Keith es un joven inexperto y calentón. Whittaker es un hombre ya de treintaypico, homosexual. Los dos hablan de las tetas de Scheherazade. Empieza Whittaker.
-Scheherazade es absolutamente gloriosa, en general. Pero admitámoslo. Son sus pechos.
-… Entonces entendés lo de los pechos de Scheherazade.
-Me gusta pensar que sí. Después de todo, soy pintor. Y no es el tamaño, ¿no? Es casi a pesar del tamaño. En ese cuerpo de junco.
-Si. Precisamente.
-Leí algo el otro día -dijo Whittaker-, que me hizo sentir ternura por los pechos. Los ví bajo una luz diferente. Este tipo dice que en términos evolutivos, los pechos están para imitar el culo.
-¿El culo?
-Los pechos imitan al culo. Como incentivo a tener sexo cara a cara. Cuando las mujeres evolucionaron del estro. Sabés lo que es el estro, ¿no?
Keith lo sabía. Del griego oistros “fastidio o histeria”. Calentura. Whittaker dijo:
-Así que los pechos en forma de culo endulzaron la pastilla amarga del misionario. Es sólo una teoría. No, yo entiendo los pechos de Scheherazade. La secundaria característica sexual en su forma platónica. Los entiendo… en principio.
Miró a Keith con afectivo menosprecio.
-No quiero apretujarlos ni besarlos ni enterrar mi lloroso rostro en ellos. ¿Qué hacen ustedes con los pechos? Quiero decir, no te llevan a ninguna parte, ¿verdad?
-Supongo que eso es cierto. En cierta forma, son un misterio. Un fin en sí mismos.
La viuda embarazada, Martin Amis, 2010