El exceso de simpatía es tanto o más molesto que la falta de ella. Lo confirmé después de tratar durante dos años ya a dos personajes de mi barrio: la almacenera de la esquina y el kiosquero de la vuelta.
La almacenera de la esquina no sonríe: te regala una sonrisa. El acto de sonreír en ella no es meramente pasivo, te obliga a ser partícipe de él, a ser testigo de su esfuerzo por demostrar una alegría que ya no importa si es genuina. Apenas uno entra al almacén ya queda sujeto a su sonrisa y a sus comentarios, imposibilitado de ignorarla, forzado a jugar su juego, a devolver la pelota continuamente. Puede hablar del clima, de alguna noticia, del problema con el cambio, de lo que estás comprando, de si es más rica la Coca Light o la Zero, de si aumentó el jabón en polvo, de que le duele la rodilla izquierda. Siempre tiene algo para decir, siempre te sonríe agresivamente. Pero no es solamente una máquina parlante. Te exige reciprocidad. Transforma los comentarios afirmativos en preguntas, hace chistes y espera que te rías en el momento justo y con la intensidad adecuada, en fin, te impone el papel secundario en una obra en la que ella es protagonista, pero no te da el guión.
Una vez entré al almacén con un terrible malhumor. Había juntando odio durante media cuadra, imaginándome esa sonrisa que me esperaba detrás de la fiambrera. Casi no la dejé completar su primer comentario, que la paré en seco y le ladré un “doscientos de queso”, dirigiéndome sin esperar respuesta a buscar detergente al fondo, lejos de la influencia de su simpatía.
El desaire me costó varios días en capilla. Tardaba en atenderme, me daba chicles en lugar de monedas, no les ponía doble bolsa a las cervezas, pero continuaba con su ánimo inquisitorio preguntando si había tenido un buen día, bromeando sobre el título de un libro que llevaba en la mano, preguntando mi opinión sobre el nuevo sabor de un jugo, en fin, dejando en claro que ignorarla no era una opción.
Si la almacenera de la esquina parece monstruosa, esperen a leer sobre el kiosquero de la vuelta.
La simpatía del kiosquero no es constante y ubicua como la de la almacenera. No se trata de la sonrisa dibujada, ni de la charla prepotente, sino de una simpatía utilitaria, solícita, siempre dispuesta a acompañar la compra e influirla.
El kiosquero es armenio y su mujer prepara humus, tabule, fatay y todo tipo de comida árabe. Si comprás un lehmeyún, te pregunta si lo vas a comer en el momento. Si le decís que sí, tenés que someterte a sus sugerencias, que más que sugerencias son mandamientos, al mejor estilo del Soup Nazi. La diferencia es que todo lo dice con la amabilidad y la simpatía que esconden una personalidad perversa y dictatorial. La primera pregunta es: “¿Te lo caliento?”. A mí realmente no me gusta la comida calentada en microondas, y no me jode comerlo frío, entonces le digo que no. “Pero, ¿qué? ¿Lo vas a comer frío?”. Le digo que sí, y me retruca: “Te lo caliento un poquito aunque sea, queda más rico”.
Lo mismo pasa con el limón: “¿le pongo limón?”. A esa altura mi deseo no pasa por el limón o la ausencia de él, sino por rebelarme ante sus órdenes. “No, gracias”, le digo, pero él me dice: “Es más rico con limón, un poquito aunque sea.” Lo que hago ahora es decirle que me lo envuelva para llevar, que lo voy a calentar en casa y que le voy a poner limón, se lo prometo. Pero su avasallamiento a mis libertades individuales no termina ahí.
Si compro Tang, me sugiere un nuevo jugito que salió hace poco y que “es más rico y más barato”. Si compro un DVD virgen me dice “¿uno solo? ¿no querés más?”. Si pido siempre lehmeyún, me dice “¿nunca probaste el fatay? Probá el fatay alguna vez”.
Más: si estoy cargando varios objetos y estiro con torpeza la mano para agarrar la bolsa, el tipo para las rotativas y con expresión de “mirá qué atolondrado que sos” me pide las cosas y me las acomoda prolijamente dentro de la bolsa, para después extendérmela poniendo cara de “aprendé de mi prolijidad”. Si la bolsa está muy llena, desconfía de mi fortaleza para sostenerla por sobre el mostrador, y entonces se ocupa de alcanzármela por el costado, haciendo gestos ampulosos, generando un acontecimiento que captura la atención de todos los presentes, y poniéndome en un lugar de debilidad sin dejarme otra opción que darle las gracias.
Maldita gente amable. Déjenme en paz, por favor.