios objetos y estiro con torpeza la mano para agarrar la bolsa, el tipo para las rotativas y con expresión de “mirá qué atolondrado que sos” me pide las cosas y me las acomoda prolijamente dentro de la bolsa, para después extendérmela poniendo cara de “aprendé de mi prolijidad”. Si la bolsa está muy llena, desconfía de mi fortaleza para sostenerla por sobre el mostrador, y entonces se ocupa de alcanzármela por el costado, haciendo gestos ampulosos, generando un acontecimiento que captura la atención de todos los presentes, y poniéndome en un lugar de debilidad sin dejarme otra opción que darle las gracias.

Maldita gente amable. Déjenme en paz, por favor.

Síntesis

Estamos haciendo zapping y caemos en el canal MGM. Están dando una película en la que una rubia se saca la remera frente al espejo. Las tetas aparecen blureadas. Son como las dos de la mañana. Me indigno.

Yo: -¿¡Por qué le tapan las tetas!? ¡¿Para qué pasan esta película a esta hora si no pueden mostrar tetas?! ¡Yo estoy pagando el cable, viejo! ¿Es legal esto que hacen? ¿No se los puede denunciar?

Vale: -¿Vas a presentar una denuncia a defensa del consumidor porque no te dejan ver tetas?

Dicho así parece muy poco heroico. Pero sí, estoy considerando la posibilidad.

El que no llora no mama

Compré una notebook Dell por Internet y me vino con un pixel quemado. Un puntito verde flúo que descubrí recién al segundo día. Dudé sobre si pedir el cambio o no. El puntito estaba en un costado y se veía solamente cuando la pantalla estaba oscura. Pero decidí llamar, porque ese puntito que ahora me parecía inofensivo y casi inexistente se iba a transformar en el testimonio de mi pajerismo si por fiaca no hacía el reclamo.

Llamé al 0800 y me atendió un Hermano Latinoamericano que probablemente estuviera en las oficinas que Dell había situado en algún país tercermundista de bajos salarios.

-Me vino la computadora con un pixel quemado.

-¿De qué tamaño?

-¿Cómo de qué tamaño? Tamaño pixel. Un puntito.

-Con un solo pixel quemado cumple los estándares de calidad. No hacemos cambios por menos de cinco píxeles.

-¿Me estás cargando?

-No, señor.

Corté. Para ese momento, cada vez que miraba la pantalla de la computadora lo único que veía era ese puntito verde flúo. Volví a llamar y usé otra táctica.

-Me vino la computadora con una mancha en la pantalla.

-¿Qué tipo de mancha? ¿Humedad?

-No, no. Se ve solamente cuando prendo la pantalla. Es algo electrónico.

-Tiene que llevar la computadora a un local de Dell para su reparación.

-Pero la pedí por Internet, estoy en Argentina.

-El problema es que tiene que enviar el equipo a los Estados Unidos para su reparación.

-¿Me estás cargando?

-No, señor.

Corté otra vez. Mi vida era un punto verde flúo. Respiré profundo y volví a llamar. Armé un escándalo, grité e insulté, y finalmente me pidieron que les envíe una foto del problema. Logré sacar un par, las mandé, y me prometieron que me iban a mandar otra nueva.

Un mes y medio después me llegó la nueva compu. Me la dieron contra entrega de la vieja del puntito verde flúo. No me puedo quejar, pero qué hijos de puta los dos que me atendieron primero. Sobre todo ese que me dijo que por menos de cinco píxeles quemados no me la cambiaban. Deben estar entrenados para fletar boludos.